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09/01/2026 | 13:57
Redacción Cadena 3
Sergio Suppo
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Mercosur–UE: una puerta que se abre tras 20 años de oportunidades perdidas
El anuncio del avance del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea vuelve a poner a la Argentina frente a una pregunta que se repite desde hace décadas: ¿Queremos integrarnos al mundo o seguir administrando el encierro? No se trata solo de comercio exterior ni de aranceles; se trata de un modelo de país.
Es, sin dudas, una noticia relevante. Después de años de negociaciones fallidas, de idas y vueltas políticas y de bloqueos ideológicos, la posibilidad de que el acuerdo avance hacia su ratificación parlamentaria en Europa marca un punto de inflexión. Falta todavía el paso clave —la aprobación del Parlamento Europeo y de los congresos nacionales—, pero el solo hecho de estar “a un paso” ya es un cambio respecto del inmovilismo crónico que caracterizó a la Argentina.
Cualquier avance que empuje al país a integrarse al mundo debería ser bienvenido. No porque sea mágico ni inmediato, sino porque obliga a enfrentar un desafío que la Argentina posterga sistemáticamente: producir más, con mayor ingenio, con menos costos y con reglas más competitivas. Hoy somos uno de los países más cerrados del mundo en términos económicos, y aun con este tipo de acuerdos seguiremos siéndolo durante mucho tiempo. Abrirse no es un decreto: es un proceso largo, complejo y políticamente costoso.
Uno de los principales obstáculos no es externo, sino interno. Persiste una cultura empresaria prebendaria, protegida, que se acostumbró a vivir de barreras, subsidios y regulaciones hechas a medida. Esa lógica sigue vigente en sectores influyentes de la economía y no se desarma solo con un gobierno que promueva la apertura, aun cuando exista —como parece haber hoy— un consenso político más amplio que en el pasado para avanzar en reformas estructurales.
/Inicio Código Embebido/
/Fin Código Embebido/La reforma laboral, que podría tratarse en febrero, es un ejemplo. Será un paso importante, pero incompleto si no se complementa con una reforma impositiva profunda. Allí aparece la verdadera tensión: el Estado necesita recaudar, aun con impuestos distorsivos, mientras que la producción necesita alivio fiscal para ser competitiva. Resolver esa ecuación implica un reordenamiento económico que, en algunos sectores, será traumático. Pero no hacerlo es condenarse a la decadencia administrada.
En ese marco, el acuerdo con la Unión Europea —como también lo es el entendimiento económico con Estados Unidos, aunque no sea un tratado de libre comercio— representa una señal clara de dirección. No garantiza éxito, pero sí establece un horizonte distinto al del aislamiento.
Hace más de 20 años, en la Cumbre de Mar del Plata, la Argentina decidió bajarse del tren de la integración. Junto a Hugo Chávez y con el aval de Lula da Silva, el entonces presidente Néstor Kirchner enterró la posibilidad de un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos. El resultado está a la vista: perdimos dos décadas. Mientras tanto, países como Chile firmaron acuerdos con EE.UU., Europa y Asia. ¿Les fue peor por eso? ¿Destruyeron su producción? No.
De aquella cumbre quedó más el folclore que la estrategia: consignas vacías, estadios llenos y personajes simbólicos. Del proyecto de integración, nada. Solo el eco de aquel "ALCA al carajo", que hoy suena más a eslogan del pasado que a política de futuro.
Todo tiene que ver con todo. En una semana marcada por hechos de enorme gravedad en Venezuela, volver a discutir integración, reglas, instituciones y apertura no es un detalle técnico. Es, otra vez, una definición política. La Argentina está frente a una puerta que se abre lentamente. La pregunta no es si el mundo nos espera: es si esta vez vamos a decidir cruzarla.
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Durante su participación en el debate, el Presidente planteó la necesidad de que el bloque se abra al libre comercio y rompa con las reglas internas que limitan los entendimientos con el resto de los países.