Terremoto en Italia

A pesar de todo… ¡Feliz cumpleaños, Giorgia!

28/08/2016 | 13:11

El miércoles 24 de agosto un gigante que vive agazapado en las entrañas de la tierra movió sus músculos para recordar que existe y que su obra es el terror y la muerte.

Me he despertado hace unos minutos y no logro seguir durmiendo. Es como si a las 72 horas precisas de aquel fatídico cimbronazo tuviese una cita conmigo mismo y, espiritualmente, con los destinatarios de esta nota. Aquí estoy.

La página blanca en la computadora está dispuesta para ser espejo de lo que siento. La luz, es la memoria viva de lo que he vivido, Muchos podrán ver más allá de lo que diré, porque tienen más luz, han vivido mejor que yo, pero permítanme que una la llama de mi pensamiento -alimentada por los afanes vividos- a la claridad de sus corazones, para iluminar juntos la noche que nos invade.

Recuerdo que en mi hogar nos habíamos despertado sobresaltados por el crujir de muebles y ventanas; las lámparas pendientes del techo se mecían inexplicablemente y muchas cosas que habían lucido ordenadas adquirieron una ubicación grotesca, como si la casa hubiese recibido una inmensa cachetada que la dejó temblando. Las alarmas sonaron como incontrolados llantos, las luces de algunos departamentos se encendieron, pero pocos salieron a la calle. El aturdimiento impedía reaccionar con coherencia. La televisión continuaba con sus programas habituales, hasta que un cartel sobrepuesto informó sobre un movimiento telúrico con identidad preocupante: terremoto con intensidad 6.0.

A partir de ese momento, mientras trataba de reordenar mis emociones (¡qué difícil!), como corresponsal en Italia de Cadena 3 comencé a nutrirme de información. Cuando llamé a la radio ya estaban proporcionando datos del siniestro. Mientras tanto Sergio Pirozzi, intendente de Amatrice, desde el centro de Italia, conmovido, declaraba a la televisión: “la ciudad ya no existe”.

Cuando inicié mi viaje hacia Amatrice, ya se conocían los nombres de otras ciudades afectadas como Pescara del Tronto y en Accumoli, el epicentro, y se sabía de algunas decenas de muertos.

El recorrido de 156 kilómetros, estimado en 2 horas 20 minutos, demandó 4 horas, por la concentración de ambulancias, autos policiales, camiones de bomberos y del ejército que transportaban excavadoras y grupos electrógenos. La última hora la hice a pié hacia lo alto de la montaña, pues había que dejar vía libre a los medios de socorro.

Caminando afanosamente junto a colegas italianos y de otras partes del mundo, divisé la ciudad de Amatrice, donde el esbelto campanario de la iglesia de San Agustín, surcado por dolorosas grietas en su estructura, indicaba la hora 3,37, un minuto después del siniestro, cuando sus pulsaciones se detuvieron. En su lugar más alto, la punta vertical de la cruz hería, suplicante, al mismo cielo, mientras a los pies del templo los escombros eran la alfombra intransitable de la tragedia.

Bomberos con sus trajes rojos, miembros de Protección Civil distinguibles por sus chalecos verdes fosforescentes, policías con uniforme azul y miembros de asociaciones de voluntarios con ropa color naranja, se movían cautos entre los escombros en delicadas acciones para rescatar sobrevivientes. A cierta distancia parecían flores en un desierto de piedras, capaces de mover con decisión y fuerza, no exenta de ternura, las piedras inertes que aún aprisionaban el palpitar de muchas vidas.

Las víctimas eran trasladadas en camillas, o en su defecto tendidas en puertas encontradas entre las piedras, o sobre mantas sostenidas por sus bordes por cinco o seis hombres. Conmovía el ahínco, el esfuerzo y la valentía de enfrentar situaciones difíciles, incluido el riego de accidentarse por nuevos desmoronamientos.

Amatrice, ciudad medieval de cálidos edificios amarillos y ocres, que hasta pocas horas antes había exhibido su esplendor a 955 metros de altura, me fue mostrando poco a poco su rostro desahuciado y su ropaje de luto. La belleza circundante de los Apeninos era incrédulo testigo de la muerte venida desde abajo. Mientras, sus montañas y colinas floridas y los arroyos serpenteantes, obstinados, seguían recreando incesantemente la vida.

Por las calles de la ciudad que ya no era tal, el llanto por la muerte de parientes y amigos, se unía al de quienes se abrazaban por la sorpresa de encontrarse vivos. Las emociones de satisfacción, cuando alguien era rescatado con vida, se apagaban en el acongojado lamento, casi exento de palabras, de los que habían quedado solos, y de los heridos que balbuceaban el trauma interior de haber visto el propio fin muy, pero muy cerca.

Casas de familia, templos, oficinas públicas, negocios, escuelas, todo estaba quebrado, fatalmente herido. Era como si un cuadro de estupenda belleza hubiese adquirido una única tinta gris, de tristeza y siniestra quietud. Y que las personas, las construcciones y todas las cosas hubiesen sido amasadas en un único cuerpo imposible de ser definido. Porque… la destrucción es indefinible, es un misterio de negación. Allí, casi deambulado inquieto e impotente ante tanto dolor, sentí el rechazo, la náusea de lo que violentamente se convierte en otra cosa impregnada de nada. ¿Cómo encontrarle sentido al horror?

De pronto, apoyado a un portón de metal gris, vi a un anciano con la cabeza vendada, que pasaba sus manos ensangrentadas por su camisa blanca. No quería hablar, sus parientes habían fallecido.

Sofocado por la angustia no veía una salida para respirar esperanza. Le dije que la gente podía ayudarlo y, con el micrófono del grabador abierto, le pregunté si podía decirme algo. “Estoy solo, no puedo más” y calló. Fijó su vista en el cielo como para abstraerse del espanto que lo rodeaba. Le dije que debía tener fe y recomenzar. No me respondió. Lo miré de cerca, sus ojos me entregaron su bondad sufrida, síntesis presente de su propia vida.

Caminé unos pasos en busca de un lugar para sentarme y anotar algunos datos para cuando debiera comunicarme con Cadena 3, en directo. Entré en un espacio muy amplio, un recinto destinado a encuentros de personas al aire libre. Lo que había sido un magnífico lugar con columnas de mármol y arcos de medio punto, se había convertido en la escenografía de una película de guerra. El techo y las paredes de un edificio se habían derrumbado.

Extendida entre dos paredes, una viga de cemento entregaba hierros desnudos hacia abajo, como flecos de una cortina deshilachada, que no cubría nada. Todo se había convertido en una montaña de piedras y cascotes con restos de puertas y ventanas rotas con las puntas de sus vidrios amenazantes; las mesas y las sillas tiradas aquí y allá y cubiertas de polvo, vestían el uniforme gris de la tristeza.

Al fin me senté sobre un trozo de columna blanca derrumbada.

Estaba a disgusto, porque nadie puede acomodarse en la destrucción. Al mirar hacia el otro costado de la columna, en el piso descubrí una campana que yacía en forma horizontal, quieta, muda, imagen de un silencio denso que firmaba la soledad de muchos, de todo el pueblo. ¿Cuántas veces esa campana muerta había llamado a todos para celebrar la vida que llegaba, que se reproducía o que partía? Pero la muerte por una violencia como ésta, no figura en el programa de la vida.

“Estas piedras que hasta hace pocas horas y desde decenios o siglos fueron hogares, comercios, oficinas, templos… estas mismas piedras destruyeron esos ambientes humanos y aún mantienen atrapados a muchos habitantes de Amatrice. Estas mismas piedras de la vida y de la muerte desafían el espíritu de los abatidos por la inmensa prueba: se dejan vencer por la parálisis de la tristeza, o renace por la esperanza y la solidaridad”, dije en diálogo con Mario Pereyra, conductor de Juntos.

Al anochecer, en Pescara del Tronto, desde las entrañas de los escombros se escuchó un grito “me llamo Giorgia”. La pequeña de casi 4 años había sido encontrada viva debajo de su hermana Giulia, de 8 años, que murió protegiéndola. Giorgia fue operada con éxito. Pero al despertar no logró hablar. Ahora llora en silencio, junto a la muñeca que la acompañó durante 17 horas bajo las piedras.

Hoy Georgia cumple 4 años. Ya no tiene su casa. Tampoco gozará de la fiesta, pero su silencio por el shock del horror vivido es más fuerte que los temblores. Giorgia, sin palabras, sacude nuestras conciencias. ¿De qué valdría reconstruir las ciudades arrasadas por el sismo, si no dejamos de prepararnos para la guerra, si 300 mil niños son adiestrados para matar y morir, odiando? ¿Cómo detener a quienes amenazan con explosiones nucleares “preventivas” como Corea del Norte? ¿Qué hacer ante el tablero internacional donde siempre triunfan los más fuertes, sin epílogo de paz asegurado. Sólo la muerte de incontables vidas y la del “rey” por “jaque mate”, permite… la preparación de una nueva guerra. La solución, la regla de oro la conocemos: ”haz al otro lo que deseas que hagan contigo”.

Mientras esto no suceda, la tierra seguirá respondiendo como es tratada, y como nosotros mismos nos relacionamos.

Querida Giorgia, tú sonreirás y gritarás nuevamente tu nombre, cuando veas que somos capaces de vivir en justicia y paz. O cuando, entendiendo que vale la pena dar la vida por esto, la satisfacción de hacerlo te hará feliz. Por todo ello… ¡Feliz Cumpleaños, Giorgia!

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