La fama es puro cuento

Los tres paraísos

El abuelo había plantado tres paraísos en el fondo del patio y nunca sospechó que su hijo y su nieto terminarían usando los árboles en interminables duelos futboleros. Escuchá o leé el cuento.

13/10/2019 | 14:50

Mauricio Coccolo

Mauricio Coccolo

Previsor y meticuloso, el abuelo había plantado los tres paraísos en el fondo del patio siguiendo una línea recta imaginaria que en el futuro dejaría espacio suficiente para levantar una tapia detrás. Nunca sospechó que su hijo y su nieto terminarían usando los arboles como arcos para enfrentarse en interminables duelos futboleros.

La distancia entre las plantas estaba pensada para que las copas se unieran y proyectaran una sombra refrescante durante las siestas del verano. Al abuelo le gustaba mantener la tierra sin malezas y solía regarla hasta tres veces por día. Jamás imaginó que, con el tiempo, su hijo y su nieto preferirían dejar crecer el césped para poder volar de un palo al otro sin rasparse los codos y las rodillas.

Dependiendo de quién los contara, unos cuatro o cinco pasos separaban a los tres paraísos entre sí, una distancia perfecta para usarlos como arcos de una cancha sin medidas fijas. En un costado al límite lo marcaba la medianera compartida con el vecino, hacia el otro lado estaban las ligustrinas y para adelante se podía jugar hasta la fila de macetas.

En el futuro, dos nobles helechos serían ideales para armar el otro arco. Exponer a las plantas de la mamá —o la esposa, según quién recibiera los reproches— fue una necesidad ineludible. Al principio no hacían falta las macetas porque padre e hijo jugaban a las mareaditas sin arquero. El niño, que apenas podía mantenerse parado, se tomaba de la pierna de su papá y giraba tratando de sacarle la pelota. Cada tanto la calesita dejaba que el enanito robara la sortija y saliera corriendo, con más entusiasmo que estabilidad, pateando el indomable pedazo de cuero que le llegaba hasta las rodillas.

Cuando aquel nene descubrió cuál era su pierna más hábil y tuvo la fuerza suficiente para dejar los cascos marcados contra el tapial, empezaron a jugar a los penales. Antes de que llegara su papá, usaba la pared para mejorar la puntería. Con una tiza había dibujado números del uno al cuatro en los ladrillos de los ángulos, arriba y abajo. Como si se tratara de un videojuego, el desafío era acertar a todos, con la menor cantidad de remates posibles, y superar la etapa final pasando la pelota por la horqueta del paraíso del medio.

Al esposo no le importaba discutir con su esposa quién refregaría las manchas de pasto de los pantalones; al papá lo único que le interesaba era llegar y convertirse rápidamente en el arquero bufonesco de su hijo, después de pasarse casi medio día trabajando. Hacía que atajaba, se tiraba, pero no agarraba una: algunas pelotas se le escapaban entre las piernas y otras le rompían mágicamente la resistencia de las palmas.

Las tardecitas se convertían en noche cuando mamá los llamaba a comer. Si gritaba desde la cocina todavía quedaba un rato más, pero cuando salía secándose las manos con el repasador era como un silbatazo final y solo había tiempo para un penal más: el último, el del gol ganador, ese que contado al otro día sería tan espectacular que provocaría admiración entre los compañeritos de la escuela.

Nada volvería a ser igual después de que decidieron que ya era hora de jugar en serio, como en los partidos que veían o escuchaban juntos. Atajarían y patearían un penal cada uno, alternándose. Eso era una serie de penales, según le había explicado su papá, que llevaría la cuenta de los goles, aunque el hijo tendría la última palabra cuando surgiera alguna confusión que siempre se terminaría resolviendo a su favor con un remate más o una atajada épica y espectacular. Épica y espectacular eran palabras que usaban mucho los periodistas en la radio, de ahí las había aprendido, y le gustaba decirlas cuando narraba las acciones durante los penales. La doble función de jugador y relator le permitía, además, convertirse en un tercero neutral cuando necesitaba reclamar alguna infracción reglamentaría que obligaba a patear de nuevo.

El ganador era siempre el mismo y al padre no le parecía mal. Pensaba que dejarse ganar incentivaba el espíritu competitivo de su hijo. No quería desanimarlo con derrotas dolorosas y buscaba descubrir si en algún lugar tenía condiciones para intentar el camino que a él no le habían dejado tomar porque era más seguro seguir estudiando. Además, suponía que hacerlo perder podía generar en el pibe una frustración o un trauma de esos que después le reprocharía, entre risas, cuando recordaran aquellas inolvidables tandas de penales en el patio.

A la vuelta de las últimas vacaciones que compartieron en familia, antes de que se impusiera la rebelión adolescente, empezaron a jugar a las cabecitas como habían visto que hacían otros en la playa. Fue en ese verano cuando las macetas se volvieron indispensables para armar un segundo arco. El nivel de los enfrentamientos crecía junto con los reproches de mamá, que no podía entender cómo dos grandulones eran capaces de discutir tanto por si la pelota había rozado o no las hojas del helecho.

Las mañas no tienen edad, pero crecen, o cambian, con el paso de los años. Aquel nene que lloraba y pataleaba porque su papá lo hacía renegar, aprendería a agudizar el ingenio y dejaría de buscar la protección de mamá. Entre otras cosas, empezaría por tirar la pelota larga para evitar los choques contra esos pesados 90 kilos que tenía como rival. El problema con las destrezas es que sirven en una época, pero pueden ser inútiles para la siguiente: por eso la vida demanda un aprendizaje continuo.

Los cambios avisan, no traicionan, aunque suelen sorprender. Al padre la primera cana le pareció tan simpática como la primera vez que su hijo trató de ganarle con el cuerpo una pelota que había quedado más corta de lo buscado. Cuando chocaron los hombros las fuerzas se mezclaron y cayeron juntando césped con las espaldas de los buzos. Las canas posteriores ya no despertarían una risita despreocupada frente al espejo y lo mismo pasaría con el segundo cuerpo a cuerpo. Algo estaba cambiando.

Como esas cosas que pasan y solo se advierten una vez que pasaron, llegó el día en que dejó de ser necesario que el papá se dejara ganar por su hijo. Ya no hacía falta que aflojara las manos porque la pelota traía la potencia suficiente para vencerlas. Las coberturas con los brazos pasaron a ser encarnizadas disputas. Alrededor del balón confluían ahora dos fuerzas equilibradas, aunque en poco tiempo cruzarían la línea hacia el otro lado. La relación seguía siendo la misma, pero al revés.

Con media sonrisa, el padre advertía que los dos habían crecido, pero solo uno estaba envejeciendo. Ambos ganaban y perdían contra el único invicto: el tiempo. El paso del tiempo. Los últimos duelos, los más parejos, peleados y discutidos serían bajo el sol de las siestas de invierno. Para el verano muchas cosas, y no solo las vacaciones, dejarían de ser lo que habían sido.

Cada tanto, cuando el solcito del frío los volvía a encontrar sentados en el patio con medio cuerpo bajo la sombra de los paraísos, y con olor a mandarina en la punta de los dedos, la nostalgia los empujaba de nuevo hasta aquellos días. Escupiendo los recuerdos como si fueran semillas, un poco en broma y otro tanto en serio, cada uno trataba de imponer la tarde que más le convenía. Como siempre, era el padre quien se dejaba ganar. Le gustaba caer en la trampa de la memoria. Elegía recordar aquella nochecita que creía, y quería creer, había sido la última.

Las condiciones de su hijo ya habían encendido la ilusión: en el club lo esperaban después de las fiestas de fin de año para empezar la pretemporada. De alguna forma, estaba retomando aquel destino que su papá había tenido que abandonar. Pero los dos sabían que no se trataba del mismo camino, ni pretendían que lo fuera. Los sueños pueden ser compartidos, pero, como las personas, nunca habrá dos iguales.

No hicieron falta las palabras. Como era costumbre los dos hablaban lo justo y necesario. A veces, incluso menos. Sin buscarlo, quedaron enganchados de los brazos en el forcejeo. La pelota los esperaba desafiante, indecisa. Cruzaron las respiraciones, una estaba notoriamente más agitada que la otra y no era solo por culpa de los años y el cigarrillo. Los brillos de los ojos se conectaron durante un segundo. O quizás, dos. El cuerpo más joven y vigoroso se aflojó, soltó los músculos y, pretendiendo que no se notara, cedió su lugar. Disimuladamente, dejó de hacer fuerza. El otro cuerpo, el más viejo y baqueteado, aprovechó la ventaja, tomó la pelota y trotó intentando correr hasta que la soltó como un suspiro entre los paraísos. Fue en ese momento cuando el padre respiró profundo mezclando el alivio con la satisfacción: su hijo ya había aprendido todo lo que necesitaba saber.

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