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Héroe accidental

09/05/2013 | 21:27Redacción Cadena 3

¿Puede un oscuro lavaplatos levantarse un día siendo un completo desconocido y acostarse a la madrugada con su imagen en remeras, esponsoreado por una multinacional y disputado por las cadenas televisivas más importantes de los Estados Unidos? Charles Ramsey es la prueba viviente de que la realidad casi siempre supera a la más edulcorada de las ficciones.

El hombre que hoy gesticula enérgico desde media docena de videos de Youtube y que ha sido proclamado “héroe de Cleveland” vivía al lado de la casa donde Ariel Castro mantenía cautivas a tres mujeres y una niña. El acudió ante los gritos desesperados de una de ellas, la ayudó a salir, se comunicó con el número de emergencias y un rato más tarde, cuando el caso de secuestro estalló hasta convertirse en una noticia de alcance universal, estuvo allí para atender al periodismo.

En las imágenes de ese primer día está con una remera clara, en medio de un enjambre de micrófonos, con el telón de fondo de una escenografía que parece sacada de un capítulo de CSI: la casa del horror, el reflejo de las luces de decenas de patrulleros y un grupo creciente de curiosos.

De las horas iniciales son algunas de las declaraciones que ayudaron a convertirlo en personaje. "Hermano, supe que algo iba mal cuando una pequeña niña blanca corría a los brazos de un hombre negro" dijo el lavaplatos ,para sorpresa de los que suponían que ese tipo de diferencias estaban saldadas en un país donde un afroamericano gobierna desde 2007 y fue reelecto con un margen bastante holgado.

Aunque es posible, y hasta probable, que en siete días más Ramsey vuelva a la rutina de esponja y detergente, ahora lo pasan a buscar en limusina para llevarlo a los estudios de televisión y McDonald´s lo auspicia gracias a que él relató que cuando escuchó el desgarrador pedido de auxilio de Amanda Berry se disponía a comer una de sus hamburguesas.

Cómodo con su reciente fama, tranquilo como si hubiera nacido en un set, Charles se muestra humilde. "Solo hice lo que había que hacer", sentencia ante Anderson Cooper, una de las estrellas de la CNN que le sonríe y le advierte que ante los gritos que a él lo hicieron acudir a la casa de su vecino “otros hubieran apurado el paso”.

"Hay que tener cojones, hermano" concluye Ramsey, ahora de remera negra y con un gorro al tono. La convicción y el desparpajo con el que le habla a los periodistas más conocidos de Estados Unidos proporcionan los únicos momentos coloridos de una historia terrible y dolorosa.

Ariel Castro, el conductor de un transporte escolar que se permitía invitar ocasionalmente a los vecinos a almorzar en su patio, mientras ocultaba en el sótano a una joven, dos adolescentes y la hija que había tenido con una de ellas, enfrenta cargos por secuestro y violación y la justicia le fijó una fianza de 8 millones de dólares para garantizar que espere el proceso en prisión.

Cada minuto de sus víctimas, Amanda Berry, Gina De Jesus y Michelle Knight es espeluznante. La primera de ellas parece que dio a luz durante la navidad de 2006 sin ninguna clase de asistencia y con la amenaza de que, si la criatura nacía muerta, ella iba a correr la misma suerte.

Nadie sabe si alguna vez podrán volver a tener una existencia normal, pero si la vida les reserva otra oportunidad buena parte del crédito se lo lleva el lavaplatos del relato florido y enfático. Solo una voz se levanta contra su popularidad. Es la de Angel Cordero, el camionero que vive frente a la vivienda de la avenida Seymour 2207 y que afirma que él fue el primero en responder a los gritos de Amanda y el que tiró la puerta abajo para que ella pudiera correr hasta la casa de Altagracia Martí y realizar la llamada al 911.

“Si llaman héroe a quien rompió la puerta, pues ése soy yo”, asegura. “Si el moreno se quiere hacer el héroe, ése es su problema”, comenta resignado el dominicano que aguarda que las cautivas se decidan a hablar para que el mundo pueda reconocerlo.

Angel acepta que Ramsey efectivamente estuvo ayudando pero llegó después que la puerta había caído y mientras Amanda se comunicaba con la operadora de la policía. Menos expresivo y carismático que el lavaplatos, el chofer acepta que su principal problema es que casi no habla inglés y los medios, sobre todo la televisión, prefirieron el relato de alguien que dominaba la lengua.

A mitad de camino entre el rencor y la esperanza dice que todo se aclarará cuando Amanda cuente lo sucedido. Pobre inocente, ignora que cuando eso ocurra ya no importará quién ayudó a las chicas porque lo único que los periodistas querrán conocer es cómo fueron los diez años de cautiverio.

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