"El Negro Juan" se encontraba prófugo.

Violencia en Córdoba

Los impresionantes tentáculos detrás del "Negro Juan"

13/02/2026 | 11:15

La detención del delincuente acusado de ser el proveedor de armas con las que unos adolescentes dejaron paralítica a una joven en barrio Yapeyú dejó al descubierto una densa trama criminal en Córdoba.

Redacción Cadena 3

Juan Federico

Juan José Juárez hace tiempo que es un apodo en barrio Yapeyú, de la ciudad de Córdoba: “El Negro Juan”. Un alias que aparece asociado a un submundo delictivo que en ese sector ubicado a sólo 10 minutos de El Panal está demostrando una cara tan violenta como degradante.

“Avanzá como un soldado”, le gritaba su madre, Carina Juárez, este jueves temprano, mientras “el Negro Juan” continuaba atrincherado en una vivienda de su cuñado, en barrio Pueyrredón, otro sector copado por el narcotráfico.

Afuera, el grupo de elite Eter, de la Policía de Córdoba, lo esperaba para lo peor. Pero “el Negro Juan” tomó el consejo de su madre y apareció con las manos en alto, sólo vestido con una bermuda deportiva, y un cigarrillo en la boca.

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Ya volvió a prisión. Este joven de 28 años, hacía poco tiempo que había regresado a la libertad. Estuvo preso durante años, luego de que en 2014 baleara un patrullero en barrio Yapeyú y casi matara a un policía que salvó su vida gracias al cabezal de su asiento, que retuvo el tiro.

Antes y después, “el Negro Juan” continuó tuteándose de manera permanente con el delito. Su madre, en aquellos gritos para que depusiera su actitud, le recordó que ella misma estuvo presa “20 años”. La acusaron de integrar una banda que sometió a una jubilada en un violento asalto y, luego, de ser una narcomenudista en el barrio. Su recorrido sintetiza lo que hicieron varios en esa zona: ladrones que se convirtieron al narco.

Una hermana del “Negro Juan”, e hija también de Carina”, es Aldana Juárez, conocida como “la Negra Aldana”. En Yapeyú, al parecer, no se han esforzado mucho para apodar a los vecinos.

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Aldana y su novio, Alexander Damián Carballo (conocido como "Cara de Gatito"), cumplen condena en diferentes cárceles de Córdoba por el asesinato a puñaladas de Axel Gómez (25), ocurrido a fines de abril de 2024 en barrio Yapeyú.

Aquel crimen originó una serie de represalias por parte de familiares de la víctima, que atacaron a algunos domicilios vinculados a la familia Juárez. Una espiral de violencia que jamás se detuvo hasta hoy.

Aldana protagonizó en prisión diferentes escaramuzas con otras detenidas. Por su mala conducta (incluso, intentó coserse los ojos y la boca), la trasladaron del penal de Bouwer a Río Cuarto y luego a Villa María.

El pasado lunes 2 de febrero, Aldana llamó a la puerta de su pabellón en Villa María. Cuando los guardias le abrieron, tenía un celular en su mano. Dijo que le acababan de enviar un video en el que un sicario intentaba matar a su hermana en barrio Yapeyú. Pero, en realidad, el asesino a sueldo se había equivocado de víctima. Aldana temía que la próxima vez no fallara.

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Ante la Justicia, agregó que el ataque armado había sido planeado por otra detenida y su pareja (un hombre preso en otra cárcel), quienes pese a estar encerrados no tuvieron problemas en comunicarse con celular con el sicario, al que le encargaron el ataque que se había concretado el jueves 29 de enero. El propio sicario filmó tomo y envió el video a sus “empleadores” presos, que luego se lo hicieron llegar a Aldana.

Si bien no quiso entrar en detalles, Aldana dijo que aquel ataque había sido una represalia por un problema que ella había tenido con esa otra presa. Pero no amplió a qué tipo de problema o negocio ilegal se refería. En el video, el sicario le gritaba a la víctima, antes de dispararle, que le dijeran a Aldana que se tenía que ir de la cárcel de Villa María. El mensaje fue efectivo: aquel miércoles, la joven regresó a la cárcel para mujeres de Bouwer.

Pero el “Negro Juan”, su hermano, no aparece aún en esa historia. Sí en el capítulo criminal que se escribiría sólo 24 horas después en el mismo barrio Yapeyú, a sólo unos pocos metros del ataque del sicario.

Entre la medianoche del viernes 30 y la madrugada del sábado 31 de enero, tres adolescentes (dos de 16 años y uno de 17) fueron a atacar a balazos la vivienda de la familia Luna. Uno de ellos, había sido novio de una jovencita de esa familia, y tras la ruptura del vínculo amoroso había comenzado con una serie de exigencias. 

De las amenazas pasaron directamente a los tiros: le vaciaron el cargador de una pistola nueve milímetros. 

De los 21 tiros que los peritos contarían luego, uno se coló al interior de la casa y le atravesó una vértebra a Luna López (22), hermana de la exnovia de uno de los adolescentes que disparaba. El daño del balazo es irreversible: quedó paralítica.

