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Miguel Clariá Columna de Opinión

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Ojalá fuera el fútbol

Ojalá fuera el fútbol
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El politólogo Vicente Palermo intuye que las llamadas minorías intensas han sido la clave de la inexplicable decadencia argentina en todos los frentes. Cita al economista Mancur Olson, en La Decadencia de las Naciones y encuentra que, cuando ha ocurrido en países que se han desbarrancado sin ser víctimas de guerras o catástrofes, hay factores endógenos, minorías con intereses muy fuertes y con poco que perder que van socavando los cimientos.

Las famosas minorías intensas.

Pero la Argentina se las arregla hasta para desafiar las teorías más sensatas que intentan interpretarnos.

Es frecuente que esto se debata en los pequeños círculos familiares y los más amplios de las relaciones laborales, profesionales o sociales de cualquier persona. Es común escuchar que la mayoría quiere trabajar pero unos pocos paran el transporte y lo impiden. La mayoría quiere estudiar pero unos pocos cierran las escuelas. La mayoría quiere vivir en paz pero unos pocos apedrean el Congreso, cortan calles, producen violencia en sus reclamos.

Y en la misma línea, la mayoría de los argentinos somos apasionados por el fútbol y lo queremos disfrutar en paz, hasta que unos pocos violentos, las minorías intensas, lo arruinan todo.

¿Alguien puede seguir creyendo ese pobre relato?

¿Son pocos, son solo barras, delincuentes organizados y ligados a lo peor de la política y de las mafias quienes pueden llegar a transformar la pasión por una camiseta en cuestión de vida o muerte?

En nuestro castigado país existen, por supuesto, minorías activistas que desprecian la democracia y están dispuestas a producir cualquier daño que sirva a su dogma: mientras peor mejor. Pero es tiempo de dejar de utilizar a esos impresentables para justificarnos las mayorías.

El fútbol sólo lo muestra, como los espejos.

Hasta no hace mucho hinchas de distintos equipos compartían gradas. Después, solo las plateas. Más tarde, cada grupo por su lado y finalmente los visitantes, afuera. El único país futbolero en el planeta que admite que esa imbecilidad enferma de violencia a la que llaman pasión y aguante, hace imposible que seguidores de distintos equipos compartan un estadio.

Los temibles hooligans ingleses, en su momento, llevaron la bestialidad disfrazada de fútbol a niveles apocalípticos. Sus equipos fueron sancionados, todos, y no pudieron participar por años de campeonatos europeos. Hoy el clásico entre el United y el City se juega en Manchester sin alambre olímpico y con las dos hinchadas.

No es el fútbol, al menos no sólo es el fútbol. Ojalá lo fuera. En el fútbol hay descenso, se pierde, se cae, se organiza y se asciende. El descenso en el que hemos caído como sociedad, y que sólo muestra con mayor nitidez el fútbol, sólo tiene retorno en décadas, en generaciones, en divisiones inferiores que desde ya comiencen a prepararse para llevar al país a primera.

No más excusas, no más minorías intensas ni barras bravas que nos justifiquen. Nos fuimos al descenso y no hay a quien culpar.

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