“Por qué mi estatura no me define”, por Diego Schwartzman

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La carta de Schwartzman: “Por qué mi estatura no me define”

20/02/2021 | 13:00 | A través de un juego excelso y una férrea ética de trabajo, el actual número 9 del ATP se consolida año a año en la elite del tenis mundial. Conocé su historia, en sus propias palabras.

Raúl Monti

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“Por qué mi estatura no me define”, por Diego Schwartzman

El texto original fue publicado el 6 de mayo de 2020 por el sitio oficial de la ATP.

Mucha gente me pregunta sobre mi estatura. ¿Cómo te afecta medir 1.70m como tenista profesional? ¿Qué creés que podrías haber hecho si fueras más alto?

Mi respuesta es siempre la misma: tengo problemas peores que ser 10 centímetros más bajo que todos los demás. Cuando entro a una cancha de tenis, no pienso en lo alto que soy o cuánto más grande es mi oponente. Sé que hay una diferencia, pero ¿y qué?

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Tal vez si fuera 10 o 15 centímetros más alto, tendría un mejor saque o podría pegarle a la pelota con más potencia. Pero mi altura no va a cambiar. No voy a despertar con el tamaño de John Isner o Ivo Karlovic.

Hay razones por las que podría no haber llegado hasta acá, pero no tienen nada que ver con mi tamaño.

Antes de nacer, mi familia tenía una vida increíble. Tenían una empresa de ropa y joyería que les hizo ganar mucho dinero; una casa en Uruguay donde iban a disfrutar del verano; una propiedad en la capital, otra fuera de la capital y muchos autos. La vida era asombrosa.

Pero las cosas cambiaron cuando nací. Mi familia lo perdió todo en la década del ‘90, cuando el gobierno redujo las importaciones. Mi papá seguía gastando plata para tratar de conseguir cosas fuera del país y mi mamá trató de obtener el material para la ropa desde China, pero no había ninguna posibilidad y todo comenzó a ir de mal en peor. Fue terrible.

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De repente, mi familia ya no tenía más negocios, casas ni autos adicionales. Solo éramos mis hermanos, mis padres y yo tratando de ganarnos la vida.

Como no teníamos mucho dinero, fue muy difícil comenzar a jugar al tenis o cualquier otro deporte. Realmente no nos lo podíamos permitir. Pero jugué tanto como pude.

En realidad, me llamo “Diego” en honor a Diego Maradona, así que, por supuesto, también jugué al fútbol. Cuando era chico, mi abuela me compró las camisetas del Real Madrid y el Barcelona. También iba a probarme en tenis, usando esas mismas camisetas, y si las canchas estaban llenas jugaba en un pasillo con mi papá. Siempre usamos raquetas para adultos, incluso cuando era muy chico, porque nunca me gustaron las raquetas para niños.

A medida que pasaron los años, me di cuenta de que en el tenis la mayoría de las cosas dependían de mí y no de otras personas a mi alrededor. Todo dependía del esfuerzo que ponía, y había un encanto en saber que sería recompensado por el trabajo que hice. También era mejor en el tenis que en el fútbol, así que quise tomarlo más en serio.

Empecé a viajar a muchos torneos con mi mamá. Mi papá nos decía que nos había reservado un buen hotel con televisión, computadora, Internet y todo lo que necesitábamos.

Schwartzman pelea de igual a igual con los mejores del mundo

“¿Por qué estás mintiendo?”: solía llamarlo todo el tiempo para preguntar eso. Nunca había televisión, y en casi todos los torneos a los que íbamos teníamos que compartir una cama. Era lo mismo una y otra vez, pero no teníamos otra opción. Eso era lo que podíamos permitirnos.

Hicimos todo lo posible para pagar los viajes a los torneos. Hubo una época en la que vendíamos las pulseras de goma que quedaron del negocio que tenía mi familia. Mirando hacia atrás fue una situación difícil, pero en ese momento era divertido.

Ayudé a mi mamá a vender las pulseras, y también lo hicieron algunos de los otros jugadores. Entre los partidos, todos corríamos con una bolsa de pulseras para ver quién podía vender más, y mi mamá les daba el 20 por ciento de la plata por cada una. Eran dos competiciones en una: tenis y venta de pulseras.

En ese momento entendía por qué hacíamos todo eso, pero no lo sufría. Mis padres trabajaban duro para que yo pudiera concentrarme en jugar y viajar, mientras ellos se preocupaban por el dinero.

Cuando tenía 13 años comencé a hacer vuelos por mi cuenta a lugares como Colombia, Venezuela y Ecuador, y lloraba en el avión. Quería estar con mi familia. Pero jugar esos torneos fue parte de mi camino. Y sé que aunque esos tiempos fueron difíciles, me ayudaron a ser un mejor competidor.

Además, en ese mismo año, un médico me dijo que nunca sería más alto que 1.70m. Sé que les dije que la altura no significa mucho, pero en aquel entonces, estaba devastado. No sabía lo que iba a poder hacer en mi vida si el médico tenía razón. No sabía si aún quería jugar al tenis.

Sin embargo, mis padres no me dejaron bajar los brazos. Me dijeron que mi altura no debería influir en mis sueños. Y afortunadamente, cuando tenía 15 o 16, comencé a tener muchas personas alrededor que me ayudaron con dinero, viajes, entrenadores, todo. En ese momento, se hizo más fácil para mi familia y para mí.

Nunca fui uno de los mejores juniors: el único Grand Slam junior que jugué fue la clasificación del US Open 2010, y perdí en la primera ronda. Ese día le mandé un mensaje a mi familia y les dije que no sabía lo que estaba haciendo ahí, pero ya no pienso en todos esos tiempos difíciles. Una vez que me convertí en profesional, nunca dudé de mí mismo, sin importar las probabilidades.

Siempre tuve confianza en mi juego y mi carrera. Siempre pensé que podría hacerlo. Acá estoy ahora, compitiendo con los mejores jugadores del mundo.

Saber por lo que pasó mi familia me enseñó valiosas lecciones y me dio una mejor perspectiva para lo que tiene que ver con los deportes. Pase lo que pase en mi carrera, nada se comparará con lo que soportaron mis papás.

Pero incluso todo eso es poco en comparación con lo que vivieron mis antepasados. Tengo raíces judías, y mi bisabuelo del lado de mi madre, que vivía en Polonia, fue llevado en un tren a un campo de concentración durante el Holocausto.

El acoplamiento que conectaba dos de los vagones del tren, de alguna manera se rompió: una parte del tren continuó y la otra se quedó atrás. Eso permitió que todos los atrapados adentro, incluido mi bisabuelo, corrieran por sus vidas. Afortunadamente, sin ser descubiertos. Solo pensar en eso me hace darme cuenta de cómo las vidas pueden cambiar en un instante.

Mi bisabuelo trajo a su familia a Argentina en un barco. Cuando llegaron, hablaban yiddish y no español. La familia de mi papá era de Rusia, y también fueron a Argentina en barco. No fue fácil para todos ellos cambiar totalmente sus vidas después de la guerra, pero lo hicieron.

Por eso me considero un afortunado. Pero todos tienen una historia. No soy el único que se ha enfrentado a la adversidad. Se trata de no dejar que los momentos difíciles te desanimen y usarlos como motivación para ayudarte a convertir una mala situación en algo bueno.

Nunca imaginé que mi carrera llegaría a donde está ahora. Pero no importa con lo que me haya enfrentado, siempre trabajé duro y creo que superar esos obstáculos me hizo crecer como competidor y como persona. Si pude llegar tan lejos, vos también podés. Creé en vos mismo sin importar nada, da todo lo que tenés y un día, incluso si medís 170m, también podrás cumplir tus sueños.

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