Venezuela como síntoma de una nueva geopolítica
06/01/2026 | 13:51Redacción Cadena 3
Hay mucho para contar sobre Venezuela y, sobre todo, una expectativa que crece con el paso de los días. Desde la salida de Nicolás Maduro, lo que empieza a verse no es todavía una transición ni una apertura, sino la ratificación de los modos de la dictadura, ahora bajo la supervisión explícita de Estados Unidos.
Los primeros indicios no invitan al optimismo. Episodios confusos alrededor del Palacio de Miraflores, disparos, ataques a drones y un clima de tensión muestran que el poder real sigue funcionando con las mismas lógicas de siempre.
En paralelo, el presidente Donald Trump ratifica, sin matices, que Washington aspira a supervisar el proceso político venezolano a través de su secretario de Estado, Marco Rubio. No hay plazos claros, no hay hoja de ruta definida y, por ahora, tampoco señales concretas de democratización.
Estados Unidos decidió no desalojar de inmediato a quienes controlan el aparato del Estado y habilitar una oportunidad futura —indeterminada— para un eventual ciclo de apertura. Es una estrategia basada en hechos consumados: aceptar la realidad tal como es y administrar el poder desde afuera. Esa lógica no es nueva, pero en este contexto adquiere una dimensión más amplia.
Trump ha vuelto a instalar una idea que ya había planteado en 2019: que Estados Unidos, como potencia militar de primer orden, tiene el derecho de ocupar territorios o influir directamente sobre espacios que no le pertenecen.
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Tensión internacional. Advierten que el control de recursos de EEUU amenaza la transición en Venezuela
El presidente del COPEC, José Emilio Graglia, sostuvo que conviven una dictadura y una violación al derecho internacional, y habló sobre institucionalidad, realismo político y el rol de Donald Trump.
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Venezuela es hoy el ejemplo más visible, pero no el único. En estos días, el propio Trump volvió a hablar de la posibilidad de quedarse con Groenlandia, un tema que puede parecer lejano, casi exótico, pero que es central para entender el momento geopolítico actual.
Groenlandia no es solo la isla más grande del mundo. Es la puerta de entrada al Ártico, una región que se está descongelando y que abre nuevas rutas comerciales y militares. Allí, Rusia tiene ventaja estratégica y China busca ganar influencia. Groenlandia es un territorio autónomo que pertenece a Dinamarca, un país democrático y miembro de la Unión Europea. En la isla viven apenas 57.000 personas, en su mayoría pueblos originarios del Ártico.
Las encuestas son elocuentes: el 84% de los groenlandeses quiere independizarse de Dinamarca, pero el 85% rechaza convertirse en parte de Estados Unidos. Autodeterminación sí, anexión no. Un detalle que parece no encajar del todo en la mirada de Trump, más enfocada en el control estratégico que en la voluntad de los pueblos.
¿Qué busca Estados Unidos en Groenlandia? Frenar el avance ruso, contener a China y acceder a las llamadas tierras raras, minerales clave para la industria tecnológica. Hoy, el 80% de esos recursos que utiliza Estados Unidos proviene de China, su principal rival comercial. De ahí también el interés creciente de Washington por América del Sur: Argentina, Chile y Perú aparecen en el radar por los mismos motivos.
Puede parecer un debate lejano, propio del hemisferio norte. Pero no lo es tanto. Desde el “fin del mundo”, como decía el papa Francisco, la Antártida y los pasos bioceánicos del sur —el Cabo de Hornos y el Estrecho de Magallanes— también forman parte de un tablero que se está reconfigurando. La Antártida, hoy protegida de la explotación, podría convertirse mañana en un territorio en disputa.
Venezuela, Groenlandia, el Ártico y la Antártida no son temas aislados. Son piezas de una misma lógica: un mundo donde el derecho internacional muestra sus límites y las grandes potencias avanzan según sus intereses estratégicos. Lo que hoy parece distante, mañana puede estar mucho más cerca.
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