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26/06/2026 | 13:15
Redacción Cadena 3
Sergio Suppo
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El dilema del peronismo | Por Sergio Suppo
El verdadero dilema del peronismo no es Cristina Kirchner o Axel Kicillof. No es, al menos, solamente eso. Tampoco es quién se queda con el sello, quién ordena la interna o quién termina conduciendo el espacio de aquí a las próximas elecciones.
El verdadero dilema del peronismo es mucho más profundo: qué va a decir sobre la economía.
Porque ese será el asunto central de la Argentina. Y, por lo tanto, el asunto central de las decisiones ciudadanas. Y, en consecuencia, el asunto central de la próxima elección presidencial.
¿Qué puede prometer hoy el peronismo en materia económica después de haber gobernado buena parte de los últimos 20 años?
Desde 2003 en adelante, con la excepción de los cuatro años de Mauricio Macri, el peronismo gobernó la Argentina durante cuatro períodos presidenciales: Néstor Kirchner, dos mandatos de Cristina Kirchner y Alberto Fernández. Lo hizo con un sesgo, con un discurso, con una forma de entender el Estado, la producción, el gasto público, los subsidios, el empleo, la moneda y la relación con el sector privado.
Y también lo hizo con consecuencias.
Ese es el problema que el peronismo todavía no logra mirar de frente. No alcanza con discutir nombres. No alcanza con resolver si Cristina sigue mandando desde su encierro político y judicial, si Kicillof logra emanciparse o si aparece alguna variante moderada del viejo PJ. La discusión decisiva es otra: qué país económico propone el peronismo después del país económico que dejó.
Porque hay una cultura política y económica que sigue muy instalada en la Argentina. Mucho más de lo que se admite. Y no sólo en la dirigencia política. También en sectores empresarios, sindicales, corporativos y provinciales que durante años aprendieron a vivir de la protección estatal, de la prebenda, del subsidio, de la regulación hecha a medida, de la teta del Estado.
Ese ecosistema no nació únicamente del peronismo, pero el peronismo lo alimentó, lo defendió y lo convirtió en identidad política. Por eso la pregunta económica le pesa tanto. Porque no se trata apenas de armar un programa. Se trata de revisar una cultura de poder.
Mientras tanto, en la superficie aparece la pelea de nombres. Cristina Kirchner, condenada e inhabilitada para ejercer cargos públicos, conserva peso simbólico y capacidad de daño interno. Axel Kicillof aparece como el emergente de una renovación posible dentro del mismo universo kirchnerista. Pero ahí también hay una contradicción difícil de resolver: a Kicillof le va a costar cada vez más decir que es kirchnerista si Cristina Kirchner se transforma en su principal enemiga política.
Kicillof puede intentar despegarse de la jefatura de Cristina, pero no puede despegarse tan fácilmente de su origen. Es un dirigente formado, creado y proyectado dentro del kirchnerismo. Es, ideológicamente, una criatura de ese espacio.
¿Existe otro peronismo que no sea kirchnerista? Sí, existe. Pero hace muchos años que está subordinado al kirchnerismo o condicionado por sus mecanismos de control político. Gobernadores, intendentes, sindicalistas, dirigentes territoriales y sectores del PJ tradicional aprendieron a convivir con esa jefatura aun cuando no la compartieran del todo.
También hay desprendimientos del propio kirchnerismo que ensayan discursos de mayor racionalidad política. Algunos intentan hablar de equilibrio fiscal, de inversión, de producción, de reglas, de orden macroeconómico. Pero todavía están lejos de construir una propuesta consistente y, sobre todo, creíble.
Al final de esta pelea, el peronismo va a tener una oferta electoral. Más unido o más roto, más ordenado o más caótico, terminará ofreciendo una candidatura, un discurso y una promesa.
Y esa oferta no será menor. Aun destruido como parece estar, aun arrastrando fracasos, aun cargando con el peso político de dirigentes condenados por corrupción, el peronismo conserva un piso electoral importante. Tiene un arrastre propio. Tiene identidad, territorio, memoria, aparato, sindicatos, intendencias, gobernaciones y una porción de la sociedad que sigue mirándolo como refugio.
Treinta puntos no son poca cosa para arrancar una elección presidencial.
La cuestión es otra: ¿esos 30 puntos son el punto de partida o son el techo?
Ahí está la diferencia entre ser una verdadera alternativa de poder o quedar reducido a una minoría intensa, resistente, nostálgica, incapaz de volver a enamorar a una mayoría.
El oficialismo, con Javier Milei, buscará sostener su propio relato: ajuste, disciplina fiscal, mercado, desregulación y confrontación cultural contra el viejo sistema. Puede gustar más o menos, puede tener costos enormes, pero tiene una dirección reconocible.
El peronismo, en cambio, todavía no sabe qué relato económico contar. No puede volver sin más al libreto que terminó en inflación, cepo, pobreza, gasto desbordado y desconfianza. Pero tampoco se anima a romper del todo con ese pasado, porque ese pasado es parte de su identidad y de su base de sustentación.
Ese es el verdadero dilema.
No se trata de si conduce Cristina, Kicillof, un gobernador o un intendente del conurbano. Se trata de si el peronismo puede decir algo nuevo, serio y creíble sobre la economía argentina.
Durante mucho tiempo, la política argentina giró alrededor del peronismo. El peronismo era el sol del sistema. Todo se ordenaba a favor o en contra de él.
Eso cambió.
Hoy hay otros soles en la política argentina. El peronismo ya no encandila como antes. Sigue teniendo volumen, historia y votos. Pero dejó de ser el centro inevitable de gravedad.
Volver a ser una opción de poder no dependerá solamente de resolver una interna. Dependerá de algo bastante más difícil: reconstruir una idea de país después de haber dejado demasiadas ruinas en el camino.
Y por ahora, esa reconstrucción no se ve.
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