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Opinión

Política esquina economía

¿Por qué “prende” una idea como la de Bullrich?

Hay una porción de la sociedad para la cual en la educación y otros espacios públicos se le impone una nueva hegemonía. Sin debate ni discusión. En silencio y por la vía de los hechos.

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Bullrich, al anunciar el nuevo servicio cívico voluntario.

¿Cómo puede ser que algo tan mal presentado como el Servicio Cívico Voluntario ideado por el Gobierno y puesto a cargo de la Gendarmería haya sido tan bien recibido en una franja tan amplia de la opinión pública?
Es difícil de entender. Los objetivos que expresan los funcionarios van de confusos a mezclados: que jóvenes de 16 a 20 años que no estudian ni trabajan puedan usar un dron, incorporar valores democráticos, hacer equinoterapia, respetar símbolos patrios o aprender técnicas de resucitación. Todo eso yendo una vez a la semana a sedes de Gendarmería para hacer una mezcla de curso y visita guiada.
Capaz que para entender por qué esta idea “prende” haya que pensar en una puja subterránea sobre la que se habla poco pero que es muy importante para todos: tiene que ver con los valores que se reproducen en los múltiples ámbitos públicos, estatales y semipúblicos en los que se forman nuestros hijos, hijas, nietos y nietas. 
No sólo los nuestros -a los que creemos poder tener al alcance de nuestra propia influencia- sino a los de los demás, a los de esos hogares que nuestros prejuicios consideran disfuncionales, hechos trizas, marginalizados, sin plan, futuro ni responsabilidad.


La batalla cultural
En todos esos espacios se lleva adelante algún tipo de batalla cultural. 
Hay quienes creen que una porción importante de la educación universitaria está copada por el kirchnerismo y que allí se lavan cerebros día y noche. Hay quienes creen que en las secundarias confesionales la iglesia católica cría ejércitos de cruzados para devolvernos lo más rápido posible a la edad media. Hay quienes piensan que en la enseñanza de gestión estatal el sindicalismo asociado a su corporación pedagógica ha terminado por imponer una lectura entre peronista y de izquierda de la realidad social y de nuestra historia.
No sé si todas estas cosas serán ciertas. Pero lo cierto es que en todos estos espacios operan sin duda fuerzas discursivas, ideológicas, políticas que van modelando una hegemonía cultural. 
La escuela siempre hizo eso, al fin y al cabo. Nunca enseñó sólo a sumar, restar, leer y escribir. En Argentina la escuela inventó una nación que no existía. Nos impuso mazamorreras del 25 de Mayo que tuvimos que dar por buenas en Córdoba aunque acá lo que hubo fue otra cosa: fusilamientos, y varios días después. Imponer una historia es, sobre todo, obligar a olvidar las demás historias.
Sin embargo, pese a que en esos ámbitos se cocina todos los días algo tan importante como nuestra autopercepción como sociedad, nada de eso está sujeto a debate. El poder político prefiere no hablar demasiado del tema. 

Ejemplo: derechos y obligaciones

Por ejemplo, no hubo una discusión y una decisión sobre si las escuelas tienen que educar en una “perspectiva de derechos” o en una “perspectiva de obligaciones”. Así, sin debate, los agentes “naturales” que todos los días están en las escuelas transformaron de hecho en hegemónica la perspectiva de “derechos”. 
Y muchos de quienes mandan a sus hijos a las escuelas tienen la sensación de que así se promueven ciudadanos sin conciencia de que, cada vez que se le concede a los gritos un derecho a alguien, se le está imponiendo en silencio a alguien más la obligación de hacer que ese derecho sea posible. Y de que, así, la ética de la responsabilidad que se construye en la escuela es renga. Que promovemos una sociedad de pedigüeños sin dadores, de demandantes sin oferentes, de consumistas sin productores, de deudores sin ahorristas.
Como ese, podemos agregar innumerables ejemplos. En todos, habrá franjas sociales, sectores políticos, grupos de opinión que sienten que han quedado alienados, excluídos; que la mayoría de los espacios públicos y semipúblicos dedicados a la formación de adolescentes y jóvenes están copados por grupos que construyen una hegemonía al gusto de pocos, que excluye valores, convicciones y principios de una porción social desconocida. ¿Será la mitad? ¿Un tercio? Aunque fuera un cuarto de la sociedad, esa porción tiene derecho a discutir cómo se educará y se formará a las generaciones que vienen.

El sentido del sinsentido

Por eso una propuesta como la de la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, “prende”. Porque ella misma y la Gendarmería están asociados, en muchas personas, a valores que no son los hegemónicos en el sistema educativo, que no son los que se cocinan a fuego lento todos los días, sin descanso, en universidades, escuelas, redes sociales, movimientos políticos y medios de comunicación.
Y por eso, cuando se le pregunta a Bullrich por qué poner la Gendarmería a hacer cosas para las que, en principio, no está preparada, o no está más preparada que cualquier otra organización estatal o privada, la ministra puede decir: "Gendarmería es la institución más valorada en nuestro país, la número uno, mucho más valorada que cualquier otra, que la educación pública, que la iglesia, ni que hablar que la política".
Lo que dice no tiene nada que ver con lo que se le pregunta. Y, sin embargo, lo que dice tiene sentido para la mitad de los argentinos que ven cómo en las órbitas públicas -privatizadas sin aviso- se imponen visiones hegemónicas de la realidad social por la fuerza de los hechos, sin que nadie les haya preguntado jamás si están de acuerdo.

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