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Opinión

Política esquina economía

Chau Mercosur: Argentina, sola con su horror al mundo

El desdén de Bolsonaro por los socios de Brasil desnuda una verdad: el bloque está en retroceso desde hace dos décadas.

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Si se pudiera adaptar una vieja frase machista que ya no debería usarse, uno podría decir que los argentinos nos aprestamos a llorar como mujeres lo que no supimos defender como hombres. Con escozor, con la desilusión de quien constata un engaño que venía sospechando, hemos escuchado al inminente ministro de Economía de Brasil, Paulo Guedes, decir que el Mercosur no será una prioridad para el gobierno de Jair Bolsonaro. Tampoco la Argentina. Fin.

El Mercosur funcionaba hasta ahora como la última excusa de quienes se beneficiaron con las políticas proteccionistas instauradas desde la década del ‘40  y llevadas al rango de sacramento bíblico por las distintas variantes populistas locales. El Mercosur funcionaba como válvula discursiva.

Para mediados de 1980, las políticas de sustitución de importaciones hacía rato que habían explicitado su doble fracaso: no habían logrado el desarrollo de las ineficientes industrias protegidas y habían abortado el desarrollo de los sectores que, siendo competitivos, fueron sacrificados para financiar aventuras frustrantes que jamás adquirieron escala y que incineraron recursos multimillonarios.

Ni zona de libre comercio

En 1985, los presidentes Raúl Alfonsín y José Sarney firmaron el acta de Iguazú y pusieron en marcha un proceso que terminó con el compromiso de Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay de avanzar hacia  una zona de libre comercio. Es decir, en un futuro, los bienes y servicios y eventualmente la fuerza laboral iban a poder circular entre los cuatro países tal como circulan entre las provincias argentinas o los estados brasileños.

Y al mismo tiempo pusieron la base del acuerdo automotor, que funcionó como ejemplo de lo que se buscaba: las fábricas de autos con plantas en ambos países podrían considerar a todo el bloque como un mercado interno. Según el manual, eso les daría escala y eficiencia para, luego, exportar al resto del mundo y superar su miniaturez.

Mucho menos unión aduanera

El bloque anduvo a las cansadas hasta que en los ‘90 agarró cierto vuelo. Entusiasmados, Carlos Menem y sus colegas del Mercosur firmaron en 1994 el tratado de Ouro Preto, que fijó una nueva meta, más ambiciosa que la anterior (que por cierto no se había completado). Ahora el bloque sería no sólo una  zona de libre comercio sino una Unión Aduanera.

Entre muchas consecuencias, por caso, cada país ya no podría firmar por su cuenta tratados comerciales con otros países o bloques.

Significaba que, a futuro, y a los efectos del comercio internacional, el Mercosur funcionaría como si fuera un solo país: sus aranceles para terceros países, por ejemplo, serían los mismos. Era un paso complicado: por ejemplo, Uruguay y Paraguay, sin automotrices, debían aceptar el elevadísimo arancel de 35% para los autos fabricados en terceros países. Se encarecían los autos en sus países sin tener ningún beneficio. Se fijaron listas con miles de productos que, con los años, irían convergiendo, en los cuatro países, hasta tener lo que se llamaba un Arancel Externo Común para cada bien. Prácticamente todo eso se incumplió hasta que directamente se le perdió el rastro a la lista.

Se disparó una serie interminable de cronogramas, negociaciones y compensaciones. También había que homogeneizar los subsidios. A futuro los estados nacionales y subnacionales tendrían que contratar en igualdad de condiciones a empresas de cualquiera de los cuatro socios. Y los bancos deberían funcionar como si operaran en un único país. Todo apuntaba a la trayectoria de la Unión Europea. Porque para todo eso el banquero central iba a tener que ser uno solo en algún momento. Y los gobiernos iban a tener que coordinar políticas fiscales.

Mucha parla, pocas nueces

Si quieren reírse, este es el momento. Las élites políticas de ambos  países hablaban mucho del sincero y evidente afecto que hay entre cuatro pueblos que comparten una cultura y que suman la mayor población y superficie del único cuadrisferio libre de armas nucleares en el planeta (ese sí que fue un logro del Mercosur). Pero a la hora de tomar las decisiones, arrugaban. Argentina no se bancaba, por dar sólo uno de cientos de ejemplos, exponer a Tucumán a la competencia de los ingenios azucareros de Brasil. Y Brasil se resistía a los vinos mendocinos. Y así. Interminable. Todos cantaron loas a la unidad latinoamerciana, pero nadie pegó un golpe sobre la mesa. No hay nacimientos sin dolores de parto.

Lo último que se hizo fue directamente una farsa. Sobre esos pies de barro y mientras dejaba que el bloque se destartalara, el relato sentimental nac&pop forzó el Parlasur, un legislativo del que hasta ahora nadie tiene noticias y apenas ha servido para que profesionales y ñoquis de la política partidaria tengan, desde que fueron elegidos en 2015, un curro para seguir financiándose con dineros públicos. El Parlamento, a estas alturas, es para  legislar sobre la nada.

Es que 33 años después del acta de Iguazú, el libre comercio dentro del bloque ha desandado buena parte de lo que había avanzado en la década de 1990. En 2002 el comercio intramercosur era el 13% del comercio internacional total que mantenían los socios del bloque con todo el mundo. En 2017 era el 13,5%. Los aranceles y otras barreras proteccionistas son más divergentes que nunca. La última obra de infraestructura de integración mencionable fue en los ‘90 la hidrovía del Paraná, hoy medio decadente. La discrecionalidad corrupta de las compras estatales quedaron expuestas en el Lava Jato brasileño y en los cuadernos Gloria argentinos. Las políticas macroeconómicas no pudieron ser más dispares (inflación de 4,5% anual en Brasil; más  de 40% en Argentina). Sin ir más lejos: la semana pasada Brasil y Chile firmaron un tratado de libre comercio entre ellos, sin que los demás socios dijeran ni mu. Ni pareciera importarles. Se suponía que a esas cosas las iban a hacer en grupo.

Argentina, sin excusas

De manera que el desangelado desdén de Bolsonaro-Guedes por el Mercosur no puede sorprender a nadie. Es sólo el blanqueo de una verdad desnuda. Al menos en 15 años nadie se tomó la tarea, en serio, de hacer los esfuerzos y pagar los costos políticos de construir un bloque, algo para lo que se necesita algo más que melancolía nuestroamericana.

Va a ser interesante. Si Brasil en efecto blanquea su ignorancia del bloque, Argentina se va a quedar sola, de golpe, con su horror a la apertura económica, su rechazo atávico a la globalización, su fantasía de preservar industrias inviables, sus conurbanos cimetandos en ficciones sustituidoras de importaciones. Se habrá ido la última coartada a la que se apeló para mantener conectada al respirador a una economía sepia de mediados del siglo pasado, mientras, con el Mercosur, “ganábamos escala”. Con Bolsonaro, Argentina deja de tener en Brasil a un socio en su negativa a aceptar la realidad.

La gran pregunta es para dónde va torcer la Argentina: ¿se ensimismará como un caracol, pretendiendo hacer muchas cosas y hacerlas a todas mal dentro de sus fronteras? ¿o elegirá sobre qué sectores sólidos se va a parar para ingresar sin muletas ni excusas a un mundo multilateral al que tiene mucho que ofrecer?

19 noviembre 2018

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Consejo de la Magistratura

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