Política esquina Economía
20/03/2026 | 14:16
Redacción Cadena 3
Adrián Simioni
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Inflación: el petróleo no es excusa
Hay una tentación bastante extendida por estos días: explicar la persistencia de la inflación en Argentina mirando hacia afuera. La suba del petróleo, la guerra en Medio Oriente, la tensión global. Todo eso existe, claro. Pero convertirlo en la causa central del problema local es, como mínimo, una simplificación que no resiste tanto análisis.
Los datos ayudan a poner las cosas en perspectiva. Según estimaciones del Fondo Monetario Internacional, un aumento del 10% en el precio internacional del petróleo se traduce, en promedio, en apenas un 0,4% adicional de inflación global anual. Incluso si el crudo subiera un 60% en un año —un escenario extremo—, el impacto sería de alrededor de 2,4 puntos.
Es decir: el mundo pasaría de una inflación cercana al 3,6% a algo más del 6% anual. Ese número, que en otras economías genera preocupación, en Argentina equivale a lo que ocurre en apenas dos meses.
Por supuesto que el petróleo impacta. Lo hace a través del transporte, de los costos logísticos, de industrias como la del plástico o los fertilizantes, y por esa vía también en los alimentos. Pero ese efecto es acotado, puntual. No es un motor permanente de inflación.
De hecho, en el funcionamiento habitual de las economías, estos shocks tienen incluso un componente recesivo. Si sube el combustible, las familias destinan más ingresos a eso y recortan otros gastos. Menos turismo, menos consumo en otros rubros. Hay precios que suben, pero otros que tienden a estabilizarse o incluso bajar. No hay una inercia inflacionaria constante.
Ahí es donde Argentina vuelve a ser un caso aparte.
Porque acá el problema no es un precio que sube, sino un sistema de precios que no encuentra ancla. Una dinámica donde todo se ajusta, todo el tiempo. Y eso responde a razones internas, mucho más profundas.
Por un lado, la herencia monetaria: una masa de pesos que el Banco Central de la República Argentina intenta absorber con tasas de interés altas, que a su vez implican seguir emitiendo.
Por otro, la necesidad de acumular reservas. El Gobierno compra dólares para fortalecer su posición financiera y reducir el riesgo país. Pero esos dólares, en muchos casos, se van rápidamente para afrontar vencimientos de deuda, en un esquema donde todavía no logra renovar completamente esos compromisos.
El resultado es una tensión permanente: emisión para sostener el sistema, presión sobre el tipo de cambio y, en consecuencia, sobre los precios.
Pero hay un factor aún más decisivo, que el propio ministro de Economía, Luis Caputo, sintetizó con crudeza: "No puedo obligar a la gente a quedarse con los pesos".
Ahí está el núcleo del problema. La inflación en Argentina no es solo un fenómeno económico, es también un fenómeno de confianza. O, más precisamente, de desconfianza. En la moneda, en su valor, en su capacidad de preservar poder adquisitivo.
Mientras esa desconfianza siga, cualquier shock externo —como el petróleo— solo actuará como un agravante, no como la causa.
Por eso, cuando se señala al contexto internacional como explicación principal, conviene hacer una pausa. Mirar los números. Y sobre todo, mirar hacia adentro.
Porque el mundo puede encarecer la energía. Pero no explica, por sí solo, una inflación que en Argentina parece no encontrar descanso.
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