La quinta pata del gato
30/06/2026 | 12:13
Redacción Cadena 3
Adrián Simioni
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Recomendaciones para un vocero presidencial | Por Adrián Simioni
Adrián Ravier estrena función como vocero presidencial y, ya que llega a un cargo donde cada palabra pesa, conviene dejarle algunas recomendaciones. No son demasiado sofisticadas. Más bien pertenecen al sentido común, ese recurso que suele desaparecer cuando alguien confunde cercanía con el poder con impunidad.
La primera es sencilla: no maltrate a los periodistas que intentan hacer su trabajo. No los "trapee", no los sobr?, no los use como blanco para la tribuna digital. Aflojarle a la soberbia no debilita a un vocero; al contrario, lo vuelve más creíble. Un funcionario no está para ganar discusiones de redes, sino para responder preguntas públicas.
La segunda recomendación también parece elemental, aunque la política argentina obliga a repetirla: intente no cometer delitos. En general, ninguno. Pero, en particular, evite los delitos venales, esos que huelen a coimas, dádivas, favores, plata inexplicable y beneficios que aparecen justo cuando alguien está demasiado cerca del Estado.
Ahora bien, si pese a todo alguien decide caminar por ese barro, debería recordar una verdad incómoda: para ejercer la maldad también hace falta inteligencia. Y la primera regla de esa inteligencia mínima es no llamar la atención.
No conviene actuar como piojo resucitado. Si antes uno iba a Las Toninas en un Chevrolet Corsa, no parece prudente pasar de golpe a vuelos privados a Punta del Este. Si no hay una herencia millonaria que lo explique, tampoco ayuda comprar propiedades caras, en zonas caras, cada seis meses. La política no perdona tanto la riqueza como la ostentación inexplicable.
Lo mismo vale para los gestos de nuevo rico: piletas con cascadas que cuestan una fortuna y después no sirven ni para relajar los trapecios, sábanas de algodón egipcio que jamás formaron parte de la vida anterior o caprichos infantiles como un flipper convertido en símbolo de exceso. No es moralismo estético. Es algo más simple: no se puede pedir sacrificio público mientras se exhibe lujo privado sin explicación convincente.
Y si ya se falló en la discreción, queda otra obligación: defenderse con inteligencia. No sirve salir a decir que apareció un pendrive olvidado con ahorros en Bitcoin justo cuando esa moneda multiplicó su valor. No sirve inventar épicas financieras retrospectivas que ni el propio protagonista parecía recordar un mes antes.
En general, lo mejor es no mentir. Pero si alguien va a mentir, al menos debería evitar contradicciones groseras. No puede ir al Congreso a decir que todos sus papeles están en orden y, dos días después, admitir ante un periodista amigo que siempre ahorró en negro, incluso siendo jefe de Gabinete de un gobierno que dice haber venido a defender a los contribuyentes.
Cuando una mentira necesita otra mentira para sostenerse, el problema deja de ser judicial y pasa a ser narrativo. La defensa se transforma en una novela mala. Y en política, una novela mala también condena: erosiona confianza, ridiculiza al funcionario y arrastra a quienes lo defendieron hasta el último minuto.
Porque ese es otro punto. Cuando una jefa política banca a alguien públicamente y después se entera de conductas angurrientas, codiciosas o pueriles, no sólo se enoja por el hecho en sí. Se enoja porque la hicieron quedar como una ingenua —o peor— frente a millones de ciudadanos que creyeron en ella, en su hermano, en su gobierno y en la promesa de que esta vez sería distinto.
Por eso, Ravier debería tomar nota. La vocería no es un escenario para la bravuconada permanente. Es una función institucional. Requiere templanza, información, respeto por las preguntas y una mínima conciencia de que el poder no absuelve: expone.
La última recomendación es para cualquiera que haya ignorado todas las anteriores: consiga un buen abogado. Porque cuando la soberbia se junta con la ostentación, la mentira y la torpeza, tarde o temprano la política deja de alcanzar como defensa.
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