Trump, ¿carisma sin cordura?

14/11/2016 | 18:02

Las previsiones de las encuestas fallaron y también grandes diarios norteamericanos como The New York Times, The Washington Post, y hasta la informadísima cadena CNN: Donald Trump fue elegido presidente de los Estados Unidos de América; resultado que tampoco acertaron los principales diarios nacionales de Italia como La Repubblica, La Stampa, Il Messaggero.

Mientras en la noche europea del 8 de noviembre pasado el ciudadano italiano sensible a la situación interna de USA y a su rol internacional se había retirado a descansar con la convicción de que Hillary Clinton mantenía una real preferencia electoral del 64,5%, y que Trump había quedado relegado con el 35,5%, en la primera economía del planeta los cómputos del escrutinio más esperado sorprendían con claros indicios de la victoria del empresario, político y personaje televisivo de Queens, cuestionado hasta en el mismo Partido Republicano.

En el alba del miércoles 9 de noviembre, los conductores radiales y televisivos de Italia se fregaban los ojos, no tanto por la noche en vela, sino por los números que iban apareciendo favorables a Trump. Lo que en un primer momento se había dibujado en el horizonte de las posibilidades como etéreo y casi fantasmal, fue ganando la escena real. Poco a poco se acepaba lo increíble, y se decía que sólo un milagro podría cambiar el rumbo decisivo del resultado final.

El primer café de la mañana para tantos fue el más amargo en mucho tiempo; para otros fue más de lo mismo en el visceral descrédito de los que manejan la cosa pública, y hubo quienes se sintieron aliviados al ver que un personaje como Trump lograba la hazaña de sentarse en el sillón de la Sala Oval de la Casa Blanca, lo mismo que en el pasado reciente Silvio Berlusconi en el Palazzo Chigi como premier italiano, también él empresario multimillonario y experto en encontrar argucias y fisuras en la justicia para evitar pagos y condenas.

Los desatinos que muchos habían percibido como inconcebibles en un líder político, ahora aventaban el avance a la victoria de Donald Trump, no obstante su ofensa al sexo femenino: “cuando eres una celebridad con las mujeres puedes hacer lo que quieras”, (2005); o el desprecio a pueblos hermanos: “negros e hispanos son los culpables de casi todos los crímenes violentos”, (2013); o la amenaza a las instituciones democráticas: “si gana Hillary, no sé si lo aceptaré”, (2016). El candidato republicano a presidente, con una cultura cívica y política resquebrajada por el relativismo moral sin escrúpulos, se abría paso hacia la Casa Blanca, mientras seguía conjugando el verbo poder, a cualquier precio.

De poco habían valido el análisis de sus amenazas de castigo a las abortistas, sus declaraciones contra los mexicanos que huían de un país martirizado por la pobreza y ensangrentado por los traficantes de la droga, y el insulto al Papa Francisco al que se permitió llamarlo títere del gobierno mexicano.

A sólo 30 días de las elecciones Trump había sido duramente criticado por diversas personalidades del Partido Republicano: Paul Ryan presidente de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Reince Priebus, presidente del Partido Republicano, Mirch McConnel integrante de la mayoría en el Senado. “Voto shock: Trump presidente Usa”, tituló la Repubblica; “Una victoria contra todos”, indicó Il Giornale y, Avvenire: “Trump presidente de una América descontenta”. Todo estaba muy claro con un fondo muy oscuro, pero… ¿cómo explicarlo?

El presidente electo Donald Trump en sus criterios y acciones manifiesta la desconfianza en la capacidad de la razón para conocer la verdad objetiva de la vida personal, social, política y religiosa. Actitud que responde al llamado pensamiento débil. En definitiva, toma decisiones sin saber bien por qué, en base a qué principios o normas; no profundiza el conocimiento de hechos, instituciones, circunstancias. Este modo de ubicarse ante la vida y sus problemas, también permite que la indiferencia gane terreno con respecto a temas decisivos, el ecológico, por ejemplo: “Es un chiste de los chinos para que disminuya la competitividad del trabajo manufacturero norteamericano”, dice Trump.

El pensamiento débil es el soporte -irracional- del relativismo, que hace caso omiso de las verdades objetivas, y determina arbitrariamente lo que es verdadero o falso, lo bueno o lo malo, lo justo o lo injusto, todo vale lo mismo o nada vale nada, da igual. Así, la justicia se vuelve un mero marco de referencia, sin que en ella se descubra el espíritu de la dignidad humana que fundamenta su valor real. Por ejemplo, Trump defiende la vida del no nacido luego de algunas semanas de gestación, pero no le interesa la suerte de millones de personas que emigran por necesidades básicas de alimentación, casa y seguridad.

