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"Chalecos amarillos" a la húngara y de exportación

Surgieron en Francia como respuesta a un aumento de los combustibles, pero sus reclamos se multiplicaron y en otros países comenzaron a copiar su modalidad.

Marcos Calligaris

La opinión de

Los Campos Elíseos aún se desperezaban convalecientes por la marea de 'chalecos amarillos' que la víspera había realizado la marcha más violenta y masiva contra el presidente Emmanuel Macron. Aquel 1 de diciembre de 2018, los enfrentamientos entre la Policía y los manifestantes de ese movimiento surgido espontáneamente en protesta contra el aumento de los combustibles, dejaron un saldo de 412 detenidos y más de 133 heridos, así como decenas de autos quemados y vidrieras de negocios destrozadas.

Pero la imagen que recorrió el mundo fue la del maltrecho estado en que quedó el Arco de Triunfo —símbolo galo si los hay—, tomado y vandalizado por violentos, cuyo modus operandi comenzó a plantear el interrogante sobre quiénes integraban ese heterogéneo colectivo sin liderazgo aparente.

¿Contiene ―además de los trabajadores de clase media― miembros de la extrema derecha, de la izquierda radical, antisistemas, euroescépticos, anti-élites? La respuesta es sí, al menos a juzgar por los grafitis que la mañana ulterior se esfumaban tras el rápido accionar de las autoridades. Pero eso no explica el fenómeno, ni mucho menos.

Frente al Arco me detuve para relevar la gravedad de los daños y buscar testimonios para un informe. Al lado mío, un turista húngaro de mediana edad llamado Adam se lamentaba por no poder acercarse al monumento, cerrado y custodiado fuertemente por la Policía.

"Los franceses tienen más prensa que nosotros, pero en Hungría los ánimos también están caldeados, algo se cuece", me dijo Adam en un correcto inglés. Acto seguido, me resumió su descontento con el primer ministro Viktor Orbán y se despidió con una frase que ahora me resuena premonitoria: "Si se aprueba la 'ley de la esclavitud', vas a ver las marchas de los 'chalecos amarillos' en Budapest".

La 'ley de la esclavitud'

Budapest, 5 de enero de 2019. Miles de personas se manifestaron el sábado por el centro de la capital húngara contra una flamante ley laboral, a la que consideran una decisión autoritaria del primer ministro, el ultranacionalista Viktor Orbán. No fue la primera ni será la última marcha.

Tal como sucede en Francia, la movilización es heterogénea, cuenta con multitud de estudiantes y ciudadanos de a pie —¿estará Adam entre ellos?, me pregunto—, aunque en este caso sí están presentes los partidos de la oposición, sindicatos y agrupaciones cívicas, que describen esta normativa como una 'ley de la esclavitud'.

¿Pero de qué se trata puntualmente?

La protestas nacieron con la aprobación de una polémica reforma para liberalizar el mercado laboral, que fue aprobada el 12 de diciembre por el Parlamento húngaro gracias a la mayoría de dos tercios del Fidesz, el partido nacionalista de derecha del primer ministro Orbán. Los intentos de la oposición por bloquear la votación fueron en vano.

La ley incrementa de 250 a 400 el número de horas extra anuales, por lo que ciertos empleados podrían verse
obligados a trabajar 6 días por semana, mientras que los empresarios tendrán -según interpreta la oposición- la posibilidad de posponer hasta en 36 meses el pago de ese trabajo adicional.

Desde mediados de diciembre, las manifestaciones han comenzando a multiplicarse por el país y la del último sábado fue de las más multitudinarias, pese a las bajas temperaturas.

Argumentos cruzados

Consultado por la BBC, el dirigente opositor Bence Tordai intentó explicar por qué la sociedad húngara ha logrado congregarse de manera tan masiva y unida. "En los últimos 8 años se han aprobado muchos proyectos similares en el Parlamento, pero esta ley naturalmente crea un sentido de solidaridad, porque puede afectar a casi todos los ciudadanos húngaros", sostuvo.

Además, la oposición reclama la supresión de una reciente reforma en la justicia que amenaza con reducir la independencia de los magistrados, y también pidió más libertad para los medios de comunicación públicos, en un país frecuentemente criticado por violar el Estado de derecho.

Por su parte, el Gobierno sostiene que esta nueva normativa es una respuesta a la grave escasez de mano de obra que enfrenta la nación, que se mantuvo firme en sus políticas antiinmigrantes en los momentos más álgidos.

Asimismo, asegura que las medidas serán beneficiosas para los trabajadores y las compañías, ya que "los primeros ganarán más y las segundas cubrirán puestos vacíos".

Es por ese motivo que el Gobierno de Orbán no entiende las marchas. Incluso un portavoz llegó a alegar que son obra de "mercenarios extranjeros" financiados por el multimillonario estadounidense George Soros, húngaro de nacimiento. Este último lo negó tajantemente y contraatacó esgrimiendo que las autoridades húngaras quieren utilizarlo como un chivo expiatorio.

Pero las protestas siguen, y tal como sucedió en Francia cuando el Gobierno dio marcha atrás y las manifestaciones continuaron, poco hace creer que una corrección por parte de la Administración húngara pueda detener el descontento, que parece tener otro trasfondo.

'Chalecos amarillos' de exportación

Las protestas de los 'chalecos amarillos' —no los une la indumentaria, sino los modos— de Francia como de Hungría no han sido las únicas. En Bélgica, cientos de manifestantes se enfrentaron el 8 de diciembre a la Policía en Bruselas. Los belgas exigieron la renuncia del primer ministro Charles Michel lanzando piedras, carteles, fuegos artificiales y otros objetos contra los policías que protegían una zona de Bruselas donde están ubicadas las oficinas del funcionario y otras dependencias oficiales. Hubo cerca de 100 detenidos.

Algo similar ocurrió en los Países Bajos, donde un grupo de manifestantes protestó en la ciudad de Róterdam, y en menor medida en Alemania, Suecia, Reino Unido, Irlanda, Canadá, Grecia, Italia, España, Israel y hasta en Taiwán, donde miles de personas vestidas con chalecos amarillos exigieron cambios en la política impositiva.

A estas alturas, nadie se atrevería a afirmar que las protestas en Francia están motivadas solamente por el aumento de los combustibles. Nadie se atrevería a confirmar tampoco que las protestas en Hungría se deben solo a la 'ley de la esclavitud', y sería imposible asegurar que las manifestaciones en Bélgica fueron solamente para exigir la renuncia del primer ministro Charles Michel. Lo mismo aplica para el resto de las protestas.

Lo cierto es que por estos días analistas de todo el mundo le dan vueltas al asunto con los más variados argumentos y recursos, tratando de interpretar qué es lo que subyace en las manifestaciones de los 'chalecos amarillos'. El problema es el Estado de bienestar; el sistema capitalista; la democracia moderna; la Unión Europea; ensayan algunos. ¿Serán estas manifestaciones pasajeras o se volverán un movimiento con consecuencias inestimables?, se preguntan otros.

El tiempo lo dirá. De momento, como dijo Adam, "algo se cuece". Habrá que ver si la clase política es capaz de leerlo a tiempo.

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