Fuera de foco
31/01/2026 | 12:14
Redacción Cadena 3
Por Pancho Marchiaro.
Si el calor del verano te abruma, hoy te propongo un viaje corto pero profundo. No hace falta salir de Córdoba ni tomarse vacaciones, sino caminar con calma por el centro y dejarse llevar.
Arranquemos por donde dicen los historiadores que hay que empezar: por el comienzo. Si venís bajando por Trejo, cerca del Patio Olmos, vas a cruzarte con el Colegio Nacional de Monserrat y la Compañía de Jesús. A la derecha, una marea constante de futuros abogados entra y sale de la Universidad Nacional de Córdoba. Todo pasa al mismo tiempo. La ciudad late.
Un poco más adelante aparece la plazoleta del Fundador Jerónimo Luis de Cabrera y el Santo Cura Brochero miran en silencio. Doblás a la izquierda por el pasaje Santa Catalina. Entre La Tasca y El Quijote, casi escondida, está Rubén Libros.
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No es una librería común. Y no lo digo por la cantidad incomprensible de libros que hay apilados, encimados, acomodados como pueden. Lo que vuelve único a este lugar es Rubén. Muchos creen que su apellido es Libros. Se equivocan. Rubén se apellida Goldberg y hace más de 60 años se dedica a vender libros.
Una vez le pregunté cuántos libros había en su librería. Me miró serio, casi ofendido. Me dijo que le daba miedo saber ese número y que por eso nunca había querido averiguarlo.
Rubén recibió el premio al mejor librero del país, la distinción Democracia y Solidaridad y el Galardón mayor: Un Jerónimo Luis de Cabrera. Pero eso es apenas un dato. Lo verdaderamente valioso ocurre cuando él decide contarte algo. Entonces te saca a la vereda, te para frente a la vidriera, con el sol pegando de lleno en la peatonal, y baja la voz como si fuera a revelar un secreto.
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/Fin Código Embebido/Justamente uno de esos secretos tiene como protagonista a Ernesto Sábato. A fines de los años 60, Rubén lo invitó a Córdoba a presentar uno de sus libros. Era pleno verano. Córdoba tenía un corte de agua corriente. Lo alojaron en el Gran Hotel Dorá. Cuando Sábato quiso ducharse, no salió una gota de la ducha. En la recepción le dijeron que no iba a haber agua. Pidió dos botellas de agua mineral, se lavó la cara, armó las valijas, tomó un taxi y se volvió a Buenos Aires. El libro nunca se presentó.
La anécdota suena a cuento pero es real. Y es apenas una de las tantas historias que Rubén guarda y reparte como si fuera el autor de un libro infinito que habla de Córdoba y de la literatura argentina.
Por eso, cuando el calor aprieta, cuando uno se siente solo o demasiado acompañado, cuando acabás de cobrar el aguinaldo, o cuando las deudas te respiran en la nuca, vale la pena entrar a Rubén Libros.
Ahí, entre estantes imposibles y relatos al paso, existe un punto mínimo y poderoso. Un Aleph. El de la literatura. El de la ciudad de Córdoba.
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