Trump confirmó un ataque masivo contra Irán. Foto: Agencia NA/Redes.

Crisis en Medio Oriente

Un nuevo capítulo de la doctrina Trump

01/03/2026 | 00:54

La muerte de Jamenei cambia la forma en que Estados Unidos ejerce el poder.

Redacción Cadena 3

Marcos Calligaris

Ali Jamenei ha muerto a manos de EE.UU., no obstante, su eliminación no resuelve el problema iraní. No garantiza una transición, ni asegura la caída de la República Islámica. Sella algo más duradero que el destino inmediato de Teherán: la consolidación de una doctrina de intervención distinta, más fría y probablemente más repetible.

La vieja fórmula —invasión, ocupación, tutela directa, reconstrucción fallida— arruinó presidencias y dejó países devastados. Lo reconoció el propio Trump, que parece haber sacado sus propias conclusiones: golpear la cúpula, desorganizar el aparato, estimular fracturas internas y forzar un reordenamiento político sin asumir el costo de administrar lo que queda. El problema, claro, es que "lo que queda" suele ser el caos.

La lógica ya se ensayó en Venezuela con la captura de Maduro y la negociación con los vestigios de su régimen. Washington habló de transición y estabilización, pero dejó claro que ese proceso debía ocurrir bajo condiciones fijadas desde afuera: control de palancas, negociación con los sobrevivientes políticos, presión hasta que alguien cediera.

Irán es otra escala —militar, simbólica, global— pero la apuesta de fondo es la misma.

Quebrar el viejo régimen lo suficiente como para que otros acepten negociar el día después.

Ahora bien: ¿quiénes son los "otros"? Esa es la pregunta que Washington parece no tener del todo respondida, y que ningún funcionario ha explicado con claridad en estos días. El objetivo declarado es impedir la capacidad nuclear iraní y reducir la proyección de un Estado que durante décadas armó milicias y desestabilizó la región. Pero cuando un presidente estadounidense celebra la eliminación del líder supremo como una oportunidad para que los iraníes "recuperen" su país, ya está hablando de rediseño de poder. Busca afectar la viabilidad del régimen, no solo contenerlos. Son cosas distintas, y la diferencia tiene consecuencias enormes.

Esa ambición es coherente con lo planteado en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025: restaurar la supremacía estadounidense, negar a competidores extrahemisféricos el control de activos estratégicos, castigar a los hostiles. Lo que se ve ahora es esa lógica aplicada: Reducir la capacidad de acción de actores alineados con Rusia y, sobre todo, de China.

Irán era —todavía lo es— un nodo. Venezuela, otro. El interrogante es cuántos más hay en la lista.

La muerte del líder supremo no equivale a la caída del régimen teocrático y represivo iraní. El aparato sigue intacto. La Guardia Revolucionaria conserva el músculo real. Los escenarios más serios para el día después describen tres posibilidades: continuidad con otro rostro, toma de control explícita del IRGC (Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica) o colapso desordenado. Evaluaciones previas al ataque advertían que la muerte de Jamenei podía abrir paso a elementos aún más duros. La operación puede debilitar al régimen. También puede endurecerlo.

Si el golpe acelera defecciones en la "casta" iraní y en el aparato de seguridad, Trump tendrá argumentos para sostener su método. Si la agresión produce cierre de filas nacionalista —algo que ocurre con bastante frecuencia cuando un país es bombardeado— la muerte de Jamenei podría convertirse en el origen de un régimen más compacto y más brutal que el anterior. Mientras tanto, el riesgo sobre el Estrecho de Ormuz y la presión sobre el mercado petrolero ya está sobre la mesa: se reflejará en el precio de la nafta el lunes.

Para Rusia el cuadro es ambiguo: pierde un socio, pero gana el argumento de presentarse como defensor de la soberanía frente a un Estados Unidos que vuelve a usar la fuerza para cambiar realidades regionales. ¿Por qué no lo puede hacer Moscú en Ucrania? China, por su parte, tiene otra prioridad. Pekín ha evitado comprometerse militarmente con Teherán y prefiere un Irán funcional antes que un Irán colapsado que encarezca la energía y desordene rutas comerciales. Pero si esta doctrina de Trump se consolida, el mensaje más importante no irá dirigido a Teherán. Irá dirigido a Pekín: Washington está dispuesto a usar coerción directa para impedir que sus rivales conviertan socios periféricos en plataformas estratégicas.

Lo que viene probablemente no sea una cadena inmediata de nuevas guerras. Pero sí una expectativa de repetición. Si esta operación produce un resultado vendible —adversario debilitado, negociación bajo presión, costo doméstico manejable— la doctrina ganará legitimidad dentro de la propia Casa Blanca.

Si Irán resiste y escala hasta hacer la apuesta demasiado cara, el experimento se convertirá en advertencia para la siguiente administración. En cualquier caso, Trump acaba de confirmar un cambio en la forma en que Estados Unidos ejerce el poder. Menos ocupación, más decapitación. Una intervención diseñada para ser repetible y, sobre todo, para no figurar en las estadísticas de bajas estadounidenses.

Quizás la incógnita ya no está en Teherán, sino en Washington. Si este método funciona, aunque sea a medias, la tentación de repetirlo crecerá. Y entonces la pregunta dejará de ser qué hará Irán después de Jamenei, para pasar a ser: cuántos países más podrían entrar en la categoría de problema estratégico a resolver sin asumir el costo político y militar de una ocupación prolongada.

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