El intendente de Córdoba prestó oídos, finalmente, a un sordo y prolongado reclamo de los vecinos. No sólo eso, le puso el cuerpo a sus promesas de reparación.
En un singular delivery, Daniel Giacomino precisó un cronograma de puesta a punto de los colectivos destartalados de la Tamse y un plan de taponamiento de baches perfectamente inventariados.
Lo llamativo es que el impensado curso de acción no fue iniciativa propia del gobierno municipal. Ni de concejales preocupados por los problemas de la ciudad. Ni siquiera, el resultado de diligentes gestiones de vecinalistas o de los siempre atentos defensores del pueblo y de los derechos de los consumidores.
Todo el crédito de esta ráfaga de eficiencia municipal que se anuncia corresponde al irreductible acto de rebeldía de los empleados de la Tamse.
Aunque el costo de la conquista debieron pagarlo con la privación del servicio -una vez más- los resignados usuarios del transporte, los choferes consiguieron arrancarle al intendente-patrón un compromiso que jamás obtuvieron los vecinos-votantes, que pagan los sueldos de uno y otros.
Eso sí, mejor no pensar quiénes sufrirán las consecuencias si las intenciones expuestas en una insólita asamblea gremial terminaran en el superpoblado cementerio de las promesas incumplidas.