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Opinión

Negocios públicos

Entre la retórica border y el juego inflamable de Alberto

Por Carlos Sagristani

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La campaña discurría por una retórica border pero sin sustancia. Hasta que Alberto Fernández fue al hueso. “Es la economía”, se dijo y encendió una mecha peligrosa.

Empecemos por los derrapes.

Herminio Fernández, rebautizaron a La Morsa Aníbal luego que agraviara a María Eugenia Vidal afirmando que es peor del femicida múltiple Ricardo Barreda. Una evocación de Herminio Iglesias, el pirómano de ataúdes que tan funcional resultara al triunfo de Raúl Alfonsín en 1983.

Tal vez el nuevo Herminio encontró en el insulto una manera de vomitar su rencor hacia quien en 2015 le arrebató la Gobernación que creía segura. O de rebelarse al infortunio que lo relegó a una candidatura a concejal de Pinamar. La desproporción entre aquellas ambiciones y su modesto presente es notable.

De Herminio a McCarthy

Aunque sin volcar como Aníbal, Miguel Piccheto sigue mordiendo la banquina con un maccarthismo que atrasa 30 años y sólo trae malos recuerdos. Atacarlo a Axel Kicillof por “marxista” es un anacronismo inocuo, salvo para el acusador. Minimiza la verdadera mochila del delfín bonaerense de Cristina: haber chocado la economía después de un triunfo en primera vuelta con el 54% de los votos.

Piccheto vive por estos días de revolver viejos baúles. Fue a la caza de apoyos en el peronismo y hasta ahora sólo arrimó la media palabra de algunas viudas del menemismo. Su última conquista fue el senador Adolfo Rodríguez Saá, despechado con su hermano Alberto porque le tronchó el sueño de un sexto mandato provincial.

¡Qué lejos de aquel republicanismo de hace un par de meses!

Paradojas de campaña, al día siguiente que le presentaran en la Rosada el nuevo fichaje, Macri llamaba a “dejar atrás el enano incumplidor y defaulteador”. Si por algo pasó a la historia Rodríguez Saá es por haber proclamado el default ante la Asamblea Legislatica, en una tragicomedia digna de Diego Capusotto.

El Adolfo no es más confiable que la peor versión de Kicillof. Por “ignorante” que éste sea, según la vara del fernandista Guillermo Nielsen.

El economista de Alberto es Alberto

La interna de los economistas que sacan chapa de referentes de Alberto Fernández es otro de los divertimentos de la campaña.

Kicillof dijo hace unas semanas que la deuda “es impagable” y postuló un regreso al control de cambios. Además de la réplica de Nielsen, recibió la refutación de su propio ex viceministro, Emmanuel Álvarez Sagis. “No se está pensando en hacer locuras”, diferenció este miembro del gabinete K en las sombras. Sostuvo que la idea es tratar de “ganar un poquito más de espacio” con el FMI para “no acogotar la economía”.

Alberto en persona acabó con tanta dulzura sobreactuada. Reclamó bajar la tasa de interés de referencia y soltar el dólar.

Semejante definición en boca de un presidenciable con ventaja en la mayoría de las encuestas no es neutra. La instaló a dos semanas de las elecciones y en medio de la dolarización de ahorros que comenzó la semana pasada. Le echó querosén al recalentamiento de la incertidumbre financiera.

¿Pifia o táctica electoral?

Teoría de la conspiración

El Gobierno identifica en el subtexto de las declaraciones de Fernández una maniobra de desestabilización financiera con un doble propósito político.

El primero, según esa lectura, sería torpedear el tímido rebote de la economía. Sus fundamentos son la calma cambiaria y el paulatino declive de la inflación. El campo, Vaca Muerta y los anabólicos al consumo hicieron el resto.

El derrumbe económico del último año sobrevino por una mezcla de subestimación de la herencia, debilidad política para atreverse a cambios profundos e impericia en la gestión. Es el mayor pasivo electoral que arrastra Macri entre desempleados, empobrecidos e insatisfechos.

La recuperación embrionaria es, al mismo tiempo, el activo más valioso para convencer a votantes de Cambiemos desencantados. Y la causa principal de la mejora del oficialismo en los sondeos.

El segundo objetivo de Fernández, según aquel razonamiento, sería construir condiciones más propicias para encarar el ajuste y reformas impopulares en un cuarto gobierno kirchnerista. Una ruptura del equilibrio precario de la macroeconomía, antes de diciembre, legitimaría esas políticas ante su clientela. Podría culpar del desajuste a la herencia de Macri. Como no lo hizo Macri al comienzo del mandato con la herencia de Cristina.

