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11/05/2026 | 14:05
Redacción Cadena 3
Sergio Suppo
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Kicillof, el caudillo federal de la última hora | Por Sergio Suppo
La imagen tiene algo de paradoja política. Axel Kicillof, gobernador de la provincia más poderosa y centralista del país, recorriendo Córdoba para hablar de federalismo y defensa de la producción. Justamente Córdoba, probablemente el territorio más hostil al kirchnerismo de toda la Argentina desde hace más de dos décadas.
Hay heridas políticas que nunca terminaron de cerrar. Y en Córdoba el conflicto con el kirchnerismo tiene una fecha fundacional muy clara: el enfrentamiento con el campo en 2008. Aquella pelea por las retenciones móviles rompió definitivamente la relación entre el kirchnerismo y una provincia que históricamente ya miraba con desconfianza al poder concentrado en Buenos Aires.
Fue además el momento en que Juan Schiaretti y José Manuel de la Sota cortaron políticamente con el kirchnerismo de manera pública y definitiva. Desde entonces, el peronismo cordobés construyó su identidad justamente en oposición al modelo "K".
Por eso el desembarco de Kicillof en Córdoba tiene una carga política mucho más profunda que una simple visita institucional. Lo que vino a buscar es otra cosa: intentar reconstruir un peronismo nacional unificado, incluyendo al peronismo cordobés dentro de un esquema donde el kirchnerismo siga siendo protagonista.
El problema es que Córdoba no es cualquier provincia para ese experimento. Córdoba fue clave en las derrotas del kirchnerismo durante años. Y también fue determinante en los triunfos de Mauricio Macri y luego de Javier Milei, ambos beneficiados por porcentajes históricos de apoyo electoral cordobés.
La llamada "fórmula del fernet" —gobernador peronista en Córdoba y presidente no kirchnerista en la Nación— funcionó durante años porque expresaba algo bastante más profundo que un acuerdo electoral: reflejaba una convicción muy arraigada en buena parte de la sociedad cordobesa, el rechazo al populismo y particularmente al kirchnerismo.
Ahí aparece el verdadero dilema para el actual gobernador Martín Llaryora y para el peronismo provincial. Porque el contexto político cambió drásticamente.
Durante años, el peronismo cordobés pudo conservar el poder provincial mientras dejaba que el voto anti-K se canalizara hacia candidatos nacionales como Macri o Milei. Era un equilibrio funcional. Pero ahora el oficialismo cordobés enfrenta otro escenario: probablemente deba competir en la próxima elección provincial contra un candidato libertario respaldado directamente por Milei.
Y allí Kicillof detecta una oportunidad. Sabe que el peronismo cordobés necesita volumen político nacional para enfrentar un escenario mucho más complejo que el de años anteriores.
Por eso empezó a recorrer provincias y a moderar discursos. Ahora habla de producción, federalismo y defensa del interior. El problema es que carga con un pasado difícil de borrar en distritos como Córdoba. Porque fue uno de los defensores más firmes de las retenciones al agro, un sistema que durante años le quitó más del 20% de sus ingresos brutos a sectores productivos de Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires.
Ese antecedente convierte su discurso federal en una contradicción incómoda para muchos cordobeses. Es el problema de cualquier dirigente que intenta reinventarse como candidato presidencial: el pasado siempre vuelve.
Además, aunque hoy mantenga diferencias con Cristina Fernández de Kirchner, Kicillof sigue siendo políticamente identificado como una de las figuras más representativas del kirchnerismo. Y eso en Córdoba continúa teniendo un costo político.
La gran incógnita es si el peronismo cordobés está dispuesto a correr ese riesgo. Porque una eventual reunificación nacional del PJ podría ofrecer respaldo político frente al avance libertario, pero también podría erosionar el capital más valioso que construyó el cordobesismo durante dos décadas: su diferenciación del kirchnerismo.
En definitiva, Kicillof vino a Córdoba a tentar al peronismo provincial con una promesa de supervivencia política. Pero la pregunta sigue abierta: ¿hasta dónde puede acercarse el cordobesismo al kirchnerismo sin perder parte de su identidad y, sobre todo, de sus votantes?
Por ahora, la respuesta parece estar en suspenso. Pero es una discusión que recién empieza.
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