El 42% de los jóvenes de villas y barrios populares abandonaron la escuela.

Otra mirada

Casi el 50% de los jóvenes de villas y barrios populares abandonaron la escuela

13/04/2026 | 10:15

Detrás de ese número hay historias que se repiten. Jóvenes que empiezan a trabajar a los 14 años o incluso antes, no por elección sino por necesidad.

Redacción Cadena 3

Fernando Genesir

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Casi el 50% de los jóvenes de villas y barrios populares abandonaron la escuela

Hay dramas en la Argentina que no irrumpen: permanecen. No sorprenden, no generan conmoción sostenida, no ordenan prioridades. Simplemente están. La educación —o más precisamente, su deterioro en los sectores más vulnerables— es uno de ellos. Y los datos, cuando aparecen, no hacen más que confirmar una realidad que lleva años consolidándose.

El 42% de los jóvenes de entre 19 y 24 años que viven en villas y asentamientos del Área Metropolitana de Buenos Aires abandonaron la escuela. Casi la mitad. El número, por sí solo, es contundente. Pero lo es aún más cuando se lo compara: duplica el promedio nacional y quintuplica la deserción en los sectores de mayores ingresos. No se trata de un fenómeno aislado ni reciente. Es la expresión más cruda de una desigualdad estructural que atraviesa trayectorias de vida enteras.

Detrás de ese número hay historias que se repiten. Jóvenes que empiezan a trabajar a los 14 años o incluso antes, no por elección sino por necesidad. Para sumar un ingreso más en hogares atravesados por la precariedad. Para no ser una carga. Para sostener, muchas veces, a madres agotadas que cargan solas con la economía familiar. También hay chicos que cuidan a sus hermanos menores, que crecen en entornos fragmentados, donde la escuela deja de ser prioridad porque la urgencia es otra.

El dato más inquietante no es solo el abandono. Es la soledad. “Los jóvenes están solos”, concluye el estudio. Y esa frase, más que una descripción, funciona como diagnóstico. La decisión de ir o no a la escuela recae, en muchos casos, exclusivamente en ellos. Sin adultos que acompañen, sin referentes que orienten, sin una voz que insista en que estudiar puede abrir un camino distinto. En ese contexto, la escuela pierde su lugar simbólico: deja de ser ese faro que promete progreso.

Cuando el presente es urgente, el futuro se vuelve abstracto. Muchos de estos jóvenes no logran proyectarse. No imaginan que terminar la escuela pueda cambiar sus vidas. Entienden —o sienten— que estudien o no, el resultado será el mismo. Esa percepción, quizás más que cualquier otra variable, explica el quiebre de las trayectorias educativas.

El problema no es únicamente escolar. Es social. Los entornos en los que crecen estos chicos muchas veces carecen de redes básicas: familias estables, instituciones presentes, espacios de contención como clubes o centros culturales. En ese vacío, la escuela podría —y debería— ocupar un rol central. Pero para eso necesita algo más que infraestructura o currículas: necesita adultos. Adultos que escuchen, que acompañen, que no juzguen. Adultos que funcionen como referencia en una etapa donde las influencias externas se multiplican.

Porque, en muchos casos, la escuela es el único lugar al que ese chico o esa chica puede recurrir. El último espacio posible de contención. Cuando ese vínculo también se debilita, lo que queda es la intemperie.

Nada de esto es nuevo. Y sin embargo, tampoco parece ser determinante a la hora de tomar decisiones colectivas. No ordena debates ni define elecciones. Tal vez porque sus efectos no son inmediatos, o porque afectan a sectores que históricamente han tenido menos voz. Pero el costo es acumulativo. Y silencioso.

La imagen del faro que se apaga en los barrios populares no es solo una metáfora. Es una advertencia. Una generación entera crece sin esa referencia que, durante décadas, funcionó como promesa de movilidad y de futuro. Y cuando esa promesa desaparece, lo que queda no es solo desigualdad: es resignación.

Ese es, quizás, el dato más preocupante de todos.

Lectura rápida

¿Qué porcentaje de jóvenes en villas abandonaron la escuela? El 42% de los jóvenes de entre 19 y 24 años en villas y asentamientos del área metropolitana de Buenos Aires abandonaron la escuela.

¿Cuál es el dato más inquietante sobre estos jóvenes? La soledad es el dato más inquietante, ya que muchos de ellos toman decisiones educativas sin la guía de adultos.

¿Qué factores sociales afectan a estos jóvenes? Crecen en entornos que carecen de redes básicas, como familias estables e instituciones presentes, lo que contribuye a su abandono escolar.

¿Qué rol debería ocupar la escuela? La escuela podría ocupar un rol central como espacio de contención, pero necesita adultos que escuchen y acompañen a los jóvenes.

¿Qué ocurre cuando desaparece la promesa de la escuela? La desaparición de esa promesa no solo genera desigualdad, sino también resignación en la juventud.

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