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Opinión

Política esquina economía

Cuando pase el temblor: qué futuro le espera a la industria

Las manufactureras de las grandes ciudades generan cada vez menos empleo. En el interior, el agro, la ganadería y la minería, están entre los que crecen y compensan la caída. También los servicios.

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La actividad industrial, en el centro de la tormenta económica.

El sendero político y económico por el que marcha la Argentina es muy estrecho. No hay mucho margen para las aventuras. En los próximos tres meses Nicolás Dujovne y Guido Sandleris tienen que mantener las tres bolas arriba, como los artistas callejeros: bajar aún más la inflación, tratando de que la economía no muera por asfixia y sin que, en lugar de desaparecer, se agrave el déficit fiscal por una caída vertical de la recaudación como consecuencia de la recesión.

No es un perro mordiéndose la cola. Son tres cachorros mordiéndose entre sí.

Si todo eso se encamina, será cada vez más importante lo que defina un trío de extraños: Cambiemos tendrá que mostrar que puede ganar las elecciones; el kirchnerismo y/o el peronismo federal deberán mostrar que no van a tirar todo por los aires si es que alguno de ellos se queda con la Presidencia; y los inversores (chicos y grandes) y los consumidores (chicos y grandes) tendremos que mostrar que les tenemos confianza y podemos descongelar los miles de millones de dólares que hay en los colchones para que la economía vuelva a crecer.

Una vieja conocida

Si todo sale bien, Argentina se va a encontrar consigo mismo otra vez. Por ejemplo, va a tener que definir si encara de una buena vez la reforma de su Estado para que deje de costarnos tanto para darnos tan poco.

Tendrá que pensar seriamente qué hacer con su sistema previsional para no volver a quebrar financieramente. Todo eso ya se sabe.

Hay otras cosas menos claras. Por ejemplo, Argentina tendrá que ver qué hace con su industria. O, mejor, con amplios bolsones de su industria heredera de la sustitución de importaciones, que hace 40 años viene en decadencia, sin florecer tras picos de proteccionismos y devaluaciones y sin desaparecer pese a las etapas de modestas aperturas económicas y dólares baratos.

En la biblia discursiva argentina la industria tradicional no se puede tocar porque, se da por supuesto, allí está el empleo de calidad.

Y porque, esto se dice menos, sus empleos están en los suburbios de las grandes ciudades (sobre todo el conurbano bonaerense) y son la columna vertebral del sindicalismo peronista tradicional.

Por ende, es lo que se hace escuchar típicamente en el debate público. Y logra que se la confunda no sólo con toda la industria sino con toda la economía.

¿Quién dijo?

Esas ideas son relativas, sino falsas. En los últimos 10 años el empleo industrial es el que menos creció: 2,6% entre el primer trimestre de este año y el mismo período de 2008, según datos de Indec.

El comercio creció casi 10 veces más: 22%. El sector de gas, electricidad y agua va en la punta: 39%. En el medio, todos están por arriba de la industria: los servicios, 17%; la construcción, 9%, la minería y el petróleo, 17%. Hasta el agro, la ganadería y la pesca, normalmente poco demandantes, crecieron más: 3%.

Mirá quién emplea ahora

En una crisis como la actual, el proceso se acelera. Las crisis ponen contra las cuerdas a los sectores más ineficientes. Según datos del Ministerio de Trabajo de la Nación, entre septiembre del año pasado y septiembre de este año la industria manufacturera perdió 40 mil empleos privados en blanco.

Más que todo el resto de la economía, que perdió 35 mil. ¿Cómo se entiende esto? Fácil: el resto de los sectores, entre algunos que perdieron y otros que ganaron, terminaron creando 5.000 empleos netos.

Por ejemplo: la agricultura y la ganadería crearon 5.100; la minería, casi 4 mil; la educación, 7.800; y los servicios (sociales, de salud, sin el comercio), 4.100.

Lamentablemente las estadísticas públicas son demasiado pobres y no permiten ver lo que sucede hacia adentro de ese monstruo grande que se cataloga “industria manufacturera”, donde conviven sectores que ya no pueden sobrevivir -ni siquiera con la muralla protectora de un dólar carísimo que licua el costo salarial- con otros que son capaces de exportar aún con tipo de cambio bajo.

Telas versus bifes

La industria textil es un claro ejemplo de lo primero en Argentina: desde que se devaluó en marzo, algo que supuestamente debía beneficiarla, son innumerables las fábricas del sector que se han cerrado.

En cambio, la industria frigorífica vive un momento caliente, pese a que la apertura de mercados externos encontró a grupos del sector, como el brasileños BRF, en plena reconversión e incluso con plantas cerradas por cuestiones que afectan a sus casas matrices.

¿Qué implica esto? Obviamente, que no toda la industria manufacturera significa lo mismo. Dentro de ese rubro hay sectores muy competitivos o capaces de serlo, que tienen futuro (como la agroindustria en general) con otros que hace rato no tienen destino en un país sin una gran población que garantice salarios baratos a largo plazo, sin cientos de millones de consumidores que garanticen escala y sin capitales que garanticen acceso al crédito voluminoso y barato. Sobrevivir en Argentina no es para cualquiera.

Mucho menos si a los pocos capaces de sobrevivir se les cuelgan los sobrecostos de los altos impuestos que demanda el Estado, las tasas de interés astronómicas derivadas de la crisis financiera de ese Estado e insumos carísimos derivados del proteccionismo a las empresas que quieren producirlos localmente, entre muchísimos otros pesos muertos. Dicho de otro modo: los competitivos no pueden expandirse todo lo que podrían porque vía impuestos y sobrecostos tienen que ceder sus excedentes para financiar el pulmotor de los ineficientes.

Así se limita la creación de empleos productivos y sustentables para evitar que se pierdan empleos a fuerza de artificios, aunque sus horas de todos modos están contadas.

¿Morón, Gigena o Neuquén?

Cuando pase el temblor, la Argentina se parecerá muchísimo a sí misma. Y va a tener que volver a responder a las mismas preguntas de siempre: ¿Va a seguir protegiendo a los sectores incapaces de caminar solos a costa de impedir a los demás que corran? ¿Por qué es más valioso un empleo en una fábrica de bulones en Morón que otro en una fábrica de alimentos para mascotas en Alcira Gigena o en una perforadora de pozos en Neuquén?

En la respuesta estará definida buena parte de los debates y conflictos por venir en Argentina, que no serán sólo económicos sino esencialmente sociales y geopolíticos.

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