Política esquina Economía
16/06/2026 | 14:33
Redacción Cadena 3
Adrián Simioni
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Indemnizaciones: larga el FAL, y ya empezamos a los tiros | Por Adrián Simioni
La reforma laboral impulsada por el Gobierno abrió un frente de conflicto que promete escalar rápidamente. La Asociación de Trabajadores del Estado (ATE) ya acudió a la Justicia para pedir la inconstitucionalidad del Fondo de Cese Laboral (FAL), el mecanismo creado para financiar indemnizaciones por despido. El argumento es contundente: una porción de los aportes patronales que hoy alimentan al sistema previsional dejará de financiar jubilaciones para convertirse en un fondo destinado a cubrir costos privados de las empresas.
El cambio es mucho más profundo de lo que parece. Hasta ahora, las empresas aportaban un 16% del salario bruto a la seguridad social. Con el nuevo esquema, entre uno y 2,5 puntos porcentuales de ese aporte dejarán de ingresar a la Anses y pasarán a cuentas administradas por entidades financieras. El dinero no estará identificado por trabajador, sino por empresa, y solo podrá utilizarse para afrontar indemnizaciones.
En términos prácticos, el sistema transforma una parte de los aportes previsionales en un seguro contra despidos financiado con recursos de origen público. La obligación de aportar sigue siendo estatal, pero el destino del dinero cambia: antes sostenía jubilaciones; ahora podrá utilizarse para cubrir obligaciones privadas.
No es difícil entender por qué ATE encendió las alarmas. El Gobierno calcula que la medida tendrá un costo equivalente a 0,15% del PBI, una cifra nada despreciable en un contexto donde el superávit fiscal se ha convertido en el principal activo político de la administración de Javier Milei.
El FAL debía entrar en funcionamiento el 1 de junio, pero la reglamentación se demoró y finalmente comenzará a regir en noviembre. Recién seis meses después, cuando las empresas hayan acumulado aportes suficientes, podrán utilizar esos recursos para pagar indemnizaciones correspondientes a despidos producidos desde entonces.
Desde la perspectiva empresaria, el beneficio es evidente. Parte del costo laboral asociado al despido deja de ser una contingencia imprevisible y pasa a transformarse en un fondo de ahorro obligatorio. Puede leerse, incluso, como una reducción indirecta de las contribuciones patronales destinadas al sistema previsional.
Sin embargo, el debate de fondo excede largamente al FAL. La Argentina lleva décadas sumando parches sobre un sistema de seguridad social que nunca termina de discutirse integralmente.
El régimen indemnizatorio es un buen ejemplo. Las empresas seguirán obligadas a pagar las indemnizaciones previstas por la ley vigente y, si el dinero acumulado en el fondo resulta insuficiente, deberán cubrir la diferencia con recursos propios. Es decir, el nuevo esquema no reemplaza el sistema actual: simplemente le agrega una nueva capa.
El problema es que el régimen de despidos argentino arrastra cuestionamientos de larga data. Sus detractores sostienen que las indemnizaciones son excesivamente costosas, imprevisibles y agravadas por la litigiosidad laboral. También cuestionan un concepto de base: considerar que el despido genera un daño equiparable a otros perjuicios civiles que deben ser compensados económicamente.
En muchos países, el enfoque es distinto. En lugar de indemnizaciones elevadas, predominan sistemas de seguros de desempleo financiados con aportes específicos. El trabajador pierde su empleo, pero accede a una cobertura temporal mientras busca reinsertarse en el mercado laboral.
La Argentina, en cambio, eligió una vez más una solución intermedia: mantener el viejo esquema y agregar un mecanismo nuevo para intentar corregir sus distorsiones.
El resultado es un entramado cada vez más complejo. Jubilaciones, pensiones, cajas profesionales, seguros de desempleo, regímenes especiales, moratorias y ahora fondos de cese laboral conviven en un sistema lleno de superposiciones, inequidades y privilegios difíciles de justificar.
La discusión que plantea el FAL no debería limitarse a si desfinancia o no a la Anses. La verdadera pregunta es otra: ¿Qué prestaciones debe garantizar el sistema de seguridad social argentino y cómo se las va a financiar de manera sostenible?
Mientras esa conversación siga postergándose, cada gobierno continuará agregando nuevos remiendos sobre una estructura que hace tiempo dejó de responder a una lógica coherente.
Y cada parche, inevitablemente, abrirá una nueva batalla.
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