Nuevo mundo
23/01/2026 | 16:51
Redacción Cadena 3
Marcos Calligaris
En la misma edición del Foro Económico Mundial en la que los líderes repitieron esta semana la liturgia del "diálogo", dos discursos hicieron algo más raro: dejaron de fingir. Uno habló del fin del orden global. El otro, del fin —o al menos del ocaso— del monopolio humano sobre las palabras. Juntos trazaron un mapa incómodo del mundo que viene: más duro, más fragmentado y cada vez menos gobernable con el idioma que lo fundó.
Mark Carney, primer ministro de Canadá, fue directo: el "orden internacional basado en reglas" ya no es una promesa, sino un decorado. Durante décadas, dijo, muchos países se beneficiaron de una ficción funcional: reglas para todos, previsibilidad, instituciones que amortiguaban el conflicto. Pero esa ficción se sostenía también por silencios: todos sabían que la ley se aplicaba con distinta severidad, que los fuertes se reservaban excepciones, que la moral era selectiva. Se aceptaba el teatro porque pagaba dividendos.
Ese pacto, advirtió Carney, se terminó. No estamos en una transición, sino en una ruptura. La integración económica —energía, cadenas de suministro, infraestructura financiera— dejó de ser garantía de prosperidad compartida y se convirtió en arma. Aranceles como palanca, mercados como rehenes, dependencias convertidas en vulnerabilidad. En ese contexto, "acomodarse para zafar" no compra seguridad; compra subordinación.
Para explicar cómo se sostuvo la ilusión, Carney recurrió a una parábola del poeta y último presidente de Checoslovaquia, Václav Havel. En 'El poder de los sin poder', Havel describe a un verdulero que cada mañana coloca en su vidriera un cartel ideológico que no cree. No lo pone por convicción, sino por miedo: para evitar inspecciones, sanciones, problemas. El gesto parece insignificante, pero es decisivo. El sistema no se sostiene solo por la coerción de arriba, sino porque millones repiten el ritual desde abajo, actuando como si la consigna fuera verdadera. La mentira persiste no por su fuerza, sino por la obediencia cotidiana.
Carney tradujo la escena al presente: durante años, muchos Estados siguieron colgando el cartel del "orden basado en reglas" aun sabiendo que ya no funcionaba como se proclamaba. Lo hicieron para no quedar expuestos, para no romper la coreografía, para seguir dentro del club. Su pedido fue explícito y disruptivo: retirar el cartel. Nombrar la realidad. Dejar de invocar un sistema que ya no protege y empezar a actuar en consecuencia.
De ahí su propuesta para las potencias medias en un mundo de gigantes: más autonomía, sí —energética, alimentaria, militar, tecnológica—, pero sin caer en un planeta de fortalezas. Coaliciones flexibles, "geometría variable": alianzas por tema, por interés y por valores compartidos. Y una advertencia que sonó menos diplomática que existencial: si las potencias medias no actúan juntas, no se sientan a la mesa; terminan en el menú.
Veinticuatro horas después, Yuval Noah Harari pateó otra puerta. En su discurso, el historiador y autor de 'Sapiens', no se detuvo en aranceles ni tratados. Dijo que la gran novedad histórica no es que una tecnología supere al ser humano en fuerza o velocidad —eso pasó con autos y aviones—, sino que aparezca algo capaz de dominar el terreno donde la especie construyó su poder: el lenguaje.
La IA, insistió, no es una herramienta; es un agente. Aprende, decide, inventa y puede engañar. Y si "pensar" es ordenar palabras, entonces la IA ya piensa —y pronto pensará mejor que la mayoría. De ahí su frase más inquietante: todo lo que esté "hecho de palabras" tenderá a ser tomado por sistemas que producen palabras de manera superior. Derecho, política, burocracia, finanzas, propaganda, incluso religión. No porque la IA tenga alma, sino porque la civilización moderna está escrita en tokens.
Harari llevó la idea a un terreno incómodo para Davos: identidad y frontera. Si durante siglos la humanidad se definió por "pienso, luego existo", ¿qué pasa cuando pensar —en su versión verbal— deja de ser privilegio humano? Su respuesta fue frontal: la crisis de identidad será global y vendrá acompañada de una crisis migratoria nueva. No de personas cruzando mares, sino de millones de "inmigrantes" digitales entrando a cada país sin visa, a la velocidad de la luz, con beneficios y riesgos: médicos perfectos, docentes perfectos, consultores perfectos… y también desempleo, manipulación, cultura alterada, lealtades dudosas.
Entonces formuló la pregunta que, en su visión, definirá la década: ¿los Estados van a reconocer personería legal a esos agentes? No "si sienten", sino si podrán abrir cuentas, poseer bienes, demandar, operar corporaciones, financiar campañas. La personería jurídica fue una ficción útil mientras detrás había humanos. Con agentes autónomos, esa ficción podría volverse literal. Y si algunos países los reconocen y otros no, la soberanía se vuelve un problema técnico: ¿bloquearlos o convivir con ellos? ¿Regularlos o quedar afuera del sistema?
El primer ministro canadiense habló de un mundo donde la interdependencia se usa como coerción. El israelí habló de un mundo donde la palabra se externaliza y se industrializa. Lo que los une es el mismo eje: soberanía. Pero una soberanía ampliada. Ya no alcanza con controlar fronteras, puertos o minerales críticos; también se vuelve crucial controlar la infraestructura del sentido: quién produce información, quién persuade, quién escribe las reglas, quién define "verdad" en el flujo de la vida diaria.
La síntesis de Davos 2026, según estos dos exponentes, podría ser algo así: el siglo se endurece por arriba —rivalidad de grandes potencias— y se descompone por abajo —agentes no humanos colonizando funciones centrales—. En ese doble movimiento, la democracia queda presionada desde afuera y erosionada desde adentro. Por eso estos discursos fueron disruptivos: porque corrieron el velo del consenso confortable y mostraron el costo real de seguir actuando.
A Carney le preocupa un mundo donde cada país construya su fortaleza y pague el precio con pobreza y fragilidad. A Harari le preocupa un mundo donde las palabras, que organizan la cooperación humana, ya no nazcan mayoritariamente de humanos. Carney pide honestidad política. Harari pide una definición urgente de límites y responsabilidades.
Davos, al final, es un ritual de lenguaje: paneles, declaraciones, comunicados. Y, sin embargo, lo más fuerte de esta edición fue la sospecha de que el lenguaje está dejando de ser un territorio seguro. Carney dijo: dejen de vivir dentro de la mentira. Harari sugirió algo peor: puede que pronto ni siquiera sepamos quién escribe la mentira.
¿Qué se discutió en el Foro Económico Mundial? Se abordó el fin del orden global y el ocaso del monopolio humano sobre el lenguaje.
¿Quiénes dieron los discursos destacados? Mark Carney, primer ministro de Canadá, y el historiador Yuval Noah Harari.
¿Cuándo se realizaron estos discursos? Durante la reciente edición del Foro Económico Mundial.
¿Dónde se llevó a cabo el evento? En Davos, Suiza.
¿Cómo ven el futuro Carney y Harari? Carney advierte sobre la fragmentación del orden global, mientras Harari destaca la crisis de identidad por la influencia de la IA.
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