Política esquina Economía
18/02/2026 | 14:10
Redacción Cadena 3
Adrián Simioni
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El fin de la (mala) política
Perú se convirtió en un experimento extremo. Presidentes que duran meses, destituciones que ya no sorprenden a nadie y una política que parece haber quedado encapsulada en un arenero, lejos de la vida cotidiana. Ocho presidentes en diez años. Nombres que se olvidan antes de aprenderse. Y, sin embargo, la economía peruana no solo no colapsa: funciona.
La escena es casi absurda. Mientras el presidente de turno cae —otra vez—, el mercado no entra en pánico. El dólar no se dispara. Al contrario: el sol peruano se fortalece. El riesgo país ronda niveles que en la región solo iguala Chile. Y la sociedad peruana, lejos de vivir pendiente de la crisis política, parece haber tomado una decisión silenciosa: que la política juegue, pero sin tocar la economía.
El único presidente que importa de verdad en Perú no vive en el Palacio de Gobierno. Es Julio Velarde, al frente del Banco Central de Reserva del Perú desde 2006. Lo designó Alan García y fue ratificado por gobiernos de signos opuestos. Mientras los jefes de Estado se sucedían —desde Ollanta Humala hasta Dina Boluarte—, Velarde siguió ahí, custodiando una sola cosa: la moneda.
Esa es la clave. En Perú, como en Chile, la política no puede asaltar al Banco Central. No puede financiarse con emisión. No puede inventar dinero para sostener aparatos, comprar voluntades o tapar déficits crónicos. Se terminó la inflación, pero también se terminó una forma de hacer política. Y cuando eso ocurre, queda al desnudo otra realidad: muchos partidos no saben cómo construir poder sin una maquinita de respaldo.
/Inicio Código Embebido/
/Fin Código Embebido/Los datos acompañan. Inflación anual del 1,5%. Deuda pública del 32% del PBI. Caída gradual de la pobreza. Expectativa de vida en aumento. Y, tal vez el dato más elocuente: Perú pasó de tener emigración neta a recibir más gente de la que se va. La gente vota con los pies. Algo está funcionando.
¿Significa que Perú es un paraíso? No. La inestabilidad política es real y limita reformas de fondo en educación, infraestructura o calidad institucional. Pero hay una base firme: la economía está desacoplada del caos político. La mala política fue desarmada. No reemplazada por una buena, todavía, pero sí privada de sus herramientas más dañinas.
Por eso este caso interpela directamente a la Argentina. Si el país logra, como promete, dejar atrás el régimen inflacionario, el desafío no será solo económico. Será político. ¿Cómo se construye poder sin inflación? ¿Cómo se gobierna sin meter la mano en el Banco Central de la República Argentina? ¿Cómo se sostienen partidos y liderazgos sin ejércitos de empleados públicos financiados con emisión?
Perú muestra un camino incómodo: cuando se le quita a la política la posibilidad de fabricar dinero, muchas estructuras se vuelven inviables. Y si no hay ideas, organización y representación real, lo que queda es el vacío. Presidentes que duran meses. Poderes que no se consolidan.
La lección es doble. Primero, que cuidar la moneda importa más de lo que suele admitirse. Segundo, que una democracia sin inflación exige una política distinta, más austera, más creativa y, sobre todo, más honesta. Si no, el riesgo no es solo económico. Es terminar como Perú: con una economía que resiste y una política que nadie toma en serio.
Mirarlo hoy no es un ejercicio académico. Es una advertencia. Y también una pregunta urgente para la dirigencia argentina, de cualquier signo: ¿Cómo piensan gobernar cuando ya no se pueda imprimir poder?
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