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Opinión

Política esquina economía

La receta de Bergoglio para el hambre: esperar un milagro

El Papa dijo que los alimentos “no son propiedad privada”. En 30 años, el capitalismo multiplicó alimentos para una población que creció 48%, con mucho menos gente haciendo el duro trabajo del campo.

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El Vaticano mantendrá una neutralidad positiva en medio de la crisis venezolana.

Jorge Bergoglio no pierde oportunidad para evangelizar con su catequesis de pobrismo. La semana pasada, en Roma, en la audiencia general de la plaza San Pedro, remarcó que los alimentos “no son propiedad privada”.

Metido hasta las rodillas en los asuntos terrenales, pero siempre fertilizando la irresponsabilidad política y la irracionalidad económica, el Papa dio su fórmula al hablar de la multiplicación de cinco panes y dos peces con los que, según figura en la Biblia, Jesús alimentó a 5.000 hombres además de mujeres y niños. Dijo el Papa que Jesús “había comprendido la lección del Padrenuestro: que el alimento no es propiedad privada -metámonos esto en la cabeza: el alimento no es propiedad privada- sino providencia para ser compartida, con la gracia de dios”.

Llama la atención que una autoridad tan celebrada y reconocida por millones en el mundo se dedique tan a fondo a fomentar la insidia con tanta vocación. En este caso, la insidia contra quienes producen alimentos.

Por suerte no lo toman en serio

Imaginemos que mañana los 1.250 millones de católicos que según el Vaticano hay en el mundo deciden tomarse en serio las palabras de su líder -por suerte, evidentemente no se las toman- y copan  supermercados, verdulerías, carnicerías y despensas para llevarse los alimentos sin pagar por ellos bajo la consigna de que “el alimento no es propiedad privada”.

La pasaríamos bárbaro un par de semanas. ¿Y después qué? ¿Cree el Papa que cientos de miles de agricultores, transportistas, procesadores de alimentos y comerciantes, chicos y grandes, pobres y ricos, seguirían trabajando para producir los alimentos que religiosamente llegan cada día a la Residencia de Santa Marta y a las mesas de miles de millones de hogares en todo el planeta?

Escuchen bien: en sólo 30 años, desde 1990, la población mundial creció 48%. Pasó de 5.200 millones a más de 7.700 millones de personas.

La mayoría de ese crecimiento se dio en los países más pobres. En continentes que, como África, fueron desvastados por las hambrunas hasta la década de 1980. La Guerra Fría y sus horrorosas guerritas de “baja intensidad” en el Tercer Mundo, la imposición de regímenes estatistas autoritarios y totalitarios donde naufragaba la propiedad privada, y una economía mundial mucho más cerrada, eran el caldo de cultivo de aquel mundo, mucho más pobre que el actual.

Fue necesario que todo eso desapareciera y que empresas privadísimas desarrollaran y expandieran tecnologías genéticas, químicas y de laboreo de la tierra para que hoy agricultores privadísimos de todo el mundo puedan alimentar a tantos millones de personas.

Y todo eso se logró con muchísima menos gente obligada al duro trabajo de la agricultura y mejorando muchísimo sus condiciones de trabajo. Según la FAO (la agencia de la ONU para la alimentación), en 1990, hace apenas 30 años, el 43% de los empleos del mundo estaban dedicados a la agricultura. Hoy son el 25%.

Son millones de personas que ya no tienen que doblar sus cinturas como jamás tuvo que hacerlo nadie en el Vaticano a no ser para rezar. Eso fue un milagro y no macana: la multiplicación de la productividad del agro en apenas unos años.

Buenismo con el esfuerzo de los otros

Todo eso se hizo porque cada agricultor confía en que los tomates que plantó hoy no les serán confiscados cuando estén maduros por la arenga de algún magalómano decidido a calentarles las orejas con falsedades a “corderos” a los que considera más ignorantes que él.

No es difícil entender que incitar al facilismo de hoy es convocar a la hambruna de mañana. A Bergoglio seguro le da la cabeza. Pero claro, tal vez se busca otra cosa: explotar resentimientos e ignorancia para hacer buenismo del fácil, para posar de generoso promoviendo el reparto del esfuerzo de los otros.

La heladera del Vaticano

¿Cuál es la alternativa al esfuerzo de los agricultores que da Bergoglio? No, no es la de confiscar las propiedades privadas del Vaticano y repartirlas para que con esa riqueza los pobres del mundo paguen por sus alimentos, como usted lector podría imaginar.

La propuesta de Bergoglio es más irracional aún. Y graciosa. Se trata de esperar un milagro. Sin agricultores, habría que hacer como Jesús y multiplicar panes y peces por arte de magia.

La receta de Bergoglio es clarita. Como Jesús, deberíamos comprender la lección del Padrenuestro: “que el alimento no es propiedad privada sino providencia”. O sea, esperar a que los alimentos aparezcan por algún efluvio el espíritu.

Un día de estos tendrían que probar su propia medicina en el Vaticano y rezar mucho, mucho, mucho para verificar, de una buena vez, si sus heladeras son capaces o no de llenarse solas. Y así podríamos quitarnos ya todas las dudas.

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