Principios
27/02/2026 | 12:52
Redacción Cadena 3
A mediados de la década de 1990, dos autores nos sacudieron las mentes advirtiendo sobre la existencia de un problema que la humanidad debe resolver: las duras consecuencias que la tecnología y la globalización generan en el ámbito laboral. Obras como El horror económico de Viviane Forrester (1996, París) y El fin del trabajo de Jeremy Rifkin (1995, Pensilvania) anunciaban que el eficientismo productivo generaría un desempleo creciente y catastrófico, pintando la perspectiva de un mundo plagado de personas excluidas del circuito económico.
En los debates que por entonces y en consecuencia acaecieron en el ambiente académico, se arribaba a la conclusión de que este era el tema principal al que debía abocarse la dirigencia política de los Estados nacionales y los responsables de la conducción de todas las organizaciones sociales, los empresarios incluidos entre estos.
Los comentarios emitidos por los medios de comunicación masiva fueron por entonces lo suficientemente profusos y capilares como para que quienes tenían en aquel momento, y tienen en el presente, responsabilidades de conducción social tomaran conocimiento del futuro inmediato por venir. Urgía el debate que condujera a elaborar normas de gobernanza supranacionales para las aplicaciones de tecnologías que empezaban a proporcionar valiosos servicios que ignoraban las fronteras de los estados, y tomar previsiones en cuanto a la capacitación y reconversión de los recursos humanos que resultarían marginados por la eficiencia impuesta en todos los procesos de generación de valor, esto es el trabajo. La informática y la robótica habían ya iniciado años antes su despliegue y mostraban resultados asombrosos, a la vez que la revolución digital de las comunicaciones afirmaba el proceso de globalización. ¡Nadie puede decir que no vio nada!
La reacción de la dirigencia responsable se aprecia en los resultados que hoy tenemos a la vista: la tecnología aceleró sus avances, tornó borrosas las fronteras nacionales, creando un ámbito de acción universal sin gobernanza. Se ofrecieron dispositivos y servicios que encantaron a las personas de todo el mundo por la calidad de sus prestaciones, sus bajos costos y hasta su gratuidad, y se generó una severa desproporción entre la alta disminución de los recursos utilizados y el bajo crecimiento de las nuevas necesidades y formas de empleo capaces de absorber los recursos que por el inevitable eficientismo resultaban excedentes.
Surgieron decisiones autoritarias y poco ingeniosas, como la de limitar la innovación y la competencia mediante la imposición de vulnerables fronteras aduaneras y complejas e ineficaces ingenierías monetarias.
Muy poco se hizo en pro de la reconversión de los recursos humanos y de la implementación de sistemas de previsión financiera que amortiguaran y sostuvieran en el tiempo a los procesos de cambio.
Han pasado tres décadas de aquellos anuncios que la academia hizo a la dirigencia del mundo. Los resultados previsibles están sucediendo y nos embarga la preocupación por sus graves efectos sociales.
De ninguna manera encontraremos soluciones en la retaguardia; debemos buscarlas hacia adelante.
Si se continúa limitando la innovación y la competencia estaremos atentando a la libertad individual y perjudicando el interés comunitario de disponer de mejores bienes y servicios a menores costos. Si se desmerece la competencia, perderemos motivación y libertad creativa, calidad y justo valor de los bienes y servicios. Si se atenta contra la propiedad privada, se alentará la fuga de capitales. Seguiremos en la lucha cruenta por el reparto de una "torta" de riqueza congelada, en lugar de hacerla crecer.
La dirigencia política de los estados nacionales junto a la dirigencia de todas las organizaciones sociales, empresarios incluidos, deben buscar en el diálogo la manera de lograr que los procesos generados por el avance tecnológico y la globalización no redunde en exclusión, sino en bienestar. Para ello es necesario alentar la creación de nuevos bienes y servicios junto con la capacitación en el empleo de las nuevas tecnologías, las nuevas modalidades de organización de la producción que las mismas posibilitan y los sistemas de conformación de recursos financieros que hagan soportable la transición evitando las exclusiones trágicas. La gobernanza universal de herramientas de uso global (red internet y todos sus servicios conexos) es materia pendiente en un ámbito en el que las jurisdicciones nacionales están mostrando sus limitaciones para dictar normas y tornar cierto su cumplimiento.
Poco y nada de lo que se ha venido haciendo nos servirá para ello. El vértigo imparable de la innovación tecnológica y la globalización exige una maestría nunca demandada a la dirigencia política, social y empresaria. Maestría que no admite mezquindades ni corrupción. Maestría que sea capaz de no frenar la libre creatividad, sino de encauzarla hacia el bienestar de las personas.
Te puede Interesar
Movilización
Gremios y organizaciones sociales se movilizaron este viernes por el centro de Córdoba en rechazo al proyecto impulsado por el Gobierno. Hubo cortes de tránsito y fuertes críticas de los sindicatos.
Robo en un laboratorio de Buenos Aires
El implicado habría hurtado una caja de guantes de látex, envases de agua oxigenada y desinfectante.