Lo verbalizó Guillermo Calvo, un economista argentino residente en Estados Unidos con reputación de pitoniso desde que en 1995 vaticinó el efecto Tequila. “Que gane Cristina es lo mejor que le puede pasar al país porque va a aplicar un ajuste con el apoyo popular y culpando al gobierno anterior", expresó tal vez con ironía.

Es improbable igual complacencia con un Macri reelecto. Porque sindicatos y piqueteros seguirían parados en las antípodas. Y sobre todo porque ya malgastó gran parte del crédito en su gestión inaugural.

Malas palabras

Por supuesto, Fernández presidente debería hacer la Gran Menem, enterrar su prédica populista y normalizar la economía. Después de todo, no hay populismo sin plata.

Por disparatadas que parezcan estas conjeturas, algunos antecedentes históricos las vuelven verosímiles.

En 1989 Alfonsín cerraba su Presidencia con un déficit de 10 puntos del PBI, el comercio exterior en rojo, la deuda externa en virtual default y el Banco Central sin reservas. Guido Di Tella, asesor de Menem y su futuro canciller, arrojó encendió ese cóctel inflamable: “Cuando seamos gobierno vamos a tener un dólar recontraalto”. Así detonó la corrida y la hiperinflación que se llevaron puesto al Gobierno antes de tiempo.

Testigos de la época atribuyen a Eduardo Duhalde haber dado en 2001 el último empujón al staff del FMI para que le cerrara el grifo a De la Rúa, bajo el argumento de que el suyo era un gobierno sin credibilidad ni porvenir. Los cacerolazos y saqueos posteriores completaron el final tumultuoso de la Alianza en el poder.

Claro que ninguna conspiración exculpa a Alfonsín, De la Rúa y Macri de su mala praxis.

Teoría de la inconsistencia

¿Y si Alberto Fernández hablara en serio, si las ideas inconsistentes que planteó el domingo fueran de verdad su credo económico?

La perspectiva sería aún más inquietante. A la incertidumbre preelectoral añadiría la inviabilidad de la política que, según declara, piensa aplicar si es Gobierno.

Dijo que financiaría la provisión gratuita de todos los medicamentos que prometió a los jubilados bajando la tasa de interés de las Leliqs, las letras que el Central coloca en los bancos para aspirar una montaña de pesos que de otro modo se irían al dólar y a precios.

Los bancos no aceptarían esos papeles si no fueran remunerados en niveles que los hagan preferibles al dólar. Por otra parte, ni el peor desorden económico y administrativo admitiría que la autoridad monetaria gire fondos a un organismo del Estado para que solvente gastos corrientes. Aunque ya hemos experimentado ese desorden en el preludio de cada crisis inflacionaria.

Alberto anunció una suba del 20 por ciento en jubilaciones y salarios desde el día uno de su eventual Presidencia. La máxima contradicción de la fórmula que expuso en la tele fue decir que es necesario devaluar “para exportar más y así estimular (al mismo tiempo) el consumo”. ¿Cuánto demoraría la inflación en pulverizar la mejora nominal de sueldos y jubilaciones? ¿En qué manual está escrito que devaluando para exportar se estimula el consumo?

Reforma o decadencia

La agenda que el próximo Gobierno tiene por delante es nítida como pocas veces: bajar el gasto para reducir impuestos y achicar otros sobrecostos de la Argentina. Para poder competir y aprovechar la inédita ventana de oportunidad que ofrece –reconversión mediante– el acuerdo Mercosur-Unión Europea.

Una integración inteligente con los socios regionales y Europa proveerían el atractivo del que hoy carecemos para las inversiones reales, las productivas. Orlando Ferreres estimó en diálogo con Cadena 3 que necesitamos duplicar la inversión bruta fija, del actual 16 por ciento del PBI al 30. Así podríamos crecer de manera sustentable e incluir al menos una parte sustantiva del tercio de la población que vive en la pobreza.

Claro que siempre queda la alternativa de no hacer nada.

La catástrofe de Venezuela demuestra que puede no haber piso para la decadencia. Desenganchar el vagón de la locomotora global puede sumir a un país en una espiral de autodestrucción perpetua.

Pero no necesitamos mirarnos en ese espejo de espanto. Podemos reconocer aquel futuro indeseable en nuestro pasado. El premio Nobel de Economía Simon Kuznets nos definió como un país en desdesarrollo. Entre 1960 y 2016 caímos 47 lugares en el ranking del ingreso por habitante. Pasamos del puesto 18 al 65. Y el envión del último año nos debe haber hundido algo más.

La pólvora de la campaña nubla este debate, el que importa. Pero ya se sabe, ahora todo se reduce a la pelea por el poder.

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