Osvaldito

La fama es puro cuento

Osvaldito

11/10/2020 | 15:20 | "Cuando su papá le dijo que sí, que le prestaba el auto para viajar a transmitir el partido al pueblo vecino, sintió que lo había convencido de que lo suyo no era un juego: quería ser relator de fútbol". Esuchá o leé el cuento.

Mauricio Coccolo

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Osvaldito

                                                                                 Foto: Cielosports

Osvaldito había soñado tantas veces con ese día que cuando finalmente llegó no sabía si lo estaba viviendo o todavía lo seguía soñando. Cuando su papá le dijo que sí, que le prestaba el auto para viajar a transmitir el partido al pueblo vecino, sintió que por fin lo había convencido de que lo suyo no era un juego, que iba en serio: quería ser relator de fútbol.

Embalado por la emoción, Osvaldito no tuvo en un cuenta un detalle fundamental: se olvidó de llevar un cable más largo para tirar desde la única casa que tenía línea de teléfono hasta el borde de la cancha. Con el cable que usaban habitualmente apenas llegaban al cordón de la vereda detrás de uno de los arcos, justo el que daba al tapial.

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Osvaldito y el dueño de la radio pensaron que no podía ser que se les pasara por alto semejante detalle, también pensaron que no podían tener tanta mala suerte: ¡justo atrás de ese arco tenía que estar la única casa con teléfono cerca de la cancha! Al final, estacionaron el 504 para usarlo de tarima.

El tema con el auto era que Osvaldito debía subirse al techo, que brillaba como un espejo recién lustrado. Dudó, Osvaldito. Pensó que su papá lo mataría si lo veía, pero supuso que estaría orgulloso por el empeño de su hijo. Para calmar la culpa se sacó las zapatillas, un gesto nada menor en pleno invierno.

Descalzo, parado sobre el techo blanco y reluciente del 504, con el partido por empezar, Osvaldito descubrió un nuevo imprevisto: sus patas eran demasiado cortas y no llegaba a ver el arco del tapial, el que tenía más cerca. Entonces, entendió que la suerte andaba con ganas de divertirse aquella tarde y decidió seguirle el juego.

Osvaldito se sentía raro inventando la mitad del partido que se jugaba en el sector de la cancha que no podía ver. Para ayudarlo, el dueño de la radio se había subido al tapial y haciendo equilibrio le indicaba con señas lo que pasaba. Le marcaba con los dedos el número del jugador que llevaba la pelota y gesticulaba para indicarle si era córner, remate desviado o la había atajado el arquero.

El 0 a 0 trabado del primer tiempo colaboró con el relato de Osvaldito. En el descanso, un dirigente del club local se acercó para ofrecerles chocolate caliente. Junto con el alivio del calor bajando por la garganta, Osvaldito sintió algo parecido a la felicidad cuando reconoció la cara del salvador: un camionero, amigo de su papá, que les propuso arrimar su camión para que pudieran transmitir desde una mejor posición.

Mientras subía por la escalerita del Mercedes 1114, para ubicarse en la visera de la cabina, Osvaldito pensaba que por fin la suerte lo acompañaba y le regalaba un sueño agradable, para disfrutarlo. La tranquilidad se le notó en el relato del segundo tiempo.

El gol sobre la hora fue como todos los goles sobre la hora que sirven para ganar, y Osvaldito lo gritó como se gritan los goles sobre la hora que sirven para ganar. En medio de la euforia sintió una descarga eléctrica subiendo desde las piernas y descubrió que había olvidado ponerse las zapatillas. Bajó la vista, comprobó que los pies seguían ahí, a punto de congelarse pero ahí, aguantando, estoicos. No se detuvo y siguió gritando con los ojos cerrados.

Osvaldito dejó fluir lo mejor que tenía y las palabras le brotaron una detrás de otra, acompasadas y emotivas como aguas danzantes. Sentía que flotaba en una burbuja soñada hasta que una chispa la reventó. Volvió a mirarse los pies y notó que el piso estaba temblando. Cuando levantó la vista descubrió, absorto, que la cancha empezaba a alejarse a medida que el camión se movía. Los cuerpos de los jugadores se veían cada vez más chiquitos recortados en el horizonte.

El ruido del Mercedes acelerando a fondo, bramando con bronca y furia, se le grabó para siempre en la memoria, junto con una enseñanza eterna: la gente es buena hasta que su equipo pierde con un gol sobre la hora.

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