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15/09/2026 | 13:50
Redacción Cadena 3
Adrián Simioni
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Inteligencia Artificial: la nueva carrera nuclear | Por Adrián Simioni
Desde la aparición de ChatGPT, la inteligencia artificial se convirtió en una fuente inagotable de interrogantes. ¿Representará el fin de determinados trabajos? ¿Puede producir un deterioro cognitivo si dejamos que las máquinas piensen por nosotros? ¿Hasta dónde llegará su desarrollo?
Son dudas enormes, aunque no completamente nuevas. La humanidad ha temido muchas veces que sus propios avances tecnológicos terminaran volviéndose en su contra. La diferencia es que ahora comienza a aparecer con mayor contundencia otra dimensión del problema: la inteligencia artificial como instrumento de poder mundial.
La discusión ya no pasa solamente por saber qué hará la tecnología con nuestras vidas, sino por determinar quién la controlará y qué país conseguirá desarrollarla antes que sus competidores.
Estos sistemas podrían adquirir una capacidad creciente para penetrar, dominar o controlar estructuras de defensa, seguridad, espionaje y servicios públicos. Y todavía nadie puede garantizar hasta dónde conservarán las sociedades y los gobiernos el control sobre ellos.
En las últimas semanas, antiguos ingenieros de empresas como Anthropic y OpenAI, junto con algunos de sus principales ejecutivos, alertaron sobre episodios en los que sus propios sistemas habrían escapado del control previsto. Según explicaron, esos incidentes no ocasionaron daños significativos. Pero alcanzaron para que reclamaran algún tipo de regulación e incluso una desaceleración de la investigación.
El planteo parece razonable hasta que aparece la competencia geopolítica.
Las sociedades democráticas occidentales podrían debatir, aprobar leyes y establecer límites para las empresas estadounidenses. ¿Cómo podrían asegurarse de que China hiciera lo mismo?
Una de las respuestas consideradas consiste en impedir que el gigante asiático acceda a los chips y procesadores más avanzados. China interpreta esa posibilidad de otra manera: no como una medida de seguridad, sino como una nueva estrategia de Occidente para frenar su desarrollo.
Donald Trump también rechazó cualquier desaceleración. El presidente estadounidense sostiene que las advertencias responden a teorías conspirativas y que no hace falta imponer controles mientras alguien como él conduzca el gobierno de Estados Unidos.
La situación encierra una paradoja. Algunos de los empresarios que ahora reclaman regulaciones habían respaldado a Trump, precisamente, porque les prometía libertad para continuar desarrollando sus tecnologías sin la intervención del Estado. Ahora que comenzaron a pedir límites, se encontraron con la resistencia del mismo presidente al que habían apoyado.
La disputa recuerda a la carrera nuclear de la Guerra Fría. Estados Unidos y la Unión Soviética continuaron desarrollando armas porque ninguno podía permitir que el otro obtuviera una ventaja decisiva. El equilibrio descansaba sobre la doctrina de la destrucción mutua asegurada: si uno atacaba, el otro todavía tendría capacidad para responder y ambos terminarían destruidos.
/Inicio Código Embebido/
/Fin Código Embebido/Esa certeza aterradora fue, al mismo tiempo, lo que evitó una guerra nuclear masiva.
La carrera por la inteligencia artificial parece ingresar en una lógica semejante. Ni Estados Unidos ni China saben exactamente hasta dónde puede llegar esta tecnología ni cuáles serán sus consecuencias. Sin embargo, ninguno puede detenerse de manera unilateral.
Si uno frena y el otro continúa, el primero queda en desventaja. Si ambos siguen avanzando, podrían alcanzar alguna forma de equilibrio. Si los dos renunciaran simultáneamente a los desarrollos más peligrosos, reducirían el riesgo. Pero mientras no exista esa garantía recíproca, ninguno querrá dar el primer paso.
Esa lógica permite comprender la resistencia de Trump y la negativa de China. No necesariamente niegan todos los peligros: actúan bajo la convicción de que quedar rezagados sería todavía más peligroso.
Pero la discusión tiene además un costado empresarial. ¿Por qué compañías que hasta hace poco reclamaban una desregulación completa ahora piden exactamente lo contrario?
Una explicación es financiera. Algunas necesitan atraer nuevas inversiones y prepararse para cotizar en bolsa. Todavía no consiguen generar ganancias, aunque continúan creciendo porque los inversores creen que alcanzarán un enorme valor en el futuro.
La regulación podría servirles para cerrar el mercado que ya dominan y levantar una barrera contra nuevos competidores. En una actividad tan imprevisible, nadie puede descartar que un pequeño grupo de jóvenes trabajando en un garaje desarrolle, en pocos meses, un sistema capaz de superar a las empresas líderes.
Bajo esa mirada, las compañías no estarían reclamando solamente protección para la sociedad. También intentarían consolidar su actual posición y dificultar la aparición de nuevos jugadores.
Otra explicación es la energía. El desarrollo de la inteligencia artificial requiere tal cantidad de recursos energéticos que la producción disponible podría resultar insuficiente si el crecimiento mantiene el mismo ritmo.
Una tercera hipótesis es todavía más inquietante: que las propias empresas estén amplificando el temor para presentarse después como las únicas capaces de ofrecer una solución. Crearían la amenaza y, al mismo tiempo, venderían la protección frente a ella.
No sabemos cuál de estas explicaciones es la correcta. Incluso podrían coexistir. Una empresa puede advertir sinceramente sobre los riesgos de su tecnología y, al mismo tiempo, aprovechar una regulación para proteger su negocio.
Ese es el debate que atraviesa hoy al mundo. Hacía décadas que no aparecía una disyuntiva estratégica de esta magnitud: todos comprenden que avanzar puede ser peligroso, pero nadie quiere asumir el costo de detenerse primero.
En la carrera nuclear, las potencias al menos conocían el resultado de apretar el botón. En la carrera de la inteligencia artificial, ni siquiera existe esa certeza. Y quizás allí resida el mayor riesgo de todos.
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