La celebración del barullo político

Abrapalabra

La celebración del barullo político

01/03/2023 | 19:20 |  

Julio Perotti

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Fue el último discurso de Alberto Fernández como presidente. Sí, el último. No habrá reelección para él, por más que lo sueñe. Y algo de eso trasuntó en el mensaje.

¿Qué debió ser? Una rendición de cuentas y un planteo sobre lo que piensa hacer hasta diciembre, cuando termine su mandato.

Pero no fue ese ni de cerca el núcleo de las 57 páginas y dos horas que duró.

En la descripción del estado de la Argentina revisó números y acciones, pero omitió hacerse cargo de los dos peores problemas: la inflación y la inseguridad.

En cambio, redefinió el eje que, según sus palabras, jaquea al sistema democrático: los medios, la Justicia y la oposición.

Y allí fue cuando decidió abandonar cualquier mínimo atisbo de respeto a la división de poderes.

En una línea argumental elaborada para ganarse algún mínimo guiño de Cristina, cuestionó el juicio por la causa Vialidad en el que condenaron a la vicepresidenta a seis años de prisión y la inhabilitaron para ocupar cargos públicos.

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Justamente, Alberto usó la idea de inhabilitación y no de proscripción, como definen los cristinistas más duros.

Y también exigió que se investigue a fondo el intento de asesinato de Cristina.

La Corte sufrió uno de los peores ataques que jamás recibió, con dos de sus miembros, Horacio Rosatti y Carlos Rosenkrantz, presentes en el recinto y enfocados permanentemente por la TV Pública. De hecho, la acusó de "tomar por asalto" el Consejo de la Magistratura, al impedir que el kirchnerismo se quedara con las mayorías.

Hubo, como nunca antes también, un gran montaje.

En los palcos fueron ubicados un combatiente de Malvinas, la propietaria de una nueva vivienda, un empleado de una empresa de biotecnología, una médica de salud mental, una trabajadora de la economía popular, dos rectoras de universidades, un científico…

A cada uno lo puso como ejemplo de lo inclusiva que, dijo, fue su gestión y cómo se atendió a todos los sectores sociales.

De la calma con la que repasó esos aspectos que quería destacar de su administración, pasó a gritos casi destemplados cuando atacó a la Corte Suprema y a la oposición. Y recibió rechifla desde la oposición en el recinto. Vergonzoso.

También hubo un lugar para los medios, a los que acusó de colocar un “cerco informativo” y llevar adelante “una sistemática acción de desinformación de las políticas que se llevaron adelante desde el gobierno nacional”.

Si los medios privados y el periodismo son tan poderosos como para invisibilizar las acciones de un gobierno, entonces debería replantearse el modelo de medios públicos que tanto gustan sostener a fuerza de déficit.

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Por supuesto que de inmediato asoció a los medios con intereses económicos y políticos “opositores al gobierno que ocultan o tergiversan información a sus lectores, oyentes o televidentes”.

Un detalle no menor: si bien reivindicó que en su gobierno no hubo actos de censura, cuestionó que “la ciudadanía no cuenta con la oportunidad de conocer qué se está haciendo con los recursos del Estado”. O sea, con la pauta.

También hubo un momento por lo menos extraño: cuando se defendió de los que, dijo, criticaban su moderación. E hizo allí un panegírico de su mismo, una especie de súper héroe que luchó contra los condicionamientos que FMI le había impuesto al macrismo.

O que “le puso el pecho a la pandemia”, que dispuso personalmente que se apliquen millones de dosis gratuitamente a cada argentino y argentina que lo demandó, y que distribuyó respiradores, que buscaba por el mundo las vacunas contra el Covid.

O que estuvo en momentos difícil con Lula y Evo Morales, en defensa de los movimientos populares.

En fin, una dosis de egocentrismo pocas veces visto en el recinto del Parlamento.

Hubo un par de expresiones que dejaron traslucir algo así como un discurso de despedida.

Pero nada más, sólo un discurso tribunero que no merece estar en los libros de historia, salvo para mostrar cómo se puede profundizar una grieta y tapar la verdadera realidad del país con solo celebrar el barullo.

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