Un viaje histórico
02/02/2026 | 11:05
Redacción Cadena 3
Chema Forte
Copenhague se encuentra hoy en el ojo de la tormenta. La intención de Donald Trump de adquirir —o incluso anexar por la fuerza— Groenlandia ha colocado al territorio ártico danés en el epicentro de una tensión sin precedentes entre Europa y Estados Unidos.
Lo que comenzó como un exabrupto parece ser el punto de partida de una nueva era: a medida que el cambio climático acelera el deshielo, esta gigantesca isla deja de ser un páramo blanco para transformarse en una pieza de valor incalculable.
En este escenario, la figura de la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, emerge como una pieza de equilibrio. Frederiksen busca negociar con la Casa Blanca sin quebrar el nexo de defensa común, incluso ante las amenazas de un aliado histórico. Su postura es pragmática: reconoce que Europa difícilmente pueda defenderse hoy sin la inteligencia y el paraguas nuclear estadounidense, pero advierte que el continente es capaz de hacer mucho más por su propia seguridad de lo que se admite públicamente.
La respuesta europea no tardó en llegar. El presidente francés, Emmanuel Macron, cerró filas con Copenhague defendiendo la integridad territorial de Dinamarca y alertando que Groenlandia es el "llamado al despertar estratégico" que toda Europa necesitaba.
En la vereda opuesta, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, mantiene su sintonía con Trump al calificar de "ilusorio" pensar en una defensa europea autónoma sin el sostén de la primera potencia militar del mundo.
Durante siglos, Groenlandia fue una nota al pie en la política mundial. Sin embargo, el deshielo está abriendo nuevas rutas de navegación que prometen ahorrar tiempo y dinero, sumado al hallazgo de yacimientos críticos de minerales y tierras raras. Estos factores han convertido a la isla en el trofeo más codiciado en la lucha por la supremacía global.
Trump justifica su ofensiva en razones de "seguridad nacional", pero lo hace dinamitando los puentes con la OTAN. No se ha limitado a ataques personales contra líderes europeos; ha sumado amenazas comerciales y aranceles desorbitados contra Francia y Alemania. La tensión alcanzó su punto máximo cuando Macron sugirió revocar el acuerdo comercial entre la UE y EE.UU., una movida que habría costado 900.000 millones de dólares a la economía norteamericana. Ante ese jaque, el magnate neoyorquino dio un paso atrás, aunque la tregua parece frágil.
Si bien la unidad europea logró frenar el avance inmediato sobre la isla, la confianza mutua está dinamitada. Desde el inicio de su segundo mandato, Trump ha multiplicado las muestras de desprecio hacia sus socios, reprochando la falta de inversión en defensa y cuestionando la utilidad misma de la Alianza. Bajo su óptica, la seguridad del continente —incluyendo el conflicto en Ucrania— debe ser responsabilidad exclusiva de los europeos.
El desapego de Trump por las formas y la verdad ha dejado cicatrices profundas: desde insultos a Zelenski en la propia Casa Blanca hasta la descalificación de los militares británicos por su rol en Irak, declaraciones que lo obligaron a rectificar ante la evidencia de las bajas en combate.
Pero Groenlandia cambia las reglas del juego. Ya no se trata solo de retórica o mala educación. Para los socios europeos de la OTAN, el temor ya no es solo que Trump decida retirarse de la Alianza y dejarlos solos; el miedo real es que Estados Unidos pase de ser el aliado histórico a un hostil enemigo en un campo de batalla cubierto de hielo. Groenlandia no es, como sugieren algunos en Washington, "un pedazo de hielo que Dinamarca defiende con un trineo y dos perros"; es la frontera de un nuevo orden mundial donde la hostilidad reemplazó a la diplomacia.
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