El Papa sorprendió en un parque de Roma

29/04/2016 | 13:39

Tuve la información de que el Papa podría visitar, sin publicidad previa, la Ciudadela para la Tierra organizada por Earth Day Italia y Focolares en Villa Borghese, un enorme parque en el corazón de Roma con decenas de hectáreas de verde, jardines a la italiana, áreas de estilo inglés, fuentes, lagos, museos.

Allí, el domingo 25 de abril, Jornada Mundial Dedicada a la Integración Cultural, con entrada libre y gratuita, se dieron cita millares de participantes que visitaban stands, integraban talleres de arte, música, se interesaban por propuesta culturales, hacían deportes, todo bajo el signo de la fraternidad.

Alrededor de las 17, el revuelo general indicó que el punto de encuentro era frente a un escenario al aire libre, y que… estaba llegando el Papa, silenciosamente. Lo acompañaban los Monseñores Becciu y Fisichella, del Vaticano, y una pequeña guardia de civil. Era una visita sorpresiva, la inmensa mayoría ni siquiera hubiera podido imaginarlo.

Desde el comienzo se vio que se trataba de un encuentro informal, que el Papa se encontraba a gusto participando del programa para todos, que quería escuchar iniciativas solidarias y que estaba dispuesto a donarnos reflexiones y sentimientos del momento.

“Un preso de la cárcel de Rebbibia (en Roma, una de las más grandes de Italia) me escribió pidiéndome si podía ir a visitar a su madre enferma en grave estado, para darle un beso en su nombre antes que ella muriera. Le contesté que sí, estaba dispuesto a asistir a los encarcelados“, dijo Alfonso Nicola al comenzar su testimonio, y prosiguió: “Cuando llamé a la puerta fue la misma anciana que vino a recibirme. Le conté brevemente mi cometido y ella comenzó entonces a narrarme pasajes de la vida de su hijo que tanto amaba pero que malas compañías lo habían conducido por el camino equivocado. Emocionada aceptó mi gesto de afecto en nombre de él y me pidió que no lo abandonara”.

Francisco, sentado en una silla sencilla e inclinado hacia adelante absorbía cada palabra, cada gesto. “Pocos días después –recordó Nicola– me encontraba en la cárcel visitando a este detenido que por fin cobraba entera realidad ante mis ojos. Anhelante recibió mi relato y el último saludo de su madre que habría de fallecer pocos días después. Antes de partir, muy agradecido, me pidió por favor que conociese también a un compañero de celda. La conversación fue muy amena y me comprometí a visitar a su familia.

Mientras la voz incisiva, emotiva, se esparcía entre los árboles y las gentes, el compacto auditorio crecía sin cesar en la tarde apacible del último domingo que nos concedía verdad y sosiego.

“Así comenzó una maravillosa aventura que lleva 20 años –continuó el relato– que me permite conocer la dignidad de las personas privadas de libertad y ayudarlas en su reinserción a la sociedad. Ahora, con otras 120 personas componemos la asociación Persona.

Acompañamos espiritualmente a los encarcelados, colaboramos con sus gastos personales y asistimos a sus familias, generalmente de muy bajos recursos. Se ha creado una gran red de solidaridad que hace posible nuestro trabajo voluntario”.

Los aplausos de agradecimiento y aliento sirvieron también de bienvenida a un ex detenido, ahora animador de Persona. Era un hombre de unos 45 años, había conocido el oscuro encierro y los días tristes siempre iguales, hasta que un voluntario lo acompañó hacia la puerta de su propia dignidad, que se abrió de par en par para recibir afecto y ayuda y ponerse de pié. Y ahora periódicamente vuelve, luminoso, a la misma oscuridad y encierro, para acompañar a otros hacia la libertad, hacia el abrazo fraterno y la propia realización.

“Vamos a los bares que no han instalado máquinas tragamonedas, y decimos a sus dueños que si no lo hacen pondremos en marcha una campaña para que mucha gente se convierta en sus clientes. Y, a otros que ya las han instalado les decimos que haremos lo mismo si las quitan del local”, dijo una chica en otro testimonio, y el muchacho que la acompañaba agregó: “Estamos teniendo gran aceptación en toda Italia, la gente es sensible a la tragedia de familias enteras que terminan perdiendo todo y aún disolviéndose a causa de los juegos por dinero”.

Mientras tanto, el Papa en el escenario acariciaba la cabeza despeinada del más pequeño de una familia. De tanto en tanto pasaba su mirada por todos los asistentes, como acariciando los corazones atentos, sedientos de fraternidad, habitantes de una ciudad martirizada por la fragilidad, el vértigo, la indiferencia, pero animada por iniciativas como esta para “Vivir juntos la ciudad” e inyectarle esperanza.

Se sucedieron más experiencias de fraternidad, pero todo parecía incompleto sin la palabra de Francisco. “He traído un mensaje. Se los entrego, pero diré lo que ahora me viene in mente” dijo el Papa. Aplausos. Y agregó: “Ustedes hacen un hermoso trabajo: transforman el desierto en bosque, la muerte en vida. El desierto es feo, el físico y el que está en nuestro corazón, en las periferias y también en los barrios protegidos. El bosque está lleno de vida, lleno de verde”.  

El Papa invitó “a atajar la vida de donde viene, como el arquero en el fútbol… No tengan miedo de acercarse al conflicto que lleva consigo un riesgo y una oportunidad, para ustedes y para quienes asisten”.

Francisco concluyó guiando una breve oración improvisada que cada uno elevó en silencio. La gratitud y la alegría desbordaron en lágrimas y abrazos.

¡Qué emoción habíamos sentido ante el equipo de fútbol integrado por refugiados de distintos países africanos, cuando esa tarde en Villa Borghese (construida en 1633 para ser un paraíso de delicias de la clase más pudiente) subieron al escenario y saludaron al Papa junto a los voluntarios italianos que desde hace nueve años se convirtieron en sus hermanos!

¿Cómo olvidar a una niña de pocos meses -hija de uno de los jóvenes jugadores- que dormía en los brazos de su madre, junto a Francisco? Habían sido rescatados por la nave argentina Dignitas  cuando a bordo de una vieja barcaza, inciertos, surcaban el Mediterráneo en pos de las costas de Italia.

A la  pequeña, que llamaron Dignitas, en mi corazón le pregunté: ¿Qué soñabas cuando Francisco te bendijo? ¿Qué soñabas cuando tu sola presencia nos dijo que tu nombre, tu dignidad, es responsabilidad del mundo entero? ¿Soñabas tal vez con mil barcos de voluntarios que llevaban refugiados a un parque como este? ¿O soñabas a todo el mundo en un solo barco y que cada puerto es el hermano que tenemos enfrente?

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