Tras la balacera, los adolescentes junto a otros amigos de la misma edad se fueron a celebrar a la casa de uno de ellos. Un festejó que incluyó el consumo de cocaína, marihuana y hasta el juego a la “ruleta rusa” (disparar con el cargador semi vacío) durante horas, según relataría luego una persona que fue testigo de toda esta historia. En medio de aquellos excesos, los jóvenes terminaron por secuestrar y humillar a otra adolescente.

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La fiscalía a cargo de Silvana Fernández quedó a cargo, entonces de la investigación por el ataque que dejó paralítica a Luna. Y la Justicia de Menores, por la privación ilegítima de la libertad de la otra jovencita. Ambas causas hoy han conformado una obscena radiografía sobre cómo opera la criminalidad en algunos sectores de la ciudad de Córdoba.

Un circuito que incluye mucha droga de fácil acceso, soldaditos cada vez más chicos, narcotraficantes, demasiadas armas de fuego, un control territorial por parte de los delincuentes y un monitoreo permanente desde las cárceles de Córdoba. Prácticamente todos los involucrados pasaron por diferentes estamentos públicos, sin que jamás se modificara semejante derrotero: familias intervenidas por la Senaf (Secretaría de la Niñez, Adolescencia y Familia), expedientes en la Justicia de Familia, primero, y luego en la Justicia de Menores. Complejo Esperanza y decenas de operadores estatales que repitieron de manera incansable una receta que llevó al abismo social en barrio Yapeyú. Generaciones nuevas volcadas en el delito.

Chicos y adolescentes atravesados por múltiples violencias, que ingresaron en el sistema público como vulnerables y sólo un puñado de años después aparecen convertidos en despiadados victimarios.

Con el paso de los días, la fiscalía llegó a otra conclusión: el que les había provisto las armas a estos adolescentes era “el Negro Juan”. Fueron diferentes testigos quienes aportaron datos en esa dirección.

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Al comenzar a indagar sobre el “Negro Juan”, los investigadores policiales llegaron a un video que hacía tiempo circulaba por entre los celulares de Yapeyú: arriba de un techo, encapuchado, con un chaleco antibalas y tres armas de grueso calibre (una ametralladora, una escopeta y una pistola), este sujeto se grababa disparando al aire y amenazando a una presunta banda rival. Hablaba de que podía traer sicarios de Rosario y que ostentaba un poderío de armas que no deja de llamar la atención. ¿Cómo ese armamento llegó a Yapeyú? ¿Cuál es el poder de fuego que hoy manejan los delincuentes en Córdoba? Hasta hoy, jamás se encargó una investigación que permitiera trazar una radiografía seria y contunden sobre cómo opera el contrabando de armas dentro de la provincia. La realidad es aplastante: de manera simple, adolescentes que recién se asoman a la vida pueden tener un arma en sus manos.

Quienes conocen de sobra barrio Yapeyú aseguran que aquellas armas que exhibía “el Negro Juan” fueron adquiridas por un narcotraficante preso. Un hombre que desde una celda continúa mandando en Yapeyú. Que, pese a estar privado de la libertad, continuó ensanchando sus negocios ilegales.

La paradoja es brutal: este delincuente ingresó al sistema penitenciario cordobés varios años atrás, por un delito menor. Un ladrón de poca monta que adentro de la cárcel amasó su propia fortuna. Primero, con estafas telefónica. Y luego, controlando el narcotráfico. Desde la cárcel, logró comprar armas y hasta casas dentro del barrio. En Yapeyú son varios los que cuentan esta historia. Se ufanan de saber más que la Policía y la Justicia.

Cuando los adolescentes que atacaron a Luna fueron detenidos ese mismo domingo, a poco más de 24 horas de la balacera, sólo le encontraron un arma vieja. Alguien ya se había llevado el resto del armamento.

Días después, al largarse la orden de detención en contra del “Negro Juan”, sospechado de ser él quién les suministró aquellas armas, de manera llamativa también ya había desaparecido del barrio. Se ejecutaron decenas de allanamientos, pero su huella no aparecía.

“Se movía por más de 20 casas, iba saltando de una a otra, tenía toda una red armada”, terminó por graficar un experimentado policía que comenzó a perseguirlo.

El jueves último a la madrugada, según consta en la investigación, “e Negro Juan” llegó en moto hasta la casa de unos conocidos en barrio Cáceres, a varios minutos de Yapeyú. Allí se iba a esconder, pero algo sucedió. Discutió con los dueños y terminó por llevarse como rehén a la hija de esa familia, una joven de 16 años. A punta de pistola, la subió en su moto y recorrió media ciudad hasta llegar a Pueyrredón. La dejó en la puerta y le dijo que no se moviera, que ya regresaba. Justo en ese momento, apareció un móvil policial. La adolescente alcanzó a escapar, mientras se montaba el impresionante operativo que terminó con su detención. Desde adentro, “el Negro Juan” amenazaba con resistir. Hasta que alguien trajo rápido a su madre. Los gritos de la mujer lo convencieron. Y se entregó.

Pero en Yapeyú, nadie asegura que todo haya terminado. Las armas y las drogas continúan allí. Como los jóvenes criados en medio de una intemperie brutal.

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