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08/06/2026 | 14:22
Redacción Cadena 3
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El riesgo del todo o nada en una elección presidencial | Por Sergio Suppo
La elección peruana vuelve a mostrar una postal conocida en América Latina: sociedades partidas casi en dos, candidatos que representan modelos opuestos y una política acostumbrada a jugar al todo o nada.
Con el escrutinio avanzado, Perú vive una segunda vuelta voto a voto entre Keiko Fujimori, candidata de derecha, y Roberto Sánchez, postulante de izquierda vinculado políticamente al espacio del expresidente Pedro Castillo. La diferencia es mínima y el resultado final puede depender de los últimos votos. Pero más allá de quién gane, el dato más relevante quizás no esté en la urna, sino en lo que Perú logró preservar fuera de ella.
Perú tiene un problema institucional grave. Ha atravesado una inestabilidad política con presidentes que caen, congresos que destituyen y una sociedad que parece oscilar de un extremo al otro. Sin embargo, en medio de ese desorden político, mantuvo una columna económica más estable: el Banco Central de Reserva, conducido durante casi dos décadas por Julio Velarde Flores, con un criterio de independencia que sobrevivió a gobiernos de distinto signo.
Ese contraste es enorme. En Perú, la política puede ser un tembladeral, pero la moneda, la inflación y la conducción financiera no quedaron completamente sometidas al humor del poder de turno. Allí hay una lección incómoda para la Argentina.
Chile ofrece otro ejemplo. Pasó de Gabriel Boric, un presidente de izquierda, a José Antonio Kast, un dirigente de derecha dura. El péndulo político se movió con fuerza, pero las bases de la política económica no cambiaron de manera equivalente. Puede haber matices, énfasis, tensiones y correcciones, pero no una decisión de dinamitar todo lo anterior cada cuatro años.
Colombia, en cambio, aparece como una incógnita más abierta. La segunda vuelta del 21 de junio enfrentará a Abelardo de la Espriella, un candidato de derecha dura con referencias cercanas al trumpismo regional, e Iván Cepeda, el postulante de izquierda ligado al presidente Gustavo Petro. Allí la pregunta es si el cambio de signo puede derivar también en un volantazo de fondo.
Y entonces aparece la cuestión argentina.
¿Qué pasaría si Argentina llega a una nueva elección presidencial entre Javier Milei y una alternativa populista de raíz kirchnerista? ¿Existe riesgo de volantazo? La respuesta, a diferencia de Perú o Chile, es inquietante: sí, existe. Porque en la Argentina el Banco Central, la emisión, el gasto público, los controles, los cepos, los impuestos y las regulaciones han sido históricamente herramientas disponibles para que un gobierno deshaga lo que hizo el anterior.
El esfuerzo que millones de argentinos hicieron en estos años para estabilizar variables macroeconómicas, ordenar las cuentas públicas y enfrentar la inflación podría quedar expuesto a una regresión si el país decide volver a recetas conocidas. No se trata de negar el costo social del ajuste ni de idealizar al Gobierno. Se trata de preguntarse si la Argentina puede construir, de una vez, algunos acuerdos elementales.
No gastar más de lo que se tiene no debería ser una bandera partidaria. Terminar con la inflación no debería depender de una ideología. Cuidar la moneda no debería ser una rareza técnica. Y entender que prohibir exportaciones, pisar precios, manipular el tipo de cambio o aumentar impuestos para financiar estructuras estatales cada vez más grandes ya fracasó demasiadas veces no debería ser materia de debate eterno.
La Argentina lleva años discutiendo la ley de gravedad. Cada tanto aparece alguien que promete que un poco de inflación ayuda, que cerrar exportaciones abarata la mesa familiar, que subir impuestos redistribuye sin consecuencias o que agrandar el Estado es gratis. No son hipótesis: son políticas que ya se aplicaron y cuyos costos ya se pagaron.
Pero el problema del todo o nada no es sólo responsabilidad del populismo. También el Gobierno libertario debe tomar nota. Si la única oferta política es blanco o negro, épica o catástrofe, motosierra o regreso al pasado, el país queda atrapado en un péndulo que tarde o temprano vuelve a golpear.
La estabilidad no se construye sólo con un programa económico. También necesita consensos políticos, instituciones que resistan a los gobiernos y reglas que no cambien según quién gane la elección. Perú, con todos sus problemas, logró preservar una isla de racionalidad en su Banco Central. Chile mostró que el cambio político no necesariamente exige romper todos los equilibrios. Argentina todavía no consiguió algo parecido.
La eventual visita del papa León XIV a Perú, prevista en el marco de una gira regional, también dependerá de que el clima político permita una presencia de esa dimensión. No es un dato menor: Perú es un país fervientemente católico y el Papa vivió allí durante años. Una visita así puede movilizar multitudes, discursos y tensiones.
Pero la pregunta de fondo excede a Perú, Colombia o Chile. Es argentina. Después de tantos sacrificios, ¿vamos a volver a empezar de cero cada cuatro años? ¿O alguna vez vamos a acordar que hay cosas básicas que un país serio no discute más?
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