Asimismo, con idéntico simplismo irresponsable resulta fácil adherir a comportamientos violentos, que pueden llegar a ser criminales y suicidas, como el recurso a la guerra sin haber agotado las posibilidades del diálogo y la negociación para un acuerdo, mientras se es aplaudido por fanáticos nacionalistas. O, si se elige un candidato a presidente por simpatía epidérmica, pasión, conveniencia personal o del grupo social de pertenencia.

Lo dicho no significa que los 50 millones de ciudadanos que votaron a Trump no lo hayan hecho movidos por auténticas prioridades personales, familiares y sociales irrefutables -salvo algunas excepciones, seguramente-. El problema surge de las respuestas que da el candidato y de las acciones que propone en cada caso. Y aquí se necesita el discernimiento, que no ve sólo las urgencias, sino que es capaz de elegir una solución que no dañe la dignidad de nadie, aunque las medidas resultasen impopulares, aunque afectasen fuertes intereses, o que acarrearan ser marginado de determinados ambientes. La elección de valores fundamentales, inalienables, siempre produce la oposición de los que no los respetan.

Ante la inseguridad en muchos estados norteamericanos, es de destacar que, la decisión de no usar armas por parte de millones de personas -para que el país no se convierta en un gran far west- es una apuesta fuerte a la vida, aún a riesgo de perderla, vida que florecerá con mayor fuerza por el sacrificio de quienes así la defienden.

Por otro lado, es necesario tener en cuenta que en todos los pueblos late su conciencia colectiva, nutrida de convicciones comunes y de actos compartidos que le dan su identidad, los impulsan para lograr sus proyectos y los interpelan en cuanto a la satisfacción de necesidades reales y a moralidad de su actuar.

Con respecto a la población negra, los Estados Unidos de Norteamérica tienen una deuda histórica aún no totalmente saldada, porque si bien se considera que “toda vida, en cuanto tal vale igual que otra”, en diversas formas -con hechos y dichos- se afirma que “todos somos iguales, pero algunos más que otros”.

“Cuando los arquitectos de nuestra república escribieron las magníficas palabras de la Constitución y de la Declaración de Independencia, firmaron un pagaré del que todo estadounidense habría de ser heredero. Este documento era la promesa de que, a todos los hombres, les serían garantizados los inalienables derechos a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad” decía Martin Luter King (28 de agosto de 1963 frente al monumento a Abraham Lincoln en Washington, DC.). Ese pagaré aún no ha sido íntegramente pagado.

Pero aún antes del fenómeno esclavista, la tierra americana recibió el cristianismo cuando fue colonizada por los europeos (siglos XVI y XVII), incrementado por la inmigración. Hoy en día, especialmente en las comunidades protestantes, evangélicas y católicas radica el sentimiento religioso como soporte de la moral, que se asocia al sano humanismo, aún en sus vertientes no confesionales.

Por ello resulta devastador para el sentir norteamericano profundo esta manifestación de Hillary Clinton: “Los códigos culturales profundamente enraizados, las creencias religiosas y las fobias estructurales han de modificarse. Los gobiernos deben emplear sus recursos coercitivos para redefinir los dogmas religiosos tradicionales" (Conferencia sobre el feminismo en el Lincoln Center de Manhatan, 27 de abril de 2015). Asimismo, resulta desconcertante la hostilidad de Trump respecto a los inmigrantes y su intención de construir muros en vez de puentes. Son anti testimonios que, por su inhumanidad, hieren la sana conciencia del pueblo norteamericano.

A pesar de todo, después de conocerse el triunfo de Donald Trump, las promesas de colaboración que éste recibiera como nuevo presidente por parte de Hillary Clinton, de Barack Obama y de jefes de estado de todo el mundo, pueden significar un hilo de oro, capaz de tejer en el espíritu de fraternidad, un entramado de esperanza para la justicia y la paz en el mundo.

Cuando pensamos que en un presidente debe estar viva el alma de su pueblo, deseamos que Trump y todo su gobierno, puedan encarnar los más posible el espíritu de Abraham Lincoln, Martin Luther King, Dorothy Day y Thomas Merton, pilares de la libertad, la pluralidad, la justicia social, el diálogo y la apertura a Dios, mencionado en la Constitución norteamericana. Es el mismo Dios rechazado por las injusticias y crucificado en las guerras, pero vivo en el alma de los pueblos.

Es en la conciencia del pueblo donde se encuentra el espejo más límpido que refleja las virtudes del ciudadano norteamericano, capaz de concretar sus propias aspiraciones de libertad, unidad y felicidad.

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