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Grandes del deporte

Gusti Fernández, el mensaje de un "Lobito" de corazón feroz

En el mundo del deporte hay campeones cuya vida supera a sus épicas hazañas y brilla más que sus apreciables trofeos. El tenista argentino será desde el lunes el número 1 del mundo.

 

Hay personas que trascienden a su propia obra, que dejan señales, que asfaltan caminos, que rompen fronteras y obstáculos, que casi sin querer queriendo nos enseñan a vivir, o al menos nos mejoran la vida.

En el mundo del deporte hay campeones que dejan mensajes que superan a sus mejores títulos, a sus épicas hazañas, que brillan más que sus apreciables trofeos, que se entronizan en el corazón de la gente, más allá de los circunstanciales éxitos y fracasos.

Gustavo Fernandez, “El Lobito”, con su historia de vida, con su lucha, con su pasión, con su tenacidad, con su ferocidad de guerrero,  va  más allá de los títulos de Grand Slam en el tenis adaptado o de su condición de número 1, 2, 3 o 1000 en un ranking Mundial.

El cordobés venció este sábado por 6-1 y 6-3 al inglés Reid y por segunda vez obtuvo el Grand Slam francés. También, se coronó en el dobles junto al japonés Shingo Kunieda. Desde el lunes será número 1 del mundo.

Nacido en Río Tercero hace 25 años, es hijo de Gustavo “El Lobo Fernández”, destacado basquetbolista de los años 90 (campeón de la LNB con Gepu, Boca y Estudiantes de Olavarria) y de Nancy, una madre "todoterreno", luchadora como pocas y el motor de la familia.

Florencia, su novia desde los 13 años y Juan Manuel, jugador de básquet profesional, su único hermano, conforman el cuadro de sus afectos más profundos.

El pequeño Gustavo, cuando apenas tenía un año y medio de vida, sufrió un infarto medular que le quitó posibilidad de caminar, una enfermedad poco común y difícil de diagnosticar.

"El Lobito", lejos de deprimirse, jamás se rindió. Enfrentó la situación con un espíritu indomable que lo llevó a luchar, a desafiar, a liderar, a vivir la vida a partir de desarrollar sus aptitudes potenciales, en desmedro de los evidentes límites que supuestamente lo condicionaban.

Con el apoyo y el afecto de su familia, aquel niño travieso e inquieto, encontró en el tenis su modo de expresión.

Después vino todo lo demás: en lo estrictamente deportivo Fernández fue campeón en tenis en silla de ruedas en Roland Garros 2016, en Australia en 2017 y en 2019, en singles. Como doblista se adjudicó Wimbledon en 2015. En individuales, fue número uno del mundo de tenis adaptado en julio de 2017. 

Fernández fue el abanderado de la delegación Paraolímpica de nuestro país en los Juegos de Río y ganó tres medallas de oro en Parapanamericanos de 2011 y 2015, en Guadalajara y en Río de Janeiro, respectivamente.

Pero estos datos son sólo lo que se ve, lo que sale a la superficie, la cáscara, el corolario, el resultado de un apasionado del tenis y fundamentalmente un amante de la vida.

Dicen que el hombre suele ser el autor y el actor de su propia obra.

En esa puesta en escena, Gustavo Fernández es un "Lobito" con un corazón feroz, capaz de enfrentar y superar toda clase de obstáculos que la vida fue presentándole y que le permitió afirmar con plena convicción: “No cambio volver a caminar por todo lo que pasó en mi vida deportiva y familiar”.

En su atrapante, recomendable e imperdible libro autobiográfico “Hambre de Lobo”, escrito por el notable periodista Sebastián Torok, el hermano  mayor de Gustavo, Juan Manuel Fernandez, publica una carta dirigida al "Lobito", algunos de cuyos párrafos vale la pena citar:

"De un día para otro nos fuiste enseñando que los límites están solamente si queremos que estén. Nos hiciste ver que la discapacidad para vos no existía, porque de chico a pesar de no poder caminar, te las ingeniabas para jugar al fútbol con tus amigos, usando tus manos para subir y bajar escaleras colgado de barandas, como un malabarista, para tirarte de un trampolín de tres metros haciendo la mortal, cosa que tu hermano mayor no se animaba a hacer".

“Muchas veces me pregunté: Porque te pasó a vos y no a mi?".

“Te tocó a vos porque estoy convencido que estabas destinado a algo mucho más grande, algo que poco a poco vamos descubriendo”.

Creo que estabas destinado a cambiar la visión de las personas con respecto a la discapacidad. Estabas destinado a abrir los ojos de mucha gente, y servir de guía para muchos otros que por ahí se encuentran en una situación similar y no encuentran el rumbo.

“Porque con tu carácter y tu personalidad has sabido dejar una huella bien marcada en cada lugar por el que has pasado”.

“La clave estará, y uso tus propias palabras, en NATURALIZAR LA DISCAPACIDAD. Y lo has logrado a tal punto, que yo, tu hermano mayor, aprendí a no ver la silla de ruedas cuando te miraba, y esto lo digo de manera literal. Has hecho que para las personas que te rodean la silla de ruedas se transformara en una especie de espejismo, la silla de ruedas eran simplemente las piernas iguales a la todos los demás, la silla de ruedas estaba pero en realidad no estaba”.

“Y ese, creo, es el legado más importante que vas dejando día a día, y es lo que más orgulloso me pone”.

La carta de Juan Manuel, su hermano, lo dice todo.

"El Lobito" Fernández es un verdero lobo, con un corazón feroz.

Su mensaje es claro y superador de cualquier éxito o fracaso deportivo.

Naturalizar la discapacidad, es su mejor Grand Slam.

Abrir los ojos de mucha gente, marcar del camino de otra tanta.

Estimular a muchas personas que había dejado de creer.

Sembrar esperanzas, luchar cada dìa con fiereza detrás de una ilusión, de un sueño.

Siguiendo el instinto de un lobito luchador y feroz en su búsqueda, sin importar los lìmites físicos, ni las circunstancias adversas.

En definitiva, "El Lobito" Fernández, desde una  una silla de ruedas y con una raqueta en mano, nos dice que no hay que rendirse jamás y que la vida es digna de ser vivida detrás de un sueño, con una sonrisa dibujada en el rostro, pese a todo, más allá de todo.

20 junio 2019

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