Cónclave
07/05/2025 | 13:13
Redacción Cadena 3
En el corazón del Vaticano, junto a la majestuosa Capilla Sixtina, se encuentra un pequeño y austero espacio que guarda uno de los momentos más humanos y emotivos del cónclave: la Sala de las Lágrimas.
Este cuarto, de apenas nueve metros cuadrados, es el primer lugar al que se dirige el recién elegido Papa tras aceptar su elección como Sumo Pontífice, un instante cargado de simbolismo donde el peso de la responsabilidad y la emoción suelen desbordarse en llanto.
Tras alcanzar los dos tercios de los votos del Colegio Cardenalicio, el cardenal electo es interrogado por el cardenal decano con la fórmula en latín: “Acceptasne electionem de te canonice factam in Summum Pontificem?” (¿Aceptas tu elección canónica como Sumo Pontífice?).
Una vez que responde afirmativamente y elige su nombre papal, el nuevo Papa es conducido a esta sacristía, ubicada a la izquierda del altar mayor, bajo el imponente Juicio Final de Miguel Ángel. Allí, en completa soledad —acompañado solo por el cardenal camarlengo y el maestro de ceremonias litúrgicas—, el Pontífice se despoja de sus vestiduras rojas de cardenal para vestir la icónica sotana blanca, símbolo de su nueva misión.
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La sala, cerrada al público y decorada con sencillez, contiene una mesa con una imagen de la Virgen con el Niño, un sofá de terciopelo rojo, un crucifijo pastoral y rastros de antiguos frescos en las paredes.
Sobre una percha esperan tres sotanas blancas de diferentes tallas —pequeña, mediana y grande—, junto con la muceta, la estola y pares de zapatos, preparados para adaptarse al físico del elegido.
Este acto de vestirse marca la transición de cardenal a líder espiritual de más de 1.400 millones de católicos, un momento que, según la tradición, ha llevado a muchos Papas a derramar lágrimas.
El nombre “Sala de las Lágrimas” proviene de los registros históricos que documentan la conmoción de los Pontífices al asumir el cargo. Un ejemplo notable es el Papa Gregorio XIV, quien en 1590, al entrar en la sala, lloró abrumado por la magnitud de su responsabilidad.
Más recientemente, se cuenta que Juan XXIII, elegido en 1958, sollozó al ver la sotana blanca, mientras que Juan Pablo I, en 1978, expresó a los cardenales antes de entrar: “Que Dios los perdone por lo que han hecho”, reflejando la mezcla de humor y temor ante su nuevo rol.
El Obispo Robert Barron ha descrito este espacio como el lugar donde “el pobre hombre se da cuenta del peso de su cargo”. Las lágrimas no solo reflejan emoción, sino también la conciencia de que la vida personal del elegido queda atrás para asumir la guía de la Iglesia universal.
Para muchos, es un instante de debilidad humana antes de presentarse como figura de autoridad espiritual.
La Sala de las Lágrimas no solo es un lugar de introspección, sino también un testigo silencioso de la historia de la Iglesia.
Cada Papa, desde al menos el siglo XVI, ha pasado por este cuarto para meditar sobre las palabras de Cristo a Pedro: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mateo 16:18).
El Papa Francisco, en 2013, marcó su paso por la sala con un gesto de austeridad al rechazar las tradicionales zapatillas rojas, declarando: “El carnaval se terminó. Tengo las mías”, un anticipo de su pontificado centrado en la sencillez.
Tras vestirse, el Papa regresa a la Capilla Sixtina, donde los cardenales le rinden homenaje y entonan el Te Deum en acción de gracias.
Luego, desde el balcón de la Basílica de San Pedro, el cardenal protodiácono anuncia el “Habemus Papam”, presentando al nuevo Pontífice al mundo, quien imparte su primera bendición Urbi et Orbi.
Pero antes de este momento público, la Sala de las Lágrimas ofrece un paréntesis de intimidad, un espacio donde el Papa, aún humano, enfrenta la grandeza de su misión.
Mientras el mundo espera la fumata blanca y la aparición del nuevo Papa, la Sala de las Lágrimas permanece oculta, reservada para un ritual que combina lo humano y lo divino.
Su simplicidad contrasta con la solemnidad de la Capilla Sixtina, pero su importancia es innegable: es el umbral donde un hombre se transforma en el Vicario de Cristo.
En un mundo de cámaras y redes sociales, este rincón del Vaticano sigue siendo un santuario de silencio y reflexión, donde el Papa, por unos minutos, está solo con Dios y su destino.
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