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Ni del Estado, ni del Gobierno: el dinero es nuestro

Los afiches que propagandizan que a los salarios los paga el gobierno exhiben una cultura facha profunda, que reduce la sociedad al Estado.

02/06/2020 | 08:15

¿De quién es el dinero? La Argentina no logra responder a esa pregunta desde hace décadas. Y el tema se reactualizó con los carteles que sacó la Presidencia de la Nación para propagandizar el pago parcial de salarios privados con billetes crocantes del Banco Central, como si fuera un gesto magnánimo de Alberto Fernández.

La discusión se saldó sin siquiera empezar. Los afiches decían que los salarios son “pagados por el Gobierno nacional”. Algunos críticos dijeron: “En todo caso los paga el Estado, no el gobierno que circunstancialmente maneja el Estado”. Entonces, el gobierno sustituyó “gobierno” por “estado” no en los afiches, que ya estaban pegados, pero sí en la propaganda digital.

La verdad, eso sigue siendo incorrecto. En el fondo, persiste esa equiparación entre sociedad y Estado tan típica de culturas como las nuestras y en la que incurrieron el fascismo y el estalinismo. Por eso en Argentina es tan común escuchar latiguillos como “el Estado somos todos”.

De quién es el valor

La verdad es que el valor, la riqueza, no son ni del Estado ni del gobierno (que son agentes de la sociedad, muy importantes, pero no son el conjunto de la sociedad). El valor y la riqueza son de los individuos y grupos de individuos que los crean y de la sociedad en su conjunto. Incluso cuando una institución estatal crea riqueza (por ejemplo, la enseñanza pública cuando efectivamente logra educar a los chicos), son las personas que trabajan en ese sistema las que crean esa riqueza. No el Estado.

Otro argumento de los estatistas: quienes crean riqueza lo suelen hacer usando bienes públicos (rutas, una educación universitaria, seguridad, etc). Es cierto: pero el tema es que todo eso es financiado por la propia sociedad. El Estado es una entelequia. No hace rutas.

Ni moneda de calidad

Lo único que hace el Estado a través del Banco Central -porque nuestra sociedad se lo ha encargado en algún momento- es imprimir el dinero que, se supone, representa nuestra riqueza, el valor que nosotros -no el Banco Central- creamos.

Pero nosotros estamos acostumbrados desde hace demasiadas décadas a que el Banco Central y los gobiernos que lo manejan se dediquen a imprimir moneda espuria, falsa, inflacionaria, sin riqueza social que la respalde.

Esto es así porque nuestros partidos y nuestros políticos, como tantas cosas en nuestra sociedad (el periodismo, lo que quieran) son de mala calidad: no saben liderar, así que, para gobernar, deben comprar voluntades, generar enormes clientelas imposibles de financiar, costear una demagogia inviable. Para eso no les alcanzan los impuestos ni los préstamos. Y entonces imprimen dinero trucho. Lo primero que no sabe hacer el Estado argentino es proveer un bien público como la moneda que sea de calidad (por eso usamos el dólar o el euro, monedas de estados que sí saben proveer un bien público de calidad).

Tantos años de esa mecánica nos han hecho fetichistas a los argentinos: creemos que en los billetes hay riqueza.

Entonces ya tenemos los dos elementos que hacen falta para vivir nuestra fantasía: la creencia de que el valor se inventa mágicamente con una mera impresión (en lugar del trabajoso proceso de crear riqueza y después representarla con un papel) y el concepto de que esa riqueza es del Estado (del gobierno, del Banco Central, lo mismo da) dado que él es que la imprime.

La misma riqueza, dividida más veces

Lo cierto es que, cada vez que imprime sin respaldo, el impresor simplemente divide la misma riqueza social de siempre en mayor cantidad de unidades. Si el PBI o la riqueza de un país es 1.000 y, para representar esa riqueza, el Banco Central emite 100 pesos, cada peso representará 10 unidades de riqueza. Quien consiga crear 10 unidades de valor, va a poder tener 10 pesos en el bolsillo.

Pero si resulta que el gobierno necesita otros 100 para sostenerse en el poder (por ejemplo, contratando a 10 ñoquis) puede exigirle al Central que se los imprima. Claro que, como la riqueza real no aumentó, ahora cada uno de los 200 pesos pasarán a representar 5 unidades de riqueza.

Ahora, entonces, el político puede darles 10 pesos (que equivalen a 5 unidades de riqueza) a sus 10 ñoquis y seguir ganando elecciones. El problema es que el tipo que había conseguido reunir 10 pesos creando valor en serio, ahora ya no tiene 10 unidades de riqueza, sino sólo 5.

Sus 5 unidades de valor han sido robadas y puestas en el bolsillo de uno de los ñoquis.

Lo que ha hecho la pandemia es obligar a una cuarentena por la cual se prohibió trabajar a casi todos los que crean valor y riqueza.

Y lo novedoso es que, por primera vez, el Banco Central debe imprimir pesos truchos no sólo para ponerlos en el bolsillo de los ñoquis, sino también en el de quienes no pueden trabajar… porque el propio Estado se los ha prohibido (con lo que la “ayuda” podría interpretarse, en realidad, como una indemnización).

Pero no es “riqueza del Estado” lo que se está repartiendo. No se están “pagando los sueldos con pesos del Estado”. Es simplemente la riqueza social -que ahora es menor porque muchos no trabajan- dividida por muchas más veces, que vuelve, disminuida, al bolsillo de sus propios dueños.

El fachito cree que todos somos como él

Es importante saberlo. Porque los autoritarios que confunden sociedad y Estado andan por ahí pretendiendo acallar a los críticos -a los opositores, a los empresarios que temen por sus empresas, a la gente que necesita volver a trabajar- con el argumento de que, ahora, ellos también viven “gracias a lo que les da el gobierno”.

“Devolvé el sueldo que te pagó el Estado”, les dicen, revelando su pensamiento profundo de ovejas lobotomizadas.

Ni se dan cuenta de que en esa arenga exhiben sus propias conductas, su propia moral de ñoquis obedientes: por 5 unidades de valor disfrazadas de 10 pesos son capaces de callarse lo que sea, atragantarse con medias, rezar todos los relatos que les escriban y acatar todas las órdenes que haga falta.

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