Dime a quién lloras y te diré quién eres
17/12/2024 | 14:06Redacción Cadena 3

La muerte de la intelectual Beatriz Sarlo ha generado una notable repercusión en Argentina. No hay canal de televisión, no hay radio, no hay portal que no esté dedicando una remarcable y merecida atención.
En las redes sociales, cientos de exalumnos, admiradores y críticos han compartido sus recuerdos y reflexiones sobre la influencia de Sarlo. Sus críticos más ácidos guardan un silencio respetuoso y mañana tal vez haya una muchedumbre en el cementerio del Chacarita.
No son muchas las naciones en donde la muerte de una intelectual adquiera esta envergadura. Mientras que en algunos países, como Estados Unidos, se conmueven por la muerte de emprendedores o artistas, en Argentina la realidad es diferente: futbolistas, sindicalistas y algún intelectual como Sarlo son mucho más famosos que el que fundó la mayor empresa alimentaria del país o la mayor exportadora de soja. Y no es casualidad.
Beatriz Sarlo comenzó como profesora de letras, pero su inteligencia, talento, formación y militancia política la llevaron a entrelazar literatura y política. Usó la política para entender la cultura y la cultura para entender la política. Pensó mucho en cómo se relata una sociedad y cómo esa sociedad condiciona ese relato y lo hizo acá, en Argentina, uno de los países que aún no tiene cerrada una versión única de su propia historia.
Acá todavía hay protagonistas de la historia de hace 200 años que algunos los tienen en la lista de héroes y otros los tenemos en la lista de villanos. Porque este es un país donde el relato, nuestro relato, nuestra novela, no está escrita, no está terminada, y Sarlo se metió mucho en eso.
Uno de sus libros más influyentes, "Tiempo Pasado", reflexiona sobre el valor de los testimonios de las víctimas de los años 70, planteando interrogantes sobre la verdad y la memoria, ¿por qué se les dio un valor de verdad sin ninguna exigencia epistemológica?
Es decir, ¿por qué no dudamos de eso que estas personas contaban sobre sí mismas? No porque sean unas mentirosas, sino, por empezar, porque 40 años después de los hechos ni siquiera uno mismo es uno mismo. Y las cosas están contadas con un barniz, con varios barnices que distorsionan las cosas. Ella pensó mucho sobre esto. Pensó qué tienen que ver las relaciones de poder del presente en cómo contamos el pasado.
La memoria colectiva no es lo mismo que la historia compartida. Puede parecer una distinción teórica, pero en un país como Argentina, donde el pasado se disputa con la intensidad de una batalla cultural, esta diferencia es crucial. Durante el revival setentista del kirchnerismo, plantear estas ideas no era un detalle menor. Había mucho en juego. Beatriz Sarlo no lo dijo así, pero su lucidez alertó a muchos: el recuerdo moldeado por un sector hegemónico no puede confundirse con la memoria que debería integrar a toda una sociedad.
Lo interesante es cómo Sarlo logró instalar estas ideas. No era académica a la vieja usanza, confinada a sus libros o aulas. Sarlo llevaba sus reflexiones al terreno mediático, sin rebajarlas, pero haciéndolas accesibles. En la televisión, un espacio donde reinan los análisis rápidos y superficiales, lograba que hasta quienes no estuvieran de acuerdo con ella aprendieran algo.
Un ejemplo icónico de su paso por los medios ocurrió en el contexto de la guerra declarada entre el kirchnerismo y el grupo Clarín. Sarlo protagonizó un momento memorable cuando enfrentó a Orlando Barone y otros intelectuales alineados con el oficialismo. Fue allí cuando lanzó su famosa frase: “Conmigo no, Barone”. La acusaban, de manera indirecta pero evidente, de estar escrita por el guion del multimedio al que criticaban. Sarlo, con su afilada lengua de látigo, les recordó a Barone y compañía sus propios vínculos con medios de derecha en décadas anteriores. Con un chasquido verbal, desnudaba la hipocresía de los farsantes.
Es curioso, casi extravagante, que un país como el nuestro lamente tanto la muerte de una profesora de letras. Pero tiene todo el sentido del mundo. Sarlo reflexionó como pocos sobre cómo una sociedad se las arregla para contarse su propio relato. En una Argentina donde el pasado se presenta como terreno de disputas interminables, su capacidad para cuestionar y enriquecer esas narrativas no solo es relevante; es necesaria.
Sarlo ya no está, pero su legado sigue recordándonos que las palabras, bien usadas, pueden ser una herramienta poderosa para desenmascarar las ficciones cómodas y obligarnos a pensar.