Documentos del pasado
05/06/2026 | 12:03
Redacción Cadena 3
En mayo de 1779, una nutrida comitiva recorrió las siete leguas que separan la ciudad de Córdoba de la estancia de Alta Gracia para verificar un hecho que desafiaba toda lógica: que una anciana esclava llamada Lucía Trejo tenía cerca de 175 años. La encabezaba el alguacil mayor Nicolás García Gilledo, y la integraban un teniente coronel, un sargento mayor, el contador del Juzgado de Diezmos, varios vecinos principales y un fraile franciscano. Iban a interrogar, bajo juramento y ante testigos, a una mujer que —según la tradición de la región y los papeles del antiguo colegio jesuita— había sido esclava de un obispo muerto a comienzos del siglo XVII.
La mujer ya no podía sostenerse en pie. Dos esclavos la cargaron en brazos desde su rancho hasta un aposento de la hacienda, la sentaron, y allí el alguacil le tomó juramento por Dios y por una señal de la cruz. Consultada por su nombre y su origen, respondió que se llamaba Lucía Trejo y que había nacido en Córdoba. Preguntada por su edad, dijo no saberla. Pero recordaba con perfecta nitidez a su primer amo: un fraile de San Francisco, alto y no muy grueso, que había muerto cuando ella era una niña de diez o doce años. Ese amo era fray Fernando de Trejo y Sanabria, segundo obispo del Tucumán y fundador de la Universidad de Córdoba, fallecido el 24 de diciembre de 1614. Si la anciana decía verdad, había nacido a comienzos del siglo XVII y rozaba los dos siglos de vida.
El hombre que rescató el expediente
Quien sacó del olvido aquel documento, más de un siglo después, fue monseñor Pablo Cabrera (1857-1936), el sacerdote, historiador y etnólogo cuyo nombre lleva hoy una importante avenida de la ciudad. Académico de la Academia Nacional de Ciencias, doctor honoris causa de la Universidad Nacional de Córdoba y director del Museo Colonial, Cabrera fue el mayor especialista de su tiempo en la historia eclesiástica del Tucumán, con obras dedicadas precisamente al obispo Trejo. En 1914 publicó el sumario completo en la ''Revista de la Universidad Nacional de Córdoba'', bajo el título ''Un caso de longevidad extraordinaria'', acompañada de sus propias anotaciones eruditas. Esa edición es la pieza que sostiene toda esta historia, y la razón por la que hoy podemos leer, palabra por palabra, lo que aquella mujer declaró.
En 1779, la estancia de Alta Gracia —que había pertenecido a los jesuitas hasta su expulsión— estaba en manos del maestre de campo José Rodríguez, y se litigaba sobre los bienes que el obispo Trejo había donado en su día para fundar la universidad. El procurador general interino, Felipe Antonio González, pidió al Cabildo que se dejara constancia formal del caso de la "negra centenaria", "a fin de que quede su memoria en estos anales" y para evitar que la desconfianza borrara un hecho del que no quedaban otros testigos. El Cabildo aceptó. Así se labró el sumario.
El interrogatorio
El testimonio que reprodujo Cabrera tiene una precisión asombroso. Lucía recordaba los nombres de los padres jesuitas que gobernaron la estancia —el padre Bazán, que la había casado; los padres Torres, Ortega, Espíndola—; recordaba los dos emplazamientos sucesivos del casco, dos leguas más hacia la sierra el primero; recordaba que la primera iglesia fue de tapial y la segunda de piedra. Recordaba haber ido de cocinera, con sus amos, a recibir a obispos que llegaban de visita, y que en uno de esos viajes, en La Candelaria, se había quebrado la mano derecha.
Lucía contó que se había casado una sola vez, con un esclavo llamado Miguel, con quien tuvo cinco hijos; que tres murieron solteros y que de los otros dos, Juana Inés y Joseph, descendía una larga rama de nietos, biznietos y tataranietos que ella misma ya confundía. Cuando le preguntaron por su única boda, dio el nombre del cura que la bendijo. Cuando le preguntaron por los gobernadores y obispos que habían pasado en su vida, respondió que de muchos no se acordaba, porque siempre había vivido asentada en la estancia, lejos de la ciudad.
Sobre el obispo Trejo y Sanabria, en cambio, no vacilaba: lo recordaba porque había sido amo suyo y de sus padres. Era el ancla de toda su memoria.
El examen del cuerpo
El alguacil mayor no se conformó con escuchar. Dedicó el día entero a observarla y dejó un retrato clínico estremecedor. A diez o doce pasos, escribió, la mujer parecía tener setenta u ochenta años; pero de cerca se le reconocía la edad verdadera por las menudas arrugas y la sequedad del rostro, donde "sólo se toca la figura de los huesos, y el pellejo, sin ninguna carnosidad". No podía tenerse en pie por la debilidad de las piernas, pero sentada conservaba buena presencia. Tenía la dentadura casi completa, aunque gastada hasta el ras de las encías. Distinguía a un hombre de una mujer a diez pasos. Para oírla había que hablarle al oído, agregó.
Y, sin embargo, seguía trabajando: hilaba y torcía lana y algodón, comía sola con la cuchara sin derramar una gota de caldo, y —el detalle más asombroso— todavía ejercía de partera, sentada, ayudándose con el brazo izquierdo porque tenía la muñeca derecha lesionada.
El alguacil buscó además corroboración entre los demás esclavos viejos de la hacienda, varios de los cuales pasaban de 100 años. Todos coincidían en que Lucía había estado allí "desde siempre" y que pertenecía "al tiempo del señor Trejo": en la tablilla con que se repartían las tareas y raciones figuraba sencillamente como "la Trejo", distinguida del resto. Una esclava impedida llamada Manuela, de la que no se dudaba que superaba los 120 años, declaró que cuando ella alcanzó el uso de razón, Lucía ya era una mujer mayor. La conclusión oficial, firmada por todos los presentes, fue que la edad de la anciana no bajaba de 174 o 175 años.
Un caso que cruzó el océano
Lo extraordinario es que el caso no descansa solo en ese expediente. El naturalista Félix de Azara lo mencionó en su obra sobre el Paraguay y el Río de la Plata. El deán Gregorio Funes escribió que él mismo la había conocido en Alta Gracia y que murió "de más de 180 años". El geógrafo francés Martin de Moussy le dedicó una página entera de su ''Description de la Confédération Argentine'' y la consideró uno de los casos de longevidad más notables y mejor documentados que poseía la ciencia. Paul Groussac, director de la Biblioteca Nacional, —y quien también vivió en Alta Gracia— aportó un manuscrito según el cual la noticia había sido enviada a Madrid y publicada por la corte en la Gaceta. La partida de defunción parroquial, fechada el 28 de marzo de 1780, consignó 176 años. Y un acta del Cabildo Eclesiástico de Santiago del Estero de 1637 ya nombraba a una "Lucía, negra libre que fue del señor obispo don fray Fernando de Trejo y Sanabria".
Un siglo después de Cabrera, Silvano Benito Moya, historiador del CONICET, volvió sobre el expediente en un trabajo académico de 2015, citándolo como fuente fidedigna. Allí figura un detalle que cualquiera puede comprobar hoy mismo: sobre el pórtico de la Estancia Jesuítica de Alta Gracia hay una piedra con el año 1659 esculpido. La misma piedra que Lucía mencionó en su declaración, al describir cómo se había trasladado el casco y levantado los edificios que ella conoció de joven. El testimonio de la anciana y la piedra que sigue en pie se confirman mutuamente a través de los siglos.
¿Dónde nació y cuántos años vivió?
Ni siquiera su origen está claro, y esa misma confusión es parte del enigma. Lucía declaró haber nacido en Córdoba. Su amo, José Rodríguez, aseguraba haberle oído en otras ocasiones que había nacido en Santiago del Estero. Azara y Funes la hacían oriunda del Paraguay, y todavía hoy desde Asunción se la reivindica como la persona más longeva de la humanidad. Monserño Pablo Cabrera, cruzando el acta de 1637, conjeturó que pudo haber nacido en Santiago del Estero, donde residía la sede episcopal de su amo.
¿Y la edad? La honestidad de las fuentes es lo más valioso del caso. El sumario concluyó con prudencia en "no menos de 174 o 175 años". El propio cura, al asentar la defunción, anotó al margen una duda sincera: "o de 78 años quizás", según se interpretaran las declaraciones de la difunta. Y Cabrera, el más riguroso de todos, llegó a preguntarse si la Lucía de 1637 y la de 1779 eran la misma persona o, quizás, madre e hija que habían servido al mismo obispo. Nadie afirmó jamás una certeza redonda.
Queda, eso sí, una mujer esclava nacida a comienzos del siglo XVII, cuya memoria fue interrogada, registrada, enviada a Madrid y discutida por obispos, naturalistas, geógrafos y académicos durante más de doscientos años. Una protagonista improbable de la historia cordobesa, ligada para siempre a la Estancia Jesuítica de Alta Gracia y al obispo fundador de la universidad, rescatada del archivo por el hombre que hoy da nombre a una importante avenida.
Cabrera, P. (1914). Un caso de longevidad extraordinaria. Revista de la Universidad Nacional de Córdoba, 1 (3), 431-443.
Benito Moya, S. (2015). Identificar, resaltar y celebrar la autoridad: la escritura expuesta. Córdoba del Tucumán (siglos XVII y XVIII). Diálogos, 19 (2), 513-547.
Por Marcos Calligaris.
¿Qué hecho extraordinario se verificó en 1779? Se verificó que Lucía Trejo, una anciana esclava, tenía cerca de 175 años.
¿Quién encabezó la comitiva que verificó este hecho? La comitiva fue encabezada por el alguacil mayor Nicolás García Gilledo.
¿Dónde ocurrió este suceso? Ocurrió en la estancia de Alta Gracia, cerca de la ciudad de Córdoba.
¿Cómo se confirmó la longevidad de Lucía Trejo? Se confirmó a través de un sumario elaborado por testigos y el testimonio de Lucía misma.
¿Por qué es notable el caso de Lucía Trejo? Es notable por su longevidad y porque fue documentado por figuras históricas como monseñor Pablo Cabrera y mencionado en obras de naturalistas y geógrafos.
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