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Negocios públicos

El poder ya cambió, ahora debe proveer gobernabilidad

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El poder ya cambió en la Argentina. Esa es la percepción colectiva que ordenará el nuevo ciclo político.

Desde ayer, la agenda de Mauricio Macri cambió. Ya no es la competencia de octubre, es la gobernabilidad de la transición.

La aritmética electoral sepultó toda chance de remontar la cuesta. Los Fernández hasta pueden perder un par de puntos sin comprometer el triunfo en primera vuelta. Al oficialismo no le alcanzaría –y esto es sólo un ejercicio teórico–ni con la suma completa de los sufragios de Lavagna, Gómez Centurión y Espert.

Otra vez fue la economía: inflación-recesión-devaluación-ajuste. Una secuencia letal con su secuela de desempleo, precariedad laboral, caída de ingresos reales y crecimiento de la pobreza.

En mayo la economía mostró algunos signos vitales. El campo y Vaca Muerta se independizaron de la depresión general y dieron las mejores noticias. Con la ayuda del FMI, el Banco Central logró estabilizar el dólar por casi tres meses. La inflación inició un lento descenso. El Gobierno lanzó una batería de estímulos al consumo. Las expectativas de los consumidores mejoraron y también la imagen del Presidente.

No bastó para revertir el malestar, evidente sobre todo en los grandes aglomerados urbanos. Allí se concentran los mayores bolsones de pobreza y se localiza el grueso de las industrias y el comercio castigados por la retracción del consumo. La elección lo transparentó.

El Gobierno no explicó la crisis larvada que recibió del kirchnerismo. Nunca enunció un plan integral para enfrentarla. Incurrió en inconsistencias flagrantes entre la política monetaria y la fiscal. Sobreestimó su capacidad de atraer inversiones sin hacer ningún cambio de fondo. Y subestimó la inflación, que prometía bajar de taco. La canchereó.

Desde el día uno de su gestión dilapidó las expectativas iniciales con la promesa de un segundo semestre de bonanza que nunca llegó.

Levantó el cepo, salió de la cesación de pagos con los holdouts y reabrió el crédito externo. Si bien recortó subsidios a los servicios públicos, aumentó las transferencias a las provincias y el gasto social y jubilatorio. Optó entonces por patear el déficit y se cebó con el endeudamiento para financiarlo. Hasta que le cortaron la tarjeta y estalló la crisis.

Es verdad que el de Macri siempre fue un gobierno débil, con minoría en ambas cámaras y limitado desarrollo territorial. También lo es que no supo, no pudo o no quiso negociar consensos de fondo para abordar los problemas estructurales de la Argentina.

La economía y los errores de gestión movilizaron el voto castigo. Las estrategias políticas de las mayorías polarizantes terminaron de inclinar la cancha.

Los votos pertenecen a los ciudadanos, no a los dirigentes. Sin embargo, el liderazgo político decide sobre la oferta electoral y con ello condiciona al votante.

Los acuerdos del kirchnerismo con los gobernadores y con Sergio Massa implosionaron el tercer espacio nacional e instalaron una ventanilla única para el voto opositor en Buenos Aires, la provincia con más heridos por la crisis.

Macri sólo pudo sumar a Miguel Piccheto, ya vacío de poder. Un político sin territorio que se hizo fuerte en el Congreso como una suerte de manager de los gobernadores peronistas. Tras sumarse al binomio del oficialismo, quedó huérfano de tales apoyos y sin senadores propios.

La rebeldía y casi inmediata capitulación de los radicales, sin que mediara ninguna explicación, dejó cicatrices en la versión renombrada de Cambiemos. Alfredo Cornejo lo pagó con su propia derrota en Mendoza y Macri con la suya..

El resultado de las PASO tiene efectos económicos sobre la gobernabilidad de la transición.

Los mercados –las personas y los inversores institucionales que compran y venden activos financieros– creen que un regreso del kirchnerismo al poder acelera el riesgo de un default y la desvalorización del peso.

Por eso votan contra la moneda, las acciones y los bonos de la deuda argentina, con lo cual gatillan el riesgo país a niveles de insolvencia. Eso dificulta la renovación voluntaria de la deuda de los bonistas y agudiza las presiones devaluatorias. Una profecía autocumplida.

El Banco Central puede moderar la escalada del dólar. Para ello dispone de 5 mil millones de dólares para vender a futuro y reservas líquidas por 21 mil millones. Y el recurso de seguir elevando las tasas de interés.

Lo que no puede es torcer la tendencia del mercado cambiario. Y carece de herramientas para sostener los bonos y contener con ello el riesgo país, ya en niveles de default.

Esta crisis financiera se monta sobre la fragilidad económica del país y se potencia por la crisis política abierta este domingo.

Ese escenario no parece incomodar por ahora a los Fernández. De algún modo,Alberto lo venía impulsando al pregonar que el dólar debería estar mucho más alto y que la deuda es impagable sin una renegociación.

En esa hipótesis, Nicolás Dujovne sería su Remes Lenicov (el ministro de Duhalde en cuya gestión el valor del dólar se multiplicó por cuatro en pocos días). Él o el mercado le harían el trabajo sucio, para llegar al Gobierno con un colchón cambiario confortable y una posición más propicia para negociar con los acreedores.

La parálisis inicial del Gobierno tras la derrota y el silencio de Fernández son dos caras de un juego de alto riesgo.

Toda estampida del dólar llega a la góndola, destruye los salarios, profundiza la recesión, los problemas de empleo y la pobreza. Nafta sobre las brasas de la crisis que reaviva la volatilidad financiera.

Es el turno de la política. Gobierno y oposición comparten la responsabilidad de evitarnos volver al casillero del 2001. La paz social y la salud de la democracia les reclaman su aporte.

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