Villa 1-11-14, ciudad de Buenos Aires.
Villa 1-11-14, ciudad de Buenos Aires.
Villa 1-11-14, ciudad de Buenos Aires.
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Villa 1-11-14, ciudad de Buenos Aires.
La casa de la familia de Nayla.
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Inseguridad en Argentina

1-11-14, la villa donde la muerte llega antes

14/02/2023 | 07:00

El caso de la nena asesinada en medio de la balacera revela un trasfondo muy espeso. Informe exclusivo de Cadena 3 sobre cómo avanza en narcotráfico en las diferentes grandes urbes del país.

Redacción Cadena 3

Juan Federico

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Villa 1-11-14: el lugar donde las guerras narco se cobran las vidas de los niños

Una vecina relató la inseguridad que vive cotidianamente en la Villa 1-11-14

1-11-14. Tres cifras que denotan toda una identidad en común. Ubicada en el Bajo Flores, al sur de la ciudad de Buenos Aires, la villa que nunca dejó de crecer y de recibir todo tipo de promesas oficiales en las últimas décadas hoy es sinónimo de trampa.

Los datos oficiales recogidos en 2018 indican que esta fusión "natural" de las tres villas cuyos números eran sus nombres allá a fines de la década de 1930, cuando aún se creía que adosarle el término "emergencia" iba a acabar con la problemática, indicaron que al menos 40 mil personas habitan estos pasillos surcados por enormes construcciones que continúan yendo hacia arriba a medida que las familias y las necesidades crecen. Quienes allí viven no dudan en reiterar que hoy son cerca de 100 mil los habitantes de la 1-11-14. Una ciudad dentro de otra ciudad.

En el marco de una cobertura especial de Cadena 3, este lunes recorrimos el interior de la 1-11-14. Un cordón de pobreza como pocos en un país habituado a la marginalidad. Gendarmería Nacional, tantas veces reclamada en jurisdicciones calientes como Rosario y Córdoba, hace tiempo que tiene puestos fijos en algunos accesos a esta villa que contrasta con lo que tiene al frente de la avenida Perito Moreno: el estadio del club de fútbol San Lorenzo.

La presencia de la fuerza de seguridad nacional hace rato, también, que ya no disuade. El control territorial de los grupos narcos, las balaceras a cualquier hora y los murales de dolor abruman apenas se comienzan a escuchar las historias de aquellos que (sobre)viven en el interior.

Las promesas de urbanización trajeron algunas trazas de asfalto, unas cuantas luminarias y unos cuantos cables más. Pero la resignación a la violencia parece ir ganando por goleada: más que cambiar la realidad, hoy el deseo que gana por mayoría es el de poder irse alguna vez de allí. De escapar. Exiliados internos que buscan otros refugios. La crónica íntima de una caída colectiva brutal.

Hace una semana, Nayla Tordilla, una niña de sólo 4 años, murió al recibir un balazo en el pecho al quedar en medio de una brutal balacera en la que se contabilizaron al menos 32 disparos calibre nueve milímetros. Proyectiles diseñados y utilizados para matar.

Aquella noche, ella jugaba con sus cuatro hermanos y otros niños a metros de su casa, en el corazón de la 1-11-14. Allí, jugar en la calle no es una elección. Lo apretado de la vida hogareña empuja a los chicos a adoptar el afuera como una prolongación de la vivienda propia. Cuando un auto frenó y comenzaron a oírse los balazos, Nayla y sus hermanos, como el resto de los chicos que jugaban, actuaron en automático: identificaron que se trataban de balas y comenzaron a correr hacia sus domicilios. Nayla no llegó a tiempo.

Así de brutal: a los 4 años, son capaces de identificar una balacera de verdad. No hay promesas para disfrazar semejante brutalidad social.

En medio del dolor indescriptible, Alcira y Orlando, los papás de la niña asesinada, piden la palabra para aclarar que ellos no han "mandado al frente" a ningún narco de la zona, que los allanamientos posteriores al crimen de su hija no fueron pedidos por ellos y que de ninguna manera han señalado a nadie. La violencia no cesa: aún mientras intentan hacer el duelo, tienen que ser ciegos, sordos y mudos con lo que pasa a su alrededor. Casi que deben pedir justicia en murmullos, para evitar represalias.

"Acá tenemos una vida miserable por los narcotraficantes que entran y pelean por el territorio. Hoy, los primeros narcos ya no están, pero quedaron los 'residuales'. Tenés que respetar las leyes que ellos imponen o tenés que irte. Ellos son los que imponen. Tenemos que vivir cabizbajos, sin decir ni una palabra", cuenta Blanca, una histórica habitante de la 1-11-14. Ella llegó de Paraguay en 1995 y se ha ido convirtiendo no sólo en una testigo directo de la decadencia de la villa, sino también en una protagonista con un rol cada vez más central.

Desde hace 15 días, junto a cientos de vecinos, toman un palo, similar a los de las escobas, y salen de noche, a hacer ruido, a prender luces y a hacer sonar la alarma comunitaria que ellos mismos compraron. 

La inseguridad asociada al narcotráfico los ha doblegado, pero todavía no los quebró del todo. Blanca relata que los "tranzas", aquellos que venden drogas en los barrios, hoy les pagan a los "soldaditos", chicos cada vez más pequeños que hacen las veces de vigilantes en los pasillos, con impunidad. En lugar de darles dinero, les suministran alguna dosis y les "liberan" la zona para que salgan a robar celulares, carteras, viviendas o todo lo que se les ocurra allí adentro. Ya no corre más aquel viejo código no escrito que mandaba no molestar a los de al lado, para asegurar la paz de todos los días.

La "marcha de los palos", como en la prehistória, busca generar ruido y también mensajes: se intenta colar la idea de que allí el que roba será echado de la peor manera. Por ahora, nada ha pasado a mayores en cuanto a esta manifestación.

Pero la realidad se mantiene inalterable. Días después de la balacera que mató a Nayla, y mientras los palos comenzaban a repiquetear, en otro pasillo de la villa un joven terminó apuñalado en una emboscada cuyo origen aún se desconoce.

Cerca de donde asesinaron a Nayla, el pequeño altar que se ha levantado en su honor, reclamando justicia, se entremezcla con tres murales, en no más de 50 metros, en los que se recuerdan a jóvenes asesinados.

La muerte, allí, suele llegar mucho antes que en otros puntos de la ciudad, pese a que la 1-11-14 está ubicada a sólo 20 minutos en auto del Obelisco.

Durante el día, la actividad al interior de la 1-11-14 no tiene pausa. Los negocios de todo tipo se multiplican en una cadena que parece infinita: tienda de comida peruana, accesorios para el celular, una juguetería, verdulería, sopa paraguaya, enchufes de todo tipo, carnicería, despensa, distribuidora, comida peruana, verdulería, bebidas, una costurera, un comedor comunitaria, comida peruana... En el medio, irrumpen también pequeñas capillas.

"No hace falta que nadie entre a comprar. Está todo para que nosotros no tengamos que salir de aquí", responde Blanca ante la inquietud sobre si semejante cantidad de locales comerciales tiene su demanda específica. "Acordate que acá somos cerca de 100 mil personas las que vivimos", añade.

Y agrega una frase que no puede pasar inadvertida: "Indirectamente, de la venta de la droga mucha gente se beneficia". Cuando el narcotráfico termina por ser el motor de una economía, la esperanza social camina cada vez más de prisa por la cornisa.

Las calles de tierra que aún aguardan la promesa de una urbanización que de ningún modo puede ser sólo de material, muestran las huellas que van dejando las lluvias. Por los bordes viaja la inmundicia servida, que impregna todo con su olor nauseabundo. Dos pequeñas ratas patas para arriba advierten que no sólo se trata de un problema de olfato.

Es en medio de este contexto que, palo en mano, la mujer continúa contando. Ella llegó de Paraguay, escapando de las penurias de los '90. En la villa buscaron su propio refugio, en medio de sueños truncos, peruanos, bolivianos y los hijos de la Argentina profunda. La emergencia para ellos se hizo estructural. Echaron raíces y criaron a sus hijos que nacieron allí. Las generaciones se fueron mutiplicando, como el tamaño de la villa, que engordó la cintura pero que sobre todo se fue hacia arriba en ladrillos sin revocar. 

Sus dos hijas hoy son profesionales y lograron irse de allí. Ellas le imploran para lograr que deje su casa de tres ambientes construidos uno encima del otro y busca vivir con tranquilidad en otra parte.

Blanca y sus vecinas saben que si dejan sus domicilios solos durante unos días, o acaso unas horas, pronto los traficantes lo tomarán como propio. Como tantas vidas que ya han ido tomando en casi tres décadas de un derrotero que no encuentra su final.

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