• item no encontrado
  • item no encontrado
  • En vivo

Opinión

Política esquina economía

Pichetto y el marketing de Maquiavelo y Hobbes

ctv-r2e-pichetto-macri

¿Por qué entusiasmó la designación del senador peronista Miguel Ángel Pichetto como compañero de fórmula de Mauricio Macri? Se han dado varias respuestas posibles. Pero no parecen contundentes.

Por ejemplo, se dice que su capacidad negociadora podría ser vital si Macri consigue un segundo mandato. Nadie le niega esa habilidad a Pichetto, pero la verdad es que gran parte de la capacidad de cualquier negociador está definida por su posición. Del lado de Cambiemos, Pichetto no va a tener la misma influencia que tenía sobre senadores y gobernadores peronistas cuando era empleado de ellos. Punto.

Tampoco tiene poder territorial ni votos. Nunca le sobraron. De 10 elecciones, perdió 7, incluidas todas aquellas en las que se postuló a un cargo ejecutivo. El senador era, por lejos, el más desconocido de todos los candidatos a presidentes que midieron las encuestas de los últimos meses. 

Pichetto es un producto de la superestructura peronista. Es más: su nuevo alineamiento llegó cuando constató que no iba a poder renovar su mandato como senador por Río Negro. Pichetto si siquiera lidera una porción del aparato pejotista. Tiene una agenda telefónica profusa seguramente, pero eso lo hizo un operador, no un jefe.

También se ha dicho que Pichetto podría generar confianza en el mercado global acerca de que Argentina va a cumplir sus compromisos. Pero ese valor es circunstancial. La mitad de los argentinos pensamos que a las obligaciones hay que honrarlas, pero a menos que tengamos poder para hacer que eso suceda, a los prestamistas ni les van ni les vienen nuestras convicciones. 

La fascinación que se atribuye a radicales como Ernesto Sanz porque Pichetto fue a Wall Street a cerrar filas con el gobierno, anteponiendo intereses del país a los de facción, vale justamente porque Pichetto en ese momento representaba al Senado peronista. Como representante de Cambiemos, su opinión en Wall Street va a valer lo mismo que la de Dujovne o la del mismísimo Sanz.

Primeros, el Estado y el poder

No es nada de eso lo que Pichetto le llevará a Macri. Pichetto aporta, más bien, una fuerte carga simbólica. 
No todo el mundo saben quiénes fueron los teóricos del poder Thomas Hobbes y Nicolás Maquiavelo, pero el discurso y la imagen de Pichetto parecen encarnar a ambos como pocos otros políticos.

Hobbes fue el teórico del Estado. El que justificó la monopolización del poder porque eso es el mal menor frente a la guerra de todos contra todos que significaría la inexistencia del Estado. Cuando Pichetto enarbola la mano dura en temas de seguridad, pide regular la migración, advierte sobre reivindicaciones de comunidades autodenominadas originarias que rozan la soberanía territorial, reclama reducir el asistencialismo que acostumbra a no trabajar y liquida la solidez fiscal de la Nación, encarna un ideal que muchos políticos profesan pero pocos sacan a pasear en público.

Maquiavelo, por su parte, fue quien pensó, sobre todo, la acción política. Comprendió que el líder político tiene sólo un deber: obtener, incrementar y retener el poder. Está al servicio del Estado, pero no puede tener escrúpulos. Es por esto que muchos le dicen a Pichetto “el Frank Underwood argentino”, en referencia al personaje central de House of Cards. 

El senador tiene pergaminos. Carlos Menem lo encaramó en la estructura del poder del Congreso en los ‘90. Y Eduardo Duhalde lo colocó en 2002 como jefe de los senadores peronistas. Pichetto se las ingenió para sobrevivir allí 17 años. Fue la espada leal de voluntades tan disímiles como las de Menem, Duhalde, Kirchner y Fernández de Kirchner. Con una lealtad que ninguno de ellos cuestionó jamás. No queremos ni imaginar las cosas que debe haber “negociado”.

“Haciendo lo que hay que hacer”

Además de este marketing de Hobbes y Maquiavelo, el otro poder simbólico de Pichetto es el de su innegable estirpe peronista. Cuando Pichetto propala la necesidad de adherir al capitalismo, de abrir mercados y terminar con el proteccionismo, y de ratificar una pertenencia a Occidente, casi con un lenguaje de Guerra Fría, lo hace con el desparpajo propio de los peronistas, sin pedir permiso, sin la culpa ni el temor de los no-peronistas de la Argentina, que temen siempre ser considerados una mezcla de oligarcas y apátridas si llegaran a decir exactamente lo mismo.

Bien aprovechado, Pichetto puede ser entonces el enunciador político que nunca tuvo la timidez expresiva de Cambiemos. Si el macrismo lo sabe usar, va estar para alquilar balcones cuando Pichetto se cruce con una de las dos grandes enunciadoras de la política argentina de los últimos años: Cristina Fernández (Ia otra es Lilita Carrió).

“Haciendo lo que hay que hacer”, es uno de los lemas de Cambiemos. Y Macri es quien insiste en que el valor fundamental de su política es “decir la verdad”.

Hasta ahora Cambiemos nunca tuvo un parlante poderoso para defender sin eufemismos su verdad desnuda, las reformas que le esperan a la Argentina si quiere sobrevivir, los cambios que deberá encarar esta sociedad si quiere cortar su decadencia. Es en eso que Pichetto puede haber sido un hallazgo para Macri.

ahora