Sergio Schoklender y Hebe de Bonafini.

Opinión

Schoklender, el fantasma que nunca se fue

28/05/2026 | 10:50

Su reaparición en el juicio por la causa Sueños Compartidos volvió a exponer una trama donde el delito, la política y el Estado se mezclaron de la peor manera.

Redacción Cadena 3

Sergio Suppo

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Schoklender, el fantasma que nunca se fue | Por Sergio Suppo

Ayer reapareció algo más que un nombre de la historia policial argentina. Reapareció Sergio Schoklender, un personaje que parece salido de un pasado remoto, pero que en realidad nunca terminó de irse. Su figura conecta, como pocas, dos dimensiones oscuras de la Argentina: el crimen brutal que lo hizo tristemente célebre en los años de la dictadura y los negociados políticos que, décadas después, lo tuvieron otra vez en el centro de la escena pública.

El 30 de mayo de 1981, todavía bajo la dictadura militar, la Argentina se conmocionó con el asesinato de Mauricio Schoklender y Cristina Silva Romano. La investigación determinó que los autores del crimen habían sido sus hijos, Sergio y Pablo. Aquel parricidio quedó inscripto como uno de los episodios más impactantes de la crónica policial argentina.

Pero Sergio Schoklender no quedó detenido en aquel pasado. Después de cumplir condena, de atravesar cárceles y de protagonizar motines, encontró un nuevo lugar de poder. Y lo encontró, paradójicamente, de la mano de Hebe de Bonafini, presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, quien llegó a considerarlo casi un hijo. Lo conoció cuando él todavía estaba preso y, cuando salió en libertad, lo incorporó a su entorno político y económico.

Ese vínculo terminó siendo la puerta de entrada a Sueños Compartidos, un programa que debía construir viviendas sociales y que terminó convertido en una de las causas más escandalosas de corrupción vinculadas al kirchnerismo. Fondos públicos transferidos con controles débiles o inexistentes, una fundación con enorme peso simbólico, una empresa constructora manejada por Schoklender y viviendas que, en muchos casos, nunca llegaron a concretarse.

La postal es brutal: dinero del Estado, causas sociales usadas como escudo moral y una trama de poder que permitió que millones de pesos destinados a los sectores más vulnerables terminaran bajo sospecha de desvío y enriquecimiento. Schoklender, según se investigó durante años, vivía como un empresario millonario: avión privado, estructura propia y una constructora que recibía fondos públicos para una obra social que quedó atravesada por el fracaso y el escándalo.

Su declaración de ayer en el juicio volvió a traer a escena ese mundo. Y lo hizo con acusaciones explosivas. Señaló, por ejemplo, al exministro Aníbal Fernández, a quien acusó de haberle pagado para armar causas contra dirigentes del PRO mediante recursos informáticos. También habló de fondos provenientes de Hugo Chávez y de dinero que habría ingresado a la órbita de Madres de Plaza de Mayo sin un destino claro.

Son afirmaciones graves. Pero hay que ponerlas en su justo lugar: Schoklender declara como acusado en un juicio y, en esa condición, puede mentir. No se trata de tomar cada frase como una verdad revelada. Su historia personal y judicial obliga a la cautela. Hizo del engaño una práctica conocida, y no sería extraño que busque correr el foco de la discusión principal: la acusación por el manejo de fondos públicos en Sueños Compartidos.

Dicho eso, tampoco se puede negar que sus dichos resultan verosímiles dentro de un contexto político conocido. El kirchnerismo hizo del uso del Estado una herramienta de construcción de poder, de disciplina interna y de hostigamiento a adversarios. Los carpetazos, las operaciones y el financiamiento público de estructuras paraestatales no son una novedad en la historia reciente. La declaración de Schoklender, aun bajo sospecha, vuelve a iluminar ese mecanismo.

El punto central, sin embargo, no es solo Schoklender. El punto es cómo un condenado por un crimen aberrante logró transformarse en operador, administrador y beneficiario de un esquema político financiado con fondos públicos. Cómo una organización con la legitimidad histórica de Madres de Plaza de Mayo terminó involucrada en una causa de semejante magnitud. Y cómo el Estado, en nombre de una causa socialmente justa, pudo abrir la caja sin controles suficientes.

Schoklender es el personaje ideal para representar esa degradación. Un hombre inteligente, hábil para relacionarse, capaz de seducir, convencer y manipular. Un asesino devenido gestor de fondos públicos. Un parricida convertido en empresario de la obra social. Un estafador con acceso a los despachos del poder.

Por eso su reaparición tiene algo de fantasma. No porque venga de otro mundo, sino porque viene de una Argentina que muchos quisieran dejar atrás y que, sin embargo, sigue presente. La Argentina donde los símbolos más nobles pueden ser usados para encubrir negocios. Donde la política transforma la impunidad en sistema. Donde la corrupción se disfraza de épica.

A casi 45 años del asesinato de sus padres, Sergio Schoklender vuelve a ocupar el centro de la escena. Ya no solo como aquel criminal de la historia policial, sino como una pieza de un engranaje mucho más amplio: el de los delitos, abusos y negociados que atravesaron una etapa del poder kirchnerista.

Quizás esa sea la verdadera incomodidad que provoca su nombre. Schoklender no es apenas un hombre del pasado. Es una síntesis. Una advertencia. La prueba incómoda de que algunos fantasmas no vuelven: simplemente nunca se fueron.

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