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08/07/2026 | 10:07

El secretario general de la Asociación de Trabajadores del Estado, Rodolfo Aguiar, planteó que Milei debería otorgar un asueto nacional tras el triunfo de la Selección Argentina ante Egipto | Por Adrián Simioni.

Redacción Cadena 3

Adrián Simioni

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Capitán ñoqui | Por Adrián Simioni

Hay declaraciones que no necesitan demasiada explicación porque se explican solas. A veces, la realidad hace todo el trabajo. Eso ocurrió con el pedido del secretario general de la Asociación de Trabajadores del Estado, Rodolfo Aguiar, quien, después del triunfo de la Selección argentina ante Egipto, planteó que el presidente Javier Milei debería otorgar un asueto nacional.

Aguiar habló de una "heroica clasificación" y de una "épica remontada" del seleccionado argentino para avanzar a los cuartos de final del Mundial. Hasta ahí, uno podría discutir el tono, la exageración futbolera, el entusiasmo nacional. Pero el punto no es ese. El punto es que, a partir de ese resultado deportivo, el titular de ATE pidió un premio para los empleados públicos: un día libre.

Es decir, no jugó el partido, no corrió noventa minutos, no pateó un penal, no defendió un resultado ni se puso la camiseta dentro de la cancha. Pero quiere asueto. Quiere que el triunfo de la Selección se traduzca en descanso administrativo. Quiere que el Estado pare porque la pelota entró.

El argumento, además, viene envuelto en una épica bastante curiosa. Según Aguiar, Milei, que emitió muchos decretos desde que asumió y que incluso celebró independencias de países extranjeros, tendría ahora la oportunidad de demostrar su "verdadero sentir nacional" otorgando un asueto. Como si el patriotismo se midiera por la cantidad de días no trabajados. Como si amar a la Argentina fuera cerrar oficinas públicas por un resultado futbolístico.

La Selección genera alegría, claro que sí. El fútbol atraviesa a millones de argentinos. Una victoria importante se grita, se festeja, se conversa en la calle, en el trabajo, en la radio, en la escuela y en la mesa familiar. Pero de ahí a convertir cada alegría deportiva en una excusa para suspender actividades hay un trecho enorme.

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Los asuetos excepcionales tienen sentido cuando existe una razón institucional, social o logística que los justifique. Puede ocurrir ante una celebración extraordinaria, ante una movilización masiva o ante una situación que realmente altere la vida pública. Pero pedir un asueto porque la Selección pasó de ronda empieza a mostrar una confusión peligrosa: la de creer que el Estado está para administrar emociones y repartir días libres según el resultado del marcador.

Aguiar no pidió que se organizara un festejo, no pidió que se reconociera a los jugadores, no pidió que se impulsara alguna actividad comunitaria o deportiva. Pidió asueto. Pidió no trabajar. Pidió, en definitiva, que la épica ajena se convierta en beneficio propio.

Por eso la frase deja al descubierto algo más profundo que una simple ocurrencia. En un país donde la productividad, el empleo privado, el esfuerzo cotidiano y la presión fiscal están en discusión permanente, que un dirigente estatal reclame un día libre por un triunfo deportivo suena, como mínimo, provocador.

Hay trabajadores privados que al otro día abren un comercio, manejan un colectivo, atienden un local, hacen repartos, cargan bolsas, operan máquinas o cumplen turnos. Hay monotributistas que si no trabajan, no cobran. Hay pymes que no pueden darse el lujo de frenar cada vez que la Selección gana un partido. Y hay millones de argentinos que festejan, sí, pero al día siguiente se levantan igual.

El problema no es la alegría popular. El problema es usar esa alegría como coartada para seguir alimentando la idea de que el Estado puede detenerse por cualquier motivo. El problema es naturalizar que un triunfo deportivo habilita a pedir otro feriado, otro asueto, otra pausa, otra interrupción.

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Aguiar habló de una "oportunidad que no se debería perder". Tal vez tenga razón, pero no en el sentido que él cree. Es una oportunidad para discutir en serio qué entendemos por responsabilidad pública. Es una oportunidad para marcar que la pasión por la Selección no puede ser excusa para vaciar de sentido el trabajo. Es una oportunidad para recordar que el país no se construye con asuetos, sino con funcionamiento, compromiso y esfuerzo.

La Argentina puede festejar sin cerrar. Puede emocionarse sin apagar la administración pública. Puede gritar un gol sin convertirlo en decreto de descanso. Puede distinguir entre el orgullo deportivo y la viveza corporativa.

Porque, al final, lo que queda de esta declaración no es el amor por la camiseta. Lo que queda es otra cosa: la tentación de transformar cualquier acontecimiento nacional en una excusa para no trabajar.

Y en ese campeonato, lamentablemente, algunos dirigentes parecen jugar siempre de titulares.

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