Grandes del Deporte

La Generación "Adorada"

Cada 28 de agosto se celebra el Día del Deporte Argentino en honor a las medallas de oro obtenidas en fútbol y básquet en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004. Nuestro homenaje. 

28/08/2021 | 13:30

Jorge Parodi

Jorge Parodi

El alma debería tener un caja de ahorro en algún banco para depositar en su cuenta momentos que queremos guardar para siempre.

Tal vez esa cuenta debería evitar largos y tediosos números, para solo responder a un password denominado: "Emociones Imborrables".

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Tenía que ser ahí, en Atenas, donde habitan los Dioses del Olimpo, donde 105 años atrás el barón Pierre de Coubertin tuvo la idea de revivir los antiguos Juegos Olímpicos.

La mente vuela hacia aquellas inolvidables y calurosas noches de Atenas 2004, que me tocó narrar para la radio desde Grecia, cuando el deporte argentino logró lo que parecía una quimera: ganar un Oro Olímpico.

Fue justamente en la cuna del Olimpísmo, donde el deporte argentino comenzó a recuperar el orgullo perdido.

Tengo grabado a fuego entre mis mejores días aquel sábado 28 de agosto de 2004.

Nos despertamos muy temprano, el día era largo y prometedor. Junto a queridos colegas, nos hospedamos en la zona de Plaka, y la Acrópolis era el imponente paisaje que podíamos disfrutar desde nuestra ventana y a la vez el testigo de nuestra ansiedad.

El moderno tren del metro en la estación de Monastiraki, nos depositaría en un mundo de sensaciones difíciles de explicar.

A primera hora, aquel cuarto puesto y el diploma Olímpico para el Pollo Santiago Fernández en remo, eran un buen presagio.

Luego, en un horario poco común, a las 10 de la mañana de Atenas -4 de la madrugada de nuestro país-, en el estadio Olimpico Spiridon Louis en honor al famoso maratonista griego ganador de la primera maratón de los Juegos Olímpicos de Atenas 1896, Argentina debía jugar la final de fútbol frente a la aguerrida selección de Paraguay.

En aquella mañana a pleno sol, con poco clima futbolero, el equipo de Bielsa cortó aquellos 52 años sin ganar una medalla de oro en Juegos Olímpicos, con aquel gol de Carlitos Tevez y un equipo que terminó con el arco, que defendía el Poroto Lux, invicto.

El estadio Olímpico, con capacidad para 75 mil espectadores, estaba ocupado en un 60%.

Era mi tercer Juego Olímpico y en verdad, estaba cansado de informar  que la última medalla de oro para Argentina había sido la de los míticos remeros Tranquilo Capozzo y Eduardo Guerrero, quienes ganaron la prueba de doble par de remos sin timonel en los Juegos Olímpicos de Helsinki en el lejano 1952.

La selección Argentina de fútbol ganaba el oro que se nos había negado en Amsterdan 1928 y en Atlanta 1996.

Como hinchas y cronistas de esa hazaña, corrimos junto a mi colega y amigo Joaquin Balbis hacia el campo de juego, donde los pibes argentinos saltaban, cantaban e improvisaban una ronda de algarabía.

Las medallas doradas y las coronas de laureles -que se implementaron en las premiaciones, en homenaje a los antiguos Juegos Olímpicos de Atenas- distinguían a estos chicos argentinos que comenzaban a escribir su propia historia en páginas doradas.

Los rostros juveniles del "Jefecito" Mascherano, Lucho Gonzalez, D'Alesandro, Heinze, el Kili González, el "Chelo" Delgado, Saviola, Lux, Coloccini, Luciano Figueroa, Willy Caballero, Mauro Rosales y Carlitos Tevez, entre otros. No podían contener su alegría, junto a un Marcelo Bielsa que dejó de lado su permanente gesto adusto, para permitirse, por un rato, disfrutar de unos minutos de algo parecido a la felicidad.

Pocas veces pudimos ver a Bielsa con una sonrisa tan generosa y descontracturada. Nadie imaginó, que pocos días después presentaría su renuncia a la Selección.

Camino al centro de prensa nos enterábamos de que en Agios Kosmas (a unos 50 kilómetros de Atenas), Santiago Lange y el Camau Espinola, sumaban una medalla de bronce en vela.

Todo indicaba que en aquel sábado 28 de agosto de 2004, el deporte Argentino tenía el viento a su favor.

A las pocas horas, ya de noche, a las 22.30hs de Grecia -16:30hs de Argentina- la cita era en el imponente Olympic Indoor Hall, en el Parque Olímpico.

Nada menos que la final del básquetbol contra Italia que nos había ganado en la ronda inicial, solo faltaba un paso.

Creo que no terminaba de entender que era un testigo privilegiado de un hecho deportivo y emotivo sin igual. La historia estaba ante mis ojos y tenía la responsabilidad y el privilegio de poder contarla.

Veníamos de emoción en emoción, desde el primer día de competencia, con aquella medalla de bronce de la gran Georgina Bardach, justo dos semanas antes. De aquel vuelo agónico y milagroso del Manu Ginobilli en el último instante del partido inicial ante Serbia y Montenegro que provocó la loca carrera de Ruben Magnano y el asombro, sin tiempo, de quienes ya nos resignábamos al destino de derrota.

De aquella épica victoria en semifinales ante el Dream Team de Estados Unidos, donde se fracturó un hueso de la mano Fabricio Oberto y no pudo jugar la final.

Ante el Dream Team, Argentina brindó una función de gala y coraje, ante un equipo casi invencible, que representaba al mejor básquet del planeta.

Esa noche de sábado, como ocurrió por la mañana con el fútbol, me aferré a mi credencial de periodista y trate de disimular mi ansiedad y mi emoción. Tuve la sensación que no iba a poder… Finalmente no pude.

Miré a los costados y a mis colegas les pasaba lo mismo. Es que, como en el tango: les adivino el parpadeo.

En el primer cuarto Argentina se imponía sobre Italia por 7 puntos, pero en el segundo la diferencia se achico a sólo 2.

El partido era vibrante, intenso y emotivo.

El público griego alentaba a los italianos, no podían digerir que Argentina los había eliminado en cuartos de final y se había apropiado del sueño de ganar el oro.

En el tercer cuarto, Italia empató el partido en el inicio y pasó luego al frente con tres triples consecutivos. En ese momento, para la Argentina resultó decisivo el rendimiento de Scola quien anotó nueve puntos seguidos, permitiéndole recuperar la ventaja y terminar el cuarto con seis puntos arriba.

El comienzo del último cuarto nuevamente mostró la ofensiva de Italia, que llegó a ponerse un doble abajo

Sin embargo, una vez más reaccionaron los argentinos, con dos triples del "Puma" Montecchia e importantes dobles de Scola y Wolkowysky para establecer una ventaja decisiva de trece puntos. De allí al final, Argentina jugó con el reloj para obtener una victoria por 84-69 que le dio la medalla de oro.

La emoción nos explotó con la chicharra final y ya no importo más nada.

Saltamos a la zona mixta saliendo al aire con la voz entrecortada, destilando emoción genuina, con el corazón que estallaba y tratando, en vano, de esconder esas benditas lágrimas traicioneras.

Mientras presenciaba extasiado el loco festejo argentino, algo me lleva a aplaudir a rabiar, a olvidarme de mi credencial  y gritar por Argentina.

En ese momento de gloria, Manu Ginobilli tuvo la grandeza de acercarse a los micrófonos de Cadena 3. Tal como lo hizo después del partido contra Estados Unidos cuando en el programa de Rony Vargas se contactó con su padre, que estaba en Bahía Blanca.

Sin dudas, Emanuel Ginobilli fue genial estandarte de un equipo inolvidable.

La Generación Dorada lograba una de las mayores hazañas del deporte Argentino de todos los tiempos, con un grupo de jugadores-compañeros-amigos que obtuvieron lo que parecía imposible.

Fueron más de 15 años de respeto, de compromiso, de gloria deportiva, de abrir puertas en la NBA y provocar el  asombro en el mundo del básquet.

Aquel  subcampeonato mundial en Indianapolis, las medallas en Atenas y Beijing (bronce), fueron solo mojones de un equipo que se convirtió en una  marca registrada.

Fueron la Generación Dorada, que de tanto dar se convirtió para los argentinos -o al menos para mí- en la “Generación Adorada”, querida, admirada.

Más que títulos y medallas, nos dejaron valores, enseñanzas.

La Generación Dorada es al básquet argentino, lo que Fangio al automovilismo, Vilas al tenis, Los Pumas al rugby, o Las Leonas al hockey.

En todos estos casos los protagonistas le dieron a sus deportes lustre y excelencia; pasión y emoción; compromiso y ejemplaridad.

Manu, Scola, Oberto, Chapu, Pepe Sanchez, Delfino, Leo Gutierrez, el Colorado Wolkowyski, Fernandez, Herman, Montechia, Sconochini  fueron los hijos destacados de esa buena idea de mediados de los '80: La Liga Nacional de Basquet.

Fuimos contemporáneos de uno de las mejores representaciones argentinas de todos los tiempos y en cualquier deporte.

Quiero regresar a esa noche del sábado 28 de agosto de 2004 en Atenas, fecha que desde hace algunos años fue establecida como el DÍA DEL DEPORTE ARGENTINO.

Me vuelvo a ubicar en ese estadio, con el corazón latiendo a la velocidad de un Fórmula 1, con mi brazo derecho tembloroso sosteniendo a duras penas un micrófono, esperando en zona mixta a los grandotes del basquetbol, que esa noche fueron gigantes.

Dejo que el nudo en la garganta se desate y como al pasar pregunto si alguien tiene algún pañuelo.

Quiero guardar en el alma cada imagen, cada gesto, cada emoción.

Sé que mañana, volveré a la rutina de los días iguales o parecidos.

Me pregunto dónde deposito tanta alegría, tantas emociones, tanto agradecimiento, tanta admiración.

Sé que forman parte de un capital intangible que ya nada, ni nadie podrá quitarme.

Sólo se me ocurre un supuesto banco virtual para depositar en la cuenta del alma este momento imborrable. En el Banco del Alma y en la cuenta de “Emociones Imborrables”.

Mi caja de ahorro no tiene números, ni CBU, ni siquiera un centavo. Mi único  password, mi contraseña, mi pasaporte al recuerdo, es solo una frase, tal vez cursi, poco original. Una expresión sincera, dicha a corazón abierto:

“Gracias por tantas emociones, querida e inolvidable Generación Adorada”.

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