Cuando el Sol llora

19/04/2016 | 08:23

Se fue Francisco, y la isla griega de Lesbos que recibiera al Mensajero de la paz ya no es la misma. El callado grito de desesperación que se leía en la mirada de los refugiados se transformó en aliviado suspiro. El mar en el puerto de Mitylene refleja sólo la Luna, anticipo de la luz de la paz que tarda en llegar. En el campo de refugiados de Moria los niños han vuelto a sus carpas contentos porque el Papa Francisco se llevó los dibujos que ellos le habían preparado para contarle, con imágenes extraídas del corazón, la terrible experiencia que habían vivido. “Lo voy a poner en mi escritorio, es todo un símbolo”, dijo el Papa mientras mostraba a los periodistas la escena de un náufrago que se ahogaban en el mar, pintada por el niño que la había visto.

Esa noche los refugiados se resistieron a entregarse al sueño, porque ¡aún estaban viviendo un sueño!. El Papa venido de Roma respondió a todas sus expectativas, no porque les haya solucionado el desconcertante presente del encierro contra su voluntad. Habían escapado de sus casas bombardeadas desafiando a la misma muerte que, implacable, se llevó a muchos como ellos. Habían partido hacia un país en libertad, pero por obra de acuerdos internacionales, se encontraban en un lugar muy parecido a una cárcel con policías y alambrados altos con púas, con la única seguridad de saber que sus nombres figuran en un en registro, sin poder decir quiénes son, cuál es su historia, qué anhelos tienen. Recibieron al Papa gritando ¡freedom! ¡freedom! (¡libertad! ¡libertad!). Y como eco de ese grito el Papa denunció en Lesbos que “antes de ser un número, los refugiados son personas”.

Avanzando lentamente Francisco miraba a cada uno a los ojos y saludaba a todos con gestos de ternura y consuelo, que fueron suavizando las expresiones de angustia. El silencio del Papa asumía todas las voces. Silencio que es ofrenda, silencio que es paz en la muda plegaria.

Llegado al interior de una carpa donde lo esperaban trescientos refugiados, Francisco tuvo palabras de aliento para cada uno, abrazó a quienes lloraban al borde de la desesperación. “Soy musulmán –le dijo a Francisco un hombre que no llegaba a los cuarenta años- y mi esposa era cristiana, nos amábamos y respetábamos, estos dos pequeños son nuestros hijos, ella no renegó de Cristo ni de su fe y fue degollada”. “Ese hombre lloraba, lloraba desconsolado -susurraba el Papa- y su mujer es mártir”. Las escenas de dolor se sucedían, no había pausa para las lágrimas impotentes. Querían reencontrarse con sus familiares dispersos en países europeos, volver a ver a los hijos que partieron primero, curarse las enfermedades. Pero no se escuchaba una palabra violenta. Sorprendía en los refugiados su gran dignidad al asumir el drama que les tocaba vivir. Conmovía hasta las lágrimas un coro de niños y jóvenes que en ese ambiente de tristeza cantaban ante Francisco su esperanza.

“No pierdan la esperanza” les dijo el Papa a los habitantes de Lesbos. “El don más grande que podemos ofrecernos recíprocamente es una mirada misericordiosa, el escucharnos y comprendernos, una palabra de aliento, una oración. Que puedan compartir este don los unos con los otros”. Y, lanzando su mirada al continente europeo exhortó a “construir puentes, no muros, a poner en práctica políticas de integración”, a detener el tráfico de armas azuzado por el terrorismo ciego.

Francisco durante el vuelo de ida había anticipado a los periodistas que “este viaje es distinto de los otros, es ir al encuentro de la catástrofe más grande después de la Segunda Guerra Mundial”, y que iba a rezar ante el cementerio del mal en el Mediterráneo, convertido en tumba de inmigrantes. “Este es un viaje de la tristeza”, dijo Francisco, confesando su estado de ánimo para que la gente de prensa pudiera revelarlo en su trabajo.

En el puerto de Lesbos, el Papa, acompañado por Bartolomeo I Patriarca de Constantinopla e Hierónymus II Arzobispo de Atenas y de toda Grecia, rezaron por quienes al huir de la guerra murieron en el mar. El Papa dijo que aunque no conozcamos sus nombres han sido recibidos en los brazos del Padre. Conmovedor el momento en el que cada uno de los tres líderes religiosos arrojó al mar una corona de flores. Coronas de flores en el agua como aros que encierran el clamor de los débiles, coronas de flores que irán separándose en el inmenso mar, hasta que el cielo herido de su dolor y belleza las transformará en constelación de esperanza, en canto eterno de justicia y paz. Que eso es, lo sabemos, toda oración.

“El pueblo griego –a pesar de sus dificultades- ha recibido con gran generosidad a los refugiados, mientras que en la Europa cristiana algunos crean muros impidiendo el paso de los más débiles”, expresó el primer ministro griego Alexis Tsipra al recibir al Papa Francisco, quien reconoció agradecido tal acogida, indicando además que “Grecia es cuna de humanidad”. Y, horas después, cuando Tsipra volvió al aeropuerto para despedir a Francisco, saludó también a 12 refugiados sirios que el Papa se llevaba a Roma como huéspedes del Vaticano. Son tres familias musulmanas, seis adultos y seis niños, que contarán también con la ayuda de la Comunidad de San Egidio.

“¿Por qué hoy, con este gesto muy hermoso, muy noble, ha privilegiado a tres familias enteramente musulmanas?” le preguntó una periodista a Francisco durante la conferencia de prensa en el viaje de vuelta. “No elegí entre cristianos y musulmanes. Estas tres familias tenían los papeles en regla” respondió Francisco, aclarando, que “no hay ninguna especulación política, es un hecho humanitario” y “no es un privilegio. Los doce son hijos de Dios. El ‘privilegio’ es ser hijos de Dios: eso es verdad”.

Hoy, al enterarnos que entre doscientas y cuatrocientas personas huidas de Somalia, Eritrea, Sudán y Egipto habían ingresado en el “cementerio del mal en el Mediterráneo”, volvió a mi mente la imagen del sol que llora sobre el mar de las víctimas de la guerra, dibujada y regalada al Papa por un niño en el campo de refugiados de Lesbos.

El sol llora cuando los gobiernos de Europa no saben qué hacer ante el cuerpo inerme del niño náufrago que las olas depositan en la costa. El sol llora ante otros setecientos niños fallecidos el año pasado en el mismo mar, y ante los ochocientos inmigrantes perecidos por el hundimiento de una nave frente a Sicilia hace un año, y ante los muertos de hoy… Personas cuyos nombres, familias, talentos y sueños no hemos sido dignos de conocer y compartir en esta tierra. Ahora son refugiados del Cielo.

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