Si un padre le dice a un hijo pequeño que no hay que mentir, pero simultáneamente, cuando lo llaman por teléfono o llaman a la puerta, ordena: “Decile que no estoy”. Todo lo que le haya inculcado se desmorona.
Si los mayores les enseñan a los niños “hasta el cansancio” –como habitualmente suelen decir- que no hay que gritar y se lo dicen a los gritos o se lo pasan vociferando entre ellos, difícilmente el niño aprenda a hablar en un tono adecuado.
Si los adultos repiten a los menores que hay que comportarse correctamente en la mesa, que hay que comer adecuadamente, pero al mismo tiempo, el adulto no lo hace, el niño aprende más de lo que observa que de lo que oye.
El ejemplo es el mejor método educativo. Es muy difícil enseñarle a un niño que no debe pegarle a su hermanito, con un chirlo o a veces con una golpiza bastante más importante.
Ni que hablar de las malas palabras. Cuando son pequeños algunos progenitores les enseñan a decirlas a los nenes, porque con su media lengua, suena gracioso.
Tampoco de manera cotidiana, los mayores se privan de decir lo que comúnmente conocemos como “malas palabras” y que merecen otra discusión como afirmara Roberto Fontanarrosa en el Congreso Internacional de la Lengua Española, pero si las pronuncian los infantes, ponen el grito en el cielo.
Hasta es causa de severos castigos en la casa y en la escuela, que un niño pronuncie palabras procaces. Pero no solo las escuchan en la casa o en los medios de comunicación electrónicos, sino que a veces hasta los docentes las emiten. No hablemos de las manifestaciones de éstos en alguna medida de fuerza.
Es necesario que los padres, o quienes estén a cargo de la educación de los niños comprendan que desde muy pequeños, yo diría desde que nacen, éstos van incorporando todo lo que ven y escuchan en su entorno.
De modo que es muy difícil que luego cuando el adulto considere que llegó la edad de educarlo correctamente, esto que ha asimilado durante los primeros años de su vida se modifique.
Si un padre considera que educar a un menor con golpes es lo adecuado, no debe sorprenderse si este menor luego es violento y golpea a hermanos, compañeros y cuando es más grande hasta a s padres y docentes.
Alguna vez escribimos que si el golpe es aceptado como metodología de corrección en los niños, porque no habría de serlo en los adultos. Por ejemplo que un jefe golpee a un empleado, un árbitro de fútbol a un jugador o un juez a un procesado. La única diferencia es la fragilidad del menor y esto es cobardía.
Al igual que en la Salud, en la Educación, es mejor prevenir que curar. Si tomamos los recaudos, para que el niño desde su gestación se críe en un ambiente de buenos ejemplos y de tratos adecuados, lo más probable es que los resultados sean buenos.