Editorial
23/04/2026 | 20:01
Redacción Cadena 3
La evidencia científica acumula advertencias que las políticas educativas parecerían ignorar: el uso intensivo de pantallas en la enseñanza no mejora el aprendizaje, lo deteriora. Mientras los sistemas educativos compiten por incorporar más tecnología, los indicadores cognitivos de niños y jóvenes vienen cayendo en todo el mundo.
Nos llegan muchas opiniones y comentarios sobre los perjuicios que el uso abusivo de pantallas, principalmente las de los dispositivos móviles, viene ocasionando a las personas en general y a los jóvenes y niños en particular.
Por otra parte, existe una sensación generalizada de que nuestros sistemas educativos están atrasados por la falta de incorporación de tecnología. Ello se corrobora con la ruidosa comunicación que hemos debido escuchar y ver cada vez que se entregaban tablets a niños alumnos del sistema escolar público, y con la vistosa publicidad de instituciones educativas que destacan el empleo de dispositivos y sistemas de última tecnología como variable de mérito para la convocatoria de cursantes. En ese plano, el uso de pantallas y de IA tiene una muy vistosa ponderación.
En el año 2019, Michel Desmurget, neurocientífico francés, lanzó su libro "La fábrica de cretinos digitales" en el que advertía que el excesivo uso de pantallas con fines lúdicos estaba reduciendo el coeficiente intelectual de niños y jóvenes, puesto que degradaba el lenguaje, la concentración y el desarrollo cerebral. Todo ello empezaba claramente a impactar en el rendimiento académico por la reducción de la capacidad de atención y la memoria. Advertía también por los efectos colaterales vinculados al sedentarismo y aislamiento consecuentes: obesidad, afecciones cardiovasculares y limitaciones en la sociabilidad. Afirmaba Desmurget que el buen manejo de la tecnología no mejora el desarrollo intelectual, por cuanto limita la actitud reflexiva y el pensamiento crítico, por lo que a su criterio la "revolución digital educativa" podía resultar más negativa que positiva, y se corría el riesgo de estar alumbrando una generación con menores capacidades cognitivas que la precedente.
Seis años después, el Dr. Jared Cooney Horvath, neurocientífico estadounidense radicado en Melbourne, ha presentado su libro "La ilusión digital", en el que afirma que "nuestros hijos tienen menor capacidad cognitiva que la que teníamos nosotros a su edad". Funda su afirmación en el seguimiento en el tiempo de varios indicadores (CI, pruebas PISA, TIMSS, y otros) que lo llevan a la irónica conclusión de que tiene mejor impacto en el aprendizaje invertir en un equipo de aire acondicionado que en una computadora personal para cada estudiante.
El docente e investigador irlandés Julian Girdham, en un extenso comentario sobre la obra, destaca que Horvath demuestra con rigor científico que las pantallas son incompatibles con los mecanismos profundos del aprendizaje: exigen velocidad y estímulo constante donde el conocimiento requiere quietud y concentración; favorecen la interacción superficial donde el aprendizaje exige retención; reemplazan la escritura manual —que compromete al cuerpo entero en el proceso cognitivo— por el tecleo mecánico; y producen habilidades tan dependientes del entorno digital que difícilmente se transfieren al mundo real. En el fondo, concluye Girdham, la tecnología educativa sirve los intereses comerciales de quienes necesitan capturar la atención de los niños, no los intereses pedagógicos de quienes necesitan formarlos.
Es posible que las afirmaciones de Horvath y Desmurget sean refutables, pero cuentan con un respaldo estadístico riguroso, además de sus reconocidas disciplinas investigadoras.
Cuando la periferia del conocimiento es profusa y cambiante, resulta imprescindible ahondar en la profundidad de las esencias. Caso contrario, es probable que nuestra civilización se retrotraiga a un orden social en que una élite instruida en los conocimientos profundos y esenciales mantenga sometida a multitudes habilidosas en la operación de dispositivos que les darán abundante información, pero que no les darán capacidad suficiente para interpretarla y menos aún para cuestionarla o validarla.
No es cuestión de despreciar ni frenar el avance de la tecnología, sino que es vital que el nivel de conocimiento predominante en las personas sea el suficiente para que no se pierda el dominio sobre la misma. La IA nos presenta ese desafío, y es en los sistemas de educación en donde se juega la suerte de este partido.
Desmurget lo alertó en 2019. Horvath lo ha confirmado en 2026. Dos posturas en línea que proponen un relativo "desencanto" con el uso de la tecnología digital en la educación, y un regreso a la relación empática y afectuosa entre maestros y alumnos orientada a la sólida adquisición de conocimientos y habilidades.
Es necesario que toda vez que abordemos el tema de las reformas necesarias en la educación, nos cuestionemos sobre cuáles son hoy los "ingredientes" que debemos priorizar. ¿Debemos poner por delante el uso de las pantallas y de la IA? ¿O debemos poner por delante una lista de otros "ingredientes"? Lista esta que incluye la empatía afectuosa de los padres y docentes, los conocimientos esenciales capaces de explicar todos los "porqués", el desarrollo del espíritu crítico y de la creatividad, el aprecio por todas las expresiones del arte junto al establecimiento de lazos sociales basados en el respeto al prójimo y todos sus derechos.
Para un buen aprendizaje deben encontrarse niños curiosos con maestros dispuestos. Que el deslumbramiento por tan brillantes herramientas no obnubile el discernimiento de todos quienes tenemos que aportar a la mejor educación de las generaciones que nos siguen: padres, abuelos, maestros y dirigentes políticos y sociales de todos los ámbitos.
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