La quinta pata del gato
22/06/2026 | 12:16
Redacción Cadena 3
Adrián Simioni
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Al Mundial de América Latina lo viene ganando por robo la derecha-por Adrián Simioni
Al Mundial de América Latina, por ahora, lo viene ganando la derecha. Y no por penales: por goleada.
El resultado provisional del balotaje en Colombia, con Abelardo de la Espriella imponiéndose por un margen ajustadísimo sobre Iván Cepeda, no es apenas una elección más. Es otra ficha que cae en un tablero regional que cambió de color con una velocidad notable. Colombia venía de la experiencia de Gustavo Petro, el primer presidente claramente de izquierda en la historia reciente del país, y ahora se encamina hacia un gobierno ubicado en las antípodas políticas.
Petro denunció irregularidades y pidió esperar el escrutinio definitivo. El dato no es menor: en una diferencia tan estrecha, la prudencia institucional importa. Pero aun con esa salvedad, el mensaje político ya está escrito. Colombia votó un cambio brusco de rumbo.
La foto regional impresiona. En Argentina gobierna Javier Milei. En Chile, José Antonio Kast. En Paraguay, Santiago Peña. En Ecuador, Daniel Noboa. En El Salvador, Nayib Bukele. En Bolivia, Rodrigo Paz. En Perú, Keiko Fujimori aparece al frente de un proceso electoral también atravesado por tensiones y sospechas, en un país que muchas veces parece demorar más en elegir un presidente que en empezar a desgastarlo.
Quedan, claro, gobiernos de izquierda o de centroizquierda. México, con Claudia Sheinbaum, es el caso más nítido. Brasil, con Lula da Silva, conserva peso regional y simbólico. Uruguay, con Yamandú Orsi, también mantiene esa tradición. Pero incluso allí hay matices: Lula y Orsi no expresan una izquierda anticapitalista ni antimercado. Son izquierdas más moderadas, más administradoras que refundacionales, obligadas a convivir con restricciones económicas, coaliciones complejas y sociedades menos dispuestas a aceptar relatos épicos.
La derecha, en cambio, llega empujada por tres motores muy concretos: inseguridad, inflación y cansancio. En buena parte de América Latina, el electorado no vota tratados de filosofía política. Vota contra el miedo, contra la plata que no alcanza, contra el Estado que promete mucho y resuelve poco. Vota contra la sensación de desorden.
Ese es el gran problema de la izquierda regional. Durante años se presentó como la voz de los vulnerables, pero en varios países terminó asociada a Estados pesados, servicios públicos deteriorados, inflación, burocracia, privilegios de partido y discursos que envejecieron peor que sus dirigentes. La derecha no siempre ofrece soluciones sofisticadas, pero entendió mejor el humor social: orden, mercado, seguridad, reducción del Estado y castigo a la política tradicional.
El giro no ocurre solamente donde hay elecciones. Venezuela es el caso más extremo: tras la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, el régimen perdió buena parte de su liturgia chavista. Ya no hay épica roja, ni revolución bolivariana como relato ordenador. Lo que aparece es un reacomodamiento económico, político y geopolítico hacia una lógica mucho más pragmática, con más peso del mercado y de los intereses externos.
Y Cuba, que parecía el museo viviente de la Guerra Fría, también empezó a hablar otro idioma. El gobierno de Miguel Díaz-Canel anunció 176 medidas económicas que incluyen liberalización, mayor espacio para la propiedad privada, apertura al capital, cambios en subsidios y reformas que hasta hace poco eran anatema para el castrismo. Es difícil no verlo como una confesión tardía: si después de más de seis décadas necesitás bancos privados, inversión extranjera y reglas de mercado para sobrevivir, algo del manual original falló.
La muerte de Ramiro Valdés, uno de los últimos comandantes históricos de la Revolución cubana y figura central del aparato de seguridad, agrega una postal cargada de simbolismo. Se va un hombre del núcleo duro justo cuando el sistema que ayudó a custodiar empieza a admitir, aunque no lo diga así, que necesita herramientas del capitalismo para no terminar de hundirse.
El punto es que Cuba puede anunciar 176 medidas, pero el problema no es sólo económico. Es político. ¿Quién va a creer en la propiedad privada si mañana el mismo poder que la permite puede volver a prohibirla? ¿Quién va a invertir de verdad si no hay garantías, justicia independiente ni libertad política? El mercado sin confianza es apenas una palabra en un discurso.
Por eso el giro latinoamericano no debe leerse como una fiesta ideológica automática para la derecha. Gobernar será otra cosa. Milei, Kast, Noboa, Bukele, De la Espriella o Fujimori, cada uno a su manera, enfrentarán sociedades impacientes, Estados quebrados, inseguridad persistente y economías frágiles. La derecha gana elecciones porque promete orden. Ahora tendrá que demostrar que puede construirlo sin degradar instituciones, sin sustituir la arbitrariedad de un signo por la arbitrariedad del otro.
América Latina no se volvió liberal de golpe ni conservadora por convicción doctrinaria. Se volvió exigente, desconfiada y punitiva. Castiga a quien fracasa. Y en este momento, el castigo lo está recibiendo sobre todo la izquierda.
La pelota está del lado de la derecha. La viene ganando por robo. Pero todavía falta jugar el segundo tiempo: el de los resultados.
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