Axel Kicillof y Cristina Kirchner. (Foto: archivo)

La quinta pata del gato

Kicillof, Cristina y la cuadratura del círculo

25/06/2026 | 12:06

El gobernador bonaerense aparece como el único candidato competitivo del peronismo, pero no logra resolver su dilema central: sin Cristina no le alcanza y con Cristina no puede.

Redacción Cadena 3

Adrián Simioni

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Kicillof, Cristina y la cuadratura del círculo | Por Adrián Simioni

La interna del peronismo bonaerense ya dejó de ser una discusión de estrategia para convertirse en una pelea a cielo abierto. Lo que antes se expresaba en gestos, silencios, ausencias o mensajes cifrados, ahora aparece con nombres propios, insultos y acusaciones cruzadas. El cristinismo está en ebullición, dividido entre dos polos que conviven cada vez peor: el que responde directamente a Cristina Fernández de Kirchner y a Máximo Kirchner, y el que empieza a ordenarse alrededor de Axel Kicillof.

El banderazo del fin de semana volvió a exhibir esa fractura. Máximo Kirchner habló sin nombrar directamente al gobernador bonaerense, pero el destinatario político de buena parte del mensaje fue evidente. Después llegaron los ecos, los voceros, los dirigentes de segunda línea y los operadores de cada tribu. Y allí la pelea perdió todo disimulo.

El cruce entre Juan Manuel Abal Medina, exjefe de Gabinete de Cristina y hoy más cerca del kicillofismo, y Facundo Tignanelli, dirigente de La Cámpora y hombre fuerte del armado legislativo bonaerense, fue una muestra brutal del clima interno. Se dijeron de todo: "chupamedias", "vago", "traidor", "garca", "payaso", "ñoqui". Incluso hubo insinuaciones personales que cruzaron cualquier límite razonable. No fue apenas una pelea en redes. Fue la traducción verbal de una ruptura política que el peronismo todavía no sabe cómo procesar.

El problema de fondo es que Cristina y Kicillof están atrapados en una paradoja. Una verdadera cuadratura del círculo.

Cristina conserva centralidad, liderazgo simbólico, militancia propia y capacidad de daño. Pero ya no tiene, al menos por ahora, un candidato mejor que Kicillof para ofrecerle al peronismo una expectativa real de poder. Puede condicionarlo, puede incomodarlo, puede retarlo en público o dejar que Máximo lo desgaste. Lo que no puede es sustituirlo fácilmente por alguien más competitivo.

Ese es el límite de su poder actual. Cristina puede destruir las posibilidades electorales de Kicillof, pero no parece tener en la mano un reemplazo que garantice mejores chances. Y si lo destruye, también puede destruir la posibilidad de que el cristinismo vuelva al poder o, al menos, de que conserve una influencia decisiva en el futuro gobierno peronista. Para una dirigente cuya situación judicial sigue siendo un factor central de su vida política, ese dato no es menor.

Pero Kicillof también está encerrado. Su problema no es menor que el de Cristina. El gobernador necesita diferenciarse para construir una identidad propia, ampliar su electorado y presentarse como algo más que un delegado del pasado kirchnerista. Sin embargo, si rompe con Cristina, corre el riesgo de ser señalado como traidor por el núcleo más ideológico y más fiel del cristinismo. Ese 10 o 15 por ciento militante puede no alcanzar para ganar una elección nacional, pero sí puede alcanzar para impedir que otro la gane.

Ahí está la trampa: sin Cristina, a Kicillof probablemente no le alcanza; con Cristina, probablemente no puede.

No puede, porque abrazarse sin matices a Cristina implica cargar con todo el sistema político que hoy una parte importante de la sociedad asocia con corrupción, impunidad y decadencia. La defensa cerrada del pasado kirchnerista ya no tiene la eficacia de otros tiempos. Se podrá discutir si Cristina sabía o no sabía todo lo que ocurría a su alrededor, pero resulta cada vez más difícil negar que, durante aquellos años, hubo funcionarios, secretarios, intermediarios y dirigentes que se enriquecieron de manera obscena.

Los bolsos, los departamentos, los placares, los viajes, los lujos y los videos de la decadencia no son sólo expedientes judiciales o archivos televisivos. Son imágenes políticas. Y las imágenes políticas pesan. El caso de Martín Insaurralde, por ejemplo, funciona como una postal de época: una escena de privilegio, ostentación y desconexión con la vida real de los votantes.

Por eso Kicillof enfrenta otra dificultad: uno de sus principales atributos en las encuestas es la honestidad personal. Pero no puede explotarlo del todo. Si sale a decir "o soy honesto", la frase inevitablemente abre una comparación con los demás. Y esa comparación lo obliga a mirar hacia adentro de su propio espacio. En otras palabras: para reivindicarse, debería diferenciarse; pero para diferenciarse, debería incomodar a Cristina.

La operación discursiva que necesita Kicillof es muy difícil. Tiene que decir que es distinto sin decir que los otros fueron un desastre. Tiene que prometer futuro sin repudiar del todo el pasado. Tiene que hablarle al votante moderado sin espantar al militante duro. Tiene que construir autonomía sin parecer desleal. Tiene que correrse de Cristina sin romper con Cristina.

Y Cristina, por su parte, necesita retener el mando sin anular al único dirigente que puede mantener vivo al espacio en una elección grande. Necesita disciplinar a Kicillof, pero no tanto como para dejarlo sin chances. Necesita que el gobernador la reconozca como jefa, pero también necesita que él sea competitivo ante una sociedad que ya no compra con la misma facilidad la épica cristinista.

Ese es el círculo que intentan transformar en cuadrado.

Hasta ahora, no encuentran la fórmula. La interna se les escapa por las hendijas, los dirigentes menores dicen en voz alta lo que los principales todavía administran con cuidado y el peronismo queda expuesto en su contradicción central: quiere renovar sin romper, quiere conservar sin quedar viejo, quiere volver al poder sin hacerse cargo plenamente de aquello que lo alejó del poder.

La pregunta ya no es sólo quién conduce. La pregunta es si ese espacio puede ordenar un discurso creíble entre Cristina y Kicillof. Porque, por ahora, lo que aparece no es una síntesis. Es agua y aceite.

Y cuando la política no logra mezclar sus contradicciones, tarde o temprano las contradicciones terminan gobernando a la política.

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