Violencia urbana
24/02/2026 | 11:04
Redacción Cadena 3
Juan Federico
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La violencia en barrio Yapeyú agrava la situación de los jóvenes en Córdoba
Hay un expediente que, sin proponérselo, hoy conjuga todos los dramas en una sola narración. Un relato de una adolescente de 17 años que desnuda como nadie la frágil realidad en barrio Yapeyú, en el sudeste de la ciudad de Córdoba.
Ubicado a sólo 10 minutos de El Panal, Yapeyú se convirtió, en este comienzo de 2026 en una referencia brutal de la crónica policial: en poco más de 24 horas, entre la noche del jueves 29 de enero y la madrugada del sábado 31, distintas balaceras dejaron en evidencia una degradación social asfixiante, en la que se entremezclan el narcotráfico, las armas, el consumo temprano de drogas, los chicos reclutados desde pequeños por las organizaciones delictivas y una intervención siempre deficiente y tardía por parte del Estado. Capas superpuestas de fracasos que se vienen acumulando desde hace ya demasiados años.
Es en medio de este contexto que días atrás llegó a los Tribunales de Córdoba una adolescente de 17 años que radicó una denuncia que no deja de azorar incluso a aquellos funcionarios que creían haber visto todo ya y que se asumían inmunes a cualquier tipo de relato.
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La joven no vive en barrio Yapeyú. Pero el viernes 30 a la noche, llegó hasta allí junto a una amiga de 16 años. Quienes conocen la zona, aseguran que hace tiempo que esta última adolescente suele aparecer con chicas y más grandes que viven a la intemperie: fugadas de institutos, con familias disgregadas, supuestamente bajo el ala de la Secretaría de la Niñez, Adolescencia y Familia (Senaf), y algunas ya embarcadas en el comercio sexual. Inocencias robadas.
Aquella noche, contó ante la Justicia de Menores, ella y su amiga se juntaron en una casa del barrio junto a otros jóvenes. Adolescentes de entre 15 y 20 años, chicos y chicas, que pasan toda la noche reunidos. Cerca de las 2 de la madrugada, agregó, como se estaba quedando sin batería en el celular, su amiga le dijo que se fueran a la casa de ella, para ponerlo a cargar. Cuando empezaron a caminar, el ruido de unos tiros las hizo demorar. La naturalidad de todo el relato no deja de ser una señal profunda.
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/Fin Código Embebido/Era una noche de calor y a esa hora, había grupo de jóvenes desparramados por todas partes. Así se vive en diversos sectores de la ciudad. A la noche, la dinámica social es mucho más activa que a la mañana. La disquisición de este fenómeno abarca variables que exceden al mundo criminal: viviendas precarias, hacinamiento, deserción escolar e inestabilidad laboral forman parte de sólo una parte de esta explicación.
Hace tiempo que la criminalidad no se puede analizar sólo desde una mirada policial o judicial.
Tras aquella primera balacera, que las chicas escucharon cerca pero no las detuvo (en realidad, aquellos tiros no alteraron a nadie en Yapeyú), llegaron a la casa de la amiga, donde vive bajo el supuesto cuidado de su abuelo.
El hombre hace casi dos años contó en la radio que desde hacía tiempo él había quedado a cargo de sus tres nietos, que entonces estaban en pleno tránsito de la niñez a la adolescencia, porque los padres estaban sumergidos en el consumo del “pipazo”, la droga que hace estragos en los barrios de la ciudad de Córdoba.
Todas las noches, dijo entonces el abuelo, sus nietos (dos varones y la jovencita) aprovechaban cuando él se dormía para salir junto a unos amigos y cometer toda clase de tropelías.
Una vez entraron al colegio del barrio; después comenzaron a ir a la avenida 24 de Septiembre, donde desarrollaron un burdo pero efectivo método de robo: en grupo, irrumpían en algún quiosco, encendían una bengala de humo y en medio del caos, como pirañas, intentaban llevarse todo lo que podían. Las cámaras de los negocios registraban todo.
Pero cada vez que eran detenidos por la Policía, se activaba el circuito de la impotencia: de la comisaría a la unidad judicial, se constataba que eran menores de 16 años, inimputables, se comunicaba a la Justicia de Menores que le daba intervención a la Secretaría de la Niñez, Adolescencia y Familia (Senaf) y todo terminaba en un llamado al abuelo para que fuera a retirarlos.
Así, una y otra vez. Hasta que una noche, el hombre les dijo a los empleados de la Senaf que no lo llamaran más, que no les devolvieran a sus nietos, porque él no podía contenerlos.
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/Fin Código Embebido/Nadie le hizo caso y todo continuó igual. Los chicos siguieron yendo a la avenida 24 de Septiembre, después incursionaron por cocheras de Cofico y, sobre todo, continuaron escalando en el delito. Los dos más grandes cumplieron 16 años, dejaron de ser inimputables, pero nada cambió.
En Yapeyú se volvió común ver al varón de 16 años empuñando armas de fuego. En contacto con otros jóvenes de la misma edad, también armados.
Chicos que ingresaron en el sistema de institucionalidad como vulnerables, cuando tenías 12 y 13 años, y que ahora se estaban convirtiendo en precoces delincuentes de sólo 16 años. Crónica de un fracaso demasiado extendido.
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/Fin Código Embebido/Cuando en la madrugada del sábado 31 de enero pasado la adolescente y su amiga llegaron a la casa de Yapeyú y pusieron el celular a cargar, adentro estaba la madre de los chicos. La joven la describiría luego como en un estado de “semi inconsciencia”, mientras consumía el pipazo allí mismo. Alcanzó a decirles que su hijo de 16 años había salido en una moto, con una pistola en la cintura. Casi como una anécdota al pasar.
En esa casa, además del abuelo, también estaba el joven de 28 años que luego terminaría acusado de ser el proveedor de las armas para estos adolescentes. Lo describió con un chaleco antibalas de la Policía, además de tener una pistola en la mano. En ese momento, agregó, se puso de pie y le dijo a esa madre que iba a salir en apoyo del hijo de ella, al que quería como un hermano.
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/Fin Código Embebido/Minutos después, otra infernal balacera se escuchó en Yapeyú. El adolescente de 16 años y sus cómplices estaban atacando a tiros, con pistolas nueve milímetros, la casa de la familia de la exnovia del jovencito. Una disputa sin sentido que había ido agigantándose de manera inexplicable con el correr de las horas. Allí donde las armas y la droga sobra, todo se torna más complejo de descifrar.
En aquel tiroteo, una joven de 22 años, Luna López (hermana de la exnovia del joven de 16 años) terminaría herida para siempre: un balazo le atravesó una vértebra y la dejó paralítica.
Pero los estampidos lejos estuvieron de detener la noche en barrio Yapeyú. Tras dejar el celular cargando, las dos amigas regresaron a la juntada de la que estaban participando en otra casa, reunión que se extendió hasta las 9 de la mañana.
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/Fin Código Embebido/A esa hora, retornaron para dormir en la casa del abuelo de la amiga. Cuanto entraron, contaría luego la denunciante, en el patio estaba el hermano de 16 años junto a varios jóvenes de la misma edad, festejando la balacera de la madrugada. Fumaban marihuana, aspiraban cocaína, bebían de todo y jugaban a la “ruleta rusa”: se apuntaban con un arma de fuego en la cabeza y gatillaban sin que saliera el tiro.
Las dos amigas se fueron a dormir. A las 15, cuando despertaron, en el patio todo seguía igual. Ya estaban preparando el almuerzo, mientras el consumo no se detenía.
A la noche, intoxicados y paranoicos, los adolescentes entraron en la casa e irrumpieron en la habitación de las chicas. A la hermana la golpearon para hacerla a un costado, mientras que a la amiga comenzaron a exigirle el celular. “Te lo quieren robar”, le decía la amiga.
Por la fuerza, los jóvenes llevaron a la amiga hasta la cocina, donde la sentaron en una silla y comenzaron a pegarle. El joven de 16 años, dueño de casa, le apuntó con una pistola en la frente y apretó varias veces el gatillo, sin que saliera el balazo. Después, alguien le puso un buzo en la cabeza y otro joven comenzó a cortarla en una mano con un cuchillo tipo tramontina. Querían su celular. ¿Para qué? Comprar más droga o acaso porque suponían que ella los había denunciado por algo.
A los pocos metros, los adultos tomaban “vino con clonazepam”. El abuelo, en medio de toda esta situación, se asomó y les pidió a los jóvenes que “no molestaran” más a las chicas. Esa fue toda la intervención.
Hasta que, en un momento, el asedio cedió un poco y la joven aprovechó para llamar a la Policía. Ya corría la madrugada del domingo cuando un patrullero se animó a introducirse en las profundidades de Yapeyú. El contacto fue breve: los policías le preguntaban qué había pasado y no se fijaban en las evidentes marcas de los golpes que tanto ella como su amiga habían sufrido. El abuelo, la nieta y los otros adolescentes sólo respondían que no tenían idea sobre qué quería denunciar esta joven. El móvil policial se fue.
Recién en la mañana del domingo, un nutrido grupo de uniformados iba a regresar a esa zona de barrio Yapeyú. El adolescente de 16 años, un amigo de la misma edad y otro de 17 fueron llevados esposados hacia Complejo Esperanza, el centro que la Senaf tiene para alojar a los adolescentes de entre 16 y 18 años en conflicto con la ley penal, tal como reza la nomenclatura oficial.
“Conflicto con la ley penal”, en este caso, se refería a disparar 21 tiros contra una casa y dejar paralítica a una joven de 22 años.
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/Fin Código Embebido/A esa hora, la Justicia de Menores aún ignoraba que esos mismos adolescentes aquella noche había humillado a otra joven, también en barrio Yapeyú.
Esta causa recién se activó días después, cuando la adolescente pudo declarar y contar una pesadilla que llevó a varios a asomarse, a fin, al abismo en barrio Yapeyú